La historia de la valiente niña que venció la barrera racial y soportó amenazas de muerte, agentes del FBI y un aula vacía








Ruby Bridges se convirtió en la primer afroamericana en ir a una escuela donde existía la segregación racial. Ella y su familia sufrieron todo tipo de abusos para evitar que concurriera. Pero siguió adelante y se transformó en un símbolo de los derechos civiles

¿A partir de qué edad un nene puede ser un héroe cívico? Ruby Bridges parece tener la respuesta a esa pregunta.

La foto: Una nena afroamericana, preciosa, baja unas escaleras. Tiene un vestido con vuelo. La foto en blanco y negro sólo permite adivinar su color. ¿Será rojo? ¿Será verde? Las medias cortas blancas y unos zapatos negros recién lustrados que destellan. En la cabeza, un moño. La nena mira los escalones, está concentrada en el descenso. Se puede decir que está seria pero no se percibe susto en su cara. El marco es inquietante. Tres hombres, blancos, bajan con ella. 


En algunos de ellos hay gestos de tensión. Llevan traje, una placa (unos en la solapa, otros en el bolsillo superior del saco) y, por encima de uno de sus codos, un brazalete que dice Deputy U.S. Marshall. De fondo dentro del edificio, dentro de la escuela William Frantz de Nueva Orleans, se ve un policía uniformado. 

Volvamos a la niña. En la mano lleva un portafolio de cuero, de esos que llevaba cualquier alumno a la escuela por esos años. Pero esa nena de seis años, Ruby Bridges, no era cualquier alumno. Ese día de noviembre de 1960, sesenta años atrás, Ruby se convirtió en ser la primera alumna afroamericana en un colegio al que hasta ese momento concurrían sólo chicos blancos.

Ese primer día de clases, atípico, convulsionado, violento, incomprendido en su momento, se convirtió en un hito ineludible en la lucha por los derechos civiles.

Por ese tiempo, en Louisiana, eran muchos los lugares que no estaban integrados. Las personas de raza negra no podían ingresar a muchos hoteles, restaurantes, negocios y escuelas. Pareció que eso se terminaba tras Brown Vs. Board of Education, el fallo judicial de 1954 determinó que no debía existir barrera racial para el ingreso a las escuelas. El fallo se emitió unos tres meses antes de que Ruby naciera. Pero pese a la resolución judicial durante seis años no hubo mayores novedades. Los políticos y funcionarios se las ingeniaron para mantener el estado de situación y continuar con el segregacionismo. 


Primero sordera ante el pedido de la justicia, luego excusas burocráticas, debates estériles y por último un artilugio legal. En 1959 se impuso un estricto examen de ingreso que funcionaba como filtro. Era la excusa legal para continuar con las conductas racistas. Se sospecha que con los alumnos afroamericanos las correcciones eran más estrictas. 

Pero en 1960 sucedió lo que muchos temían. Seis niños negros superaron el examen. En ese momento empezaron las presiones, los actos intimidatorios, y las más diversas formas disuasivas de escasa elegancia y legalidad. El método de terror funcionó casi a la perfección. Dos de esos chicos (esas familias) decidieron permanecer en su escuela segregada, en la que hicieron el jardín de infantes; otras tres (Leona Tate, Gail Etienne y Tessie Prevost) fueron destinadas a la escuela McDonough N° 19 -luego fueron conocidas como McDonough Three-. Ruby quedó sola en la William Frantz Elementary School.

Los Bridges fueron contactados por la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People). Les pidieron que no cedieron el lugar, que ese paso era muy importante para el resto de los afroamericanos. Les explicaron también que no sería fácil, que habría reacciones y momentos incómodos. Querer ir a la escuela que a uno le correspondía en el Sur Profundo de Estados Unidos era un acto osado y peligroso.


El matrimonio Bridges dudó. Ruby era la mayor de sus cinco hijos. El padre no quería exponerla. Prefería que siguiera en su vieja escuela. A la madre no le parecía justo. Sostenía que su hija se había ganado ese lugar, que cualquier chico sin importar su color de piel debía tener acceso y que si ellos no hacían lo que correspondía, las cosas nunca iban a cambiar. A último momento, el padre aceptó.

La mañana del primer día de clases, cuando Ruby salió de su casa vio que varios vecinos se acercaban a saludarla, le hacían regalos, la alentaban. La nena debe haber pensado que el acompañamiento es el mismo para todos los chicos que empiezan la primaria; tal vez por eso le habían insistido tanto en que era un paso importante.

Mientras saludaba a los vecinos cuatro hombres blancos bajaron de un auto. Llevaban placas policiales y una banda amarilla en el brazo. “Señora. Somos agentes federales. Nos envía el presidente Einsenhower. Vinimos a acompañarlas al colegio”.

Cuando estacionaron cerca de la escuela, Ruby vio otro gentío todavía más abundante que el de la puerta de su casa. Había gritos, cantos y carteles. Piedras, monedas y hasta algunas botellas atravesaban el aire. “Creía que era alguna celebración parecida a Mardi Gras”, contó Ruby décadas después. Era una posibilidad; al fin al cabo estaban en Nueva Orleans, un lugar festivo por naturaleza. Y profundamente desigual.

Pero no era Mardi Gras. La nena debió atravesar un pasillo siniestro. Una mujer le gritaba mientras otra sostenía un pequeño ataúd de cartón con una muñeca negra dentro. Un hombre le dijo que la iba a envenenar. Ruby y su madre siguieron caminando hasta ingresar al colegio. “Ruby mostró un coraje increíble. Nunca lloró, ni siquiera se quejó. Ella sólo marchaba, como un soldado, decidida hacia su aula. Estábamos todos muy orgullosos de ella”, dijo uno de los agentes que la escoltó.

Esa mañana Ruby pudo entrar al colegio pero no a su aula. Por seguridad a todos les pareció que lo mejor era que permaneciera en el despacho del director. Era la única alumna de toda la institución que ese día había concurrido a clases. Un boicot masivo había hecho que los demás niños no fueran. Estaban los convencidos, los intimidados, los que no sabían que pensar, los atemorizados.

Para seguir disciplinando, para conseguir que a esa nena de seis años no se lo ocurriera volver, la muchedumbre no se movió de allí durante horas. Continuaron gritando, amenazando, insultando. 

Al día siguiente el cuadro de situación fue similar (los agentes federales la acompañaron todo el año al colegio; detrás de ellos caminaba la madre con sus otros cuatro hijos). Pero algo cambió para siempre. Un alumno decidió romper el boicot y entró al colegio. Un hombre con su hija de cinco años a upa atravesó el cordón vociferante. Mientras lo empujaban y trataban de detenerlo, el hombre dijo que estaba ejerciendo el privilegio de poder llevar a su hija al colegio.

Muchos de los antiguos alumnos abandonaron el colegio, cambiaron de institución. Pero otros, una minoría valiente, regresó a clases.

Ruby, por un largo tiempo, no tuvo compañeros. Ninguno de los inscriptos con ella quiso compartir el aula. También uno a uno, todos los docentes de la escuela se rehusaron a ensañarle. A alguien eso no le importó. Una joven de 28 años que había enseñado en el ejército y en colegios de Boston fue la única que aceptó a esta pequeña alumna. Barbara Henry, durante todo el ciclo lectivo, le dio clases a Ruby como si el aula estuviera repleta de niños. 


Le enseño, jugó con ella, la contuvo. “Era la primera vez que veía a una maestra blanca. La Señorita Henry fue la maestra más cariñosa y comprensiva que alguna vez tuve. Yo no me podía olvidar que en el aula no había otros chicos. Pero ni un solo día ella me lo hizo notar. Se desvivió por mantenerme interesada, preocupándose porque yo aprendiera, creciera; todo el tiempo hacía que me distrajera de lo que estaba sucediendo afuera. Gracias a ella amé ir al colegio”, contó Ruby hace unos años.

Para la familias de Ruby la decisión tuvo consecuencias. Al padre lo echaron de la estación de servicio en la que trabajaba. Esa misma semana el dueño se acercó al señor Bridges y le pidió que no volviera: la excusa fue que los clientes se quejaban por su presencia y que él estaba perdiendo dinero.

También debieron buscar una nueva verdulería y frutería. En el local se negaron a seguir vendiéndoles. A sus abuelos, que arrendaban unas tierras en las que sembraban, los echaron de inmediato. Sin embargo la comunidad afroamericana los apoyó. Les dejaban comida en la puerta de la casa y al padre le consiguieron otro trabajo. El matrimonio Bridges se separó al poco tiempo. 


La pintura: En 1964, Norman Rockwell pintó un cuadro que se convirtió en un ícono de ese momento. Ruby con un inmaculado vestido blanco camino hacia la escuela escoltada por los federales y su brazalete amarillo. Ella lleva unos cuadernos y libros mientras una regla amenaza con caerse. En la pared, una pintada grita: Nigger!. También hay tres letras: KKK. Y el muro está teñido de rojo por la explosión de un tomate que fue lanzado desde la multitud. La obra se tituló El problema con el que todos convivimos (The problem We All Live WIth). Se publicó por primera vez como póster central de la revista Look en 1964 y a partir de ese momento se convirtió en una imagen icónica del Movimiento por los Derechos Civiles.

Ruby prosiguió toda su vida escolar en colegios integrados.

Al egresar, trabajó durante casi dos décadas como agente de viajes. Se casó con Malcolm Hall. Tuvieron cuatro hijos. Hace décadas que es la presidente de una fundación que trabaja por la tolerancia y la integración. Brinda conferencias por todo Estados Unidos y es una figura mítica en la lucha contra el racismo.

En el 2011 fue recibida por Barack Obama en la Casa Blanca. Mientras miraban la pintura de Norman Rockwell, el entonces presidente le dijo: “Debo ser justo y decir que si no fuera por vos y por otros que tuvieron tu mismo coraje, yo hoy no estaría acá y no estaríamos viendo esto juntos”.

Gracias a la persistencia de Ruby Bridges (y a la de su madre), sesenta años, después millones de niños y niñas afroamericanos van a escuelas, y comparten el aula con niños de cualquier origen racial.

Ya ninguno deberá pasar solo un año con su maestra en un aula despoblada ni seré amenazado de muerte por intentar entrar a su colegio.

Infobae

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