El ‘muro de hierro’ en Gaza no va de ‘apartheid’ sino de salvar vidas

Tras tres años de trabajos, el ministro israelí de Defensa anunció la terminación de la barrera multinivel que separa el Estado judío de Gaza. Pero si bien los israelíes andan saludándolo como una manera de detener el terrorismo y salvar vidas, los críticos de su país en todo el mundo lo están utilizando como munición en su campaña para demonizar a Israel y presentar a los palestinos como víctimas inermes de un nuevo «muro del apartheid» que habría convertido Gaza en una «prisión al aire libre».

En las redes sociales y los medios de comunicación se está describiendo la barrera como un intento de estrangular Gaza, cuyos dos millones de habitantes viven encerrados en el pequeño enclave por mor de lo que el Washington Post ha denominado «un bloqueo paralizante» por parte de Israel y Egipto. Para personajes como las congresistas demócratas Ilhan Omar y Rashida Tlaib, que junto con sus aliados progresistas demonizaron en mayo el despliegue defensivo de Israel mientras ignoraban los más de 4.000 cohetes lanzados por Hamás y otras organizaciones terroristas contra el Estado judío en sólo 11 días, no es sino una razón más para pintar éste como un opresor de la «gente de color» palestina. Para ellos, y para el creciente número de izquierdistas en la Academia, los medios y la base del Partido Demócrata, la barrera no hace sino cebar sus invectivas, que pretenden deslegitimar los esfuerzos de Israel por defender a su ciudadanía del terrorismo de Hamás.

La referida infraestructura es un prodigio tecnológico que se extiende por 40 millas [unos 65 kms] a lo largo de la frontera entre Israel y el enclave gobernado por Hamás, y comprende un muro subterráneo con sofisticados sensores y una valla en superficie monitorizada por vídeo; además, se adentra en el mar para proteger la línea costera israelí. Su construcción ha costado 1.110 millones de dólares [unos 980 millones de euros].

Su objetivo es obvio para los observadores razonables: impedir el terrorismo transfronterizo. Luego de que Hamás excavara túneles bajo la frontera, desde los que lanzó ataques destinados a secuestrar y asesinar soldados israelíes durante la guerra de 2014, el Ejército israelí se vio obligado a dar con una solución ante tal amenaza que no consistiera simplemente en hacer aún más alta la valla. La respuesta, finalmente, es una barrera que puede sellar la frontera por arriba y por abajo.

Evidentemente, la nueva barrera no pone fin a las preocupaciones israelíes en materia de seguridad. Cada táctica defensiva eficaz inspira siempre una respuesta ofensiva y viceversa.

Los sistemas misilísticos de defensa Flecha y Cúpula de Hierro fueron una respuesta al fuego cohetero de Hamás contra la población civil israelí. Pero no pueden asegurar que cada proyectil sea neutralizado antes de causar daños si los terroristas lanzan centenares de una tacada. Ni pueden impedir que los palestinos suelten globos llenos de material incendiario que, arrastrados por el viento, provoquen incendios, provoquen heridas a niños, etc.

En este sentido, la nueva barrera parece asegurar que la descomunal inversión de Hamás en su red de túneles –con dinero procedente de la ayuda internacional– no le permitirá secuestrar o asesinar a gente al otro lado de la frontera. Igualmente, hará posible que, como ya hizo en mayo, Israel siga evitando las incursiones directas sobre Gaza para detener los ataques terroristas, lo que equivale a salvar vidas en ambos bandos. Pero nadie puede asegurar que vaya a impedir a los terroristas dar con otros medios para hacerse con israelíes en un futuro.

Sea como  la nueva barrera es un logro impresionante –junto con las brillantes innovaciones en tecnología antimisiles–. La prueba del valor de estos desembolsos fenomenales es el hecho de que las comunidades próximas a la frontera prosperan, pese a verse en ocasiones sometidas a un asedio cohetero y misilístico que busca perturbar la vida cotidiana en Israel y matar al mayor número posible de judíos.

Los que lo denominan «muro de hierro» puede que no comprendan las implicaciones históricas de dicha expresión, que dio nombre a un ensayo escrito en 1923 por el líder sionista Zeev Jabotinsky, padre ideológico de los partidos israelíes de derecha. En aquel entonces, muchos sionistas pensaban, con gran atolondramiento, que los árabes –palestinos era un término que sólo se asociaba a los judíos, dado que no había evidencia previa alguna de una nacionalidad árabe palestina diferenciada de la de los países árabes circundantes– saludarían el retorno de los judíos debido a la prosperidad que el desarrollo de un país mayormente vacío traería a todos sus habitantes. Acertadamente, Jabotinsky predijo que los sentimientos nacionalistas garantizarían la oposición árabe, y que ésta sólo cedería una vez los judíos se colocaran «tras un muro defensivo de hierro» que dejara claro que los esfuerzos por destruir el Estado judío no fructificarían. Sólo entonces, escribió, llegarían la paz y la autodeterminación tanto para los judíos como para los árabes.

Fue esta una filosofía que acabó determinando las políticas de David ben Gurión, rival político de Jabotinsky y primer jefe de Gobierno de Israel, así como de la mayoría de sus sucesores. La barrera de Gaza es sólo la última y quizá la más tangible manifestación de esta idea.

El problema es que muchos de los que braman en Twitter contra el «muro del apartheid» y alimentan los empeños de Hamás por quebrar la nueva barrera no entienden de qué va este conflicto.

El objetivo de Hamás –y, por desgracia, aun de los sedicentes «moderados» de la Autoridad Palestina– no es una solución de dos Estados o el fin de la «ocupación». Aunque para algunos en la izquierda israelí esto último remita a su deseo de abandonar la Margen Occidental, para los palestinos y para muchos de sus fans extranjeros todo el Estado judío es territorio ocupado. El motivo de los asaltos contra la frontera orquestados por Hamás desde 2018 fue el derecho de retorno, que significa el fin del Estado judío, algo incompatible con cualquier noción de la paz no basada en la expulsión o el genocidio de los judíos israelíes. Mientras los palestinos sigan enclaustrados en el marco conceptual de una guerra contra el sionismo ya centenaria, y que parece inextricablemente unida a su identidad nacional, la paz seguirá siendo imposible.

Aunque la vida en Gaza sea claustrofóbica y desapacible, el bloqueo de la Franja por parte de Egipto e Israel tiene por causa el hecho de que el enclave está gobernado por una organización terrorista islamista en guerra con sus vecinos y que tiraniza a los palestinos que residen en él. Confinar Gaza hasta que la gente pueda sacarse de encima a esos mandamases terroristas es la única respuesta sensata.

Pero más importante aún es la premisa fundamental del ensayo de Jabotinsky de que el esfuerzo sionista por restaurar la autodeterminación judía en su patria ancestral es «moral y justo». Quienes esgrimen memes falaces sobre el «apartheid» y la «ocupación» lo que están haciendo esencialmente es decir que los judíos no tienen derecho a estar en su propio país, por no hablar de defenderse contra los ataques de los terroristas.

Gaza, de donde Israel retiró todos y cada uno de los soldados, los colonos y los asentamientos en 2005, no está ocupada. Es un Estado palestino independiente en todo salvo en los papeles, y cada acción de quienes lo gobiernan refuerzan la creencia israelí de que cualquier retirada de la Margen Occidental –donde podría conformarse un nuevo Estado terrorista hamasiano– será menos desaconsejable que demencial.

Quienes hablan de lo injusto que es la nueva barrera, o la «ocupación», deberían hacer memoria. Lo mismo cabe decir de los ideológicos interseccionalistas de la izquierda, entre los que se cuentan las congresistas de la Brigada [Omar, Tlaib, Alexandria Ocasio-Cortez, etc.], que cuestionan el a existir del Estado judío. Israel necesita un «muro de hierro», literal y figuradamente. Quienes dicen abogar por la paz deberían celebrar su terminación, aun cuando lamenten, como lamentamos, que las fantasías palestinas acerca de la destrucción de Israel lo hayan hecho necesario.

Revista El Medio

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