España, el antisemitismo y el Meridiano de Durban

Hace 20 años, la ONU organizó en la ciudad sudafricana de Durban la Primera Conferencia Mundial sobre el Racismo. Pese a tener como objetivo declarado la lucha contra el «racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia», la cita resultó ser desde el principio un acto de repudio contra Israel lleno de manifestaciones antisemitas. Elaborado bajo patrocinio de la teocracia antisemita iraní, uno de los textos preparatorios acusaba a Israel de estar perpetrando contra los palestinos «un nuevo tipo de apartheid», «un crimen contra la humanidad» y «una forma de genocidio». La Unión Europea vetó estas expresiones de la declaración final de la cumbre, cuya agenda obsesivamente antiisraelí fue marcada por una serie de países musulmanes y sus aliados antioccidentales en África.

Pero las hipérboles aventadas de forma exclusiva contra el único Estado judío (por los representantes de dictaduras abiertamente xenófobas y racistas que son responsables de limpiezas étnicas y miles de asesinatos) dominaron las sesiones plenarias. En una de ellas, el presidente de la OLP condenó las «políticas racistas de Israel». Otro adicto al crimen político que descalificó a la única democracia de Oriente Medio fue el dictador cubano Fidel Castro, que habló del «genocidio que se está perpetrando contra nuestros hermanos palestinos».

Las cosas tomaron un cariz aún más inquietante en el foro de ONG que se organizaba en paralelo. Libres de la obligación de disimular que atemperaba a sus mecenas políticos, activistas de estas organizaciones distribuyeron caricaturas con temas antisemitas canónicos, en las que aparecían judíos de nariz aguileña aferrándose a fajos de billetes o con los colmillos ensangrentados. El despliegue de antisemitismo fue igual o más evidente en las calles de la ciudad, por las que miles de activistas liderados por militantes palestinos exhibieron pancartas con lemas como «Hitler debió terminar su trabajo» y gritaron eslóganes como «Muerte a los judíos», mientras los manifestantes más emprendedores vendían ejemplares de Los protocolos de los sabios de Sión.

El aquelarre se clausuró con la adopción de la llamada Declaración de Durban, un texto muy moderado, visto lo ocurrido en el Centro de Convenciones de la ciudad. La declaración tiene, sin embargo, un detalle revelador: Israel es el único Estado del mundo al que se condena (como fuerza de «ocupación extranjera»). La cita de Durban –de la que se retiraron indignados Israel y Estados Unidos– es importante por varios motivos, como bien está señalando en los últimos días la organización ACOM, líder en España en la lucha contra el antisemitismo. En primer lugar, supuso un señalamiento arbitrario y exclusivo de Israel y del sionismo con pocos precedentes en un foro internacional de ese nivel. Por otra parte, Durban fue escenario de una exhibición de antisemitismo clásico avalada por la ONU y por decenas de Gobiernos, algo que no se había visto en el mundo desde la liberación de Auschwitz.

Además de revelar la naturaleza antisemita del antisionismo, la Conferencia de Durban dio curso a la estrategia de deslegitimación de Israel más utilizada hoy día por quienes niegan el derecho del Estado judío a exisitir o defenderse –lo que es, en última instancia, lo mismo–. Esta estrategia consiste en camuflar las razones menos confesables de los denunciadores permanentes de Israel, tanto en el mundo islámico como en Occidente, en un lenguaje de legalidad y derechos humanos mucho más vendible entre el público no radicalizado.

Israel es, para cualquier observador honrado, un Estado democrático con estándares humanitarios extremadamente altos, sobre todo si se comparan con los que imperan bajo los regímenes que culpan al Estado judío de todos los males. Pero esto no les importa lo más mínimo a los abogados del antisionismo acuñado en Durban. Su plan de acción requiere presentar a Israel como una entidad monstruosa, culpable de políticas racistas como las del apartheid y de crímenes contra la Humanidad comparables al Holocausto, para justificar los boicots con los que quieren dejarle sin capacidad para comerciar, prosperar y defenderse.

De esta forma, el antisionismo pretendidamente humanitarista trabaja codo con codo con las organizaciones terroristas que, hoy patrocinadas por la casi nuclearizada Irán, siguen atacando al Estado judío con globos incendiarios que provocan incendios, misiles y atentados indiscriminados contra soldados y civiles. Llevando a La Haya a los mandos militares israelíes por las operaciones de defensa en Líbano o Gaza, como exigen muchas ONG, o forzando un embargo en Estados Unidos sobre la venta de armamento a Israel, como piden algunos demócratas, el antisionismo de Durban quiere maniatar al Gobierno de Jerusalén, lo que dejaría a los israelíes a merced de regímenes y grupos terroristas que tienen la aniquilación de los judíos entre sus prioridades programáticas.

La Conferencia de Durban ha tenido ya dos reediciones. La de 2009 fue boicoteada por diez democracias, y catorce Gobiernos occidentales rechazaron participar en la de 2011. Este miércoles se celebrará la tercera reedición –coincidente con el vigésimo aniversario de a cumbre original–, nada menos que en la sede neoyorquina de la ONU. Como en ocasiones anteriores, dictaduras que esconden la represión implacable contra sus propios pueblos en condenas histéricas, y a menudo antisemitas, de Estados Unidos e Israel llevarán la voz cantante en Durban IV, como se conoce esta edición 20º aniversario. Estados Unidos, Australia, Canadá, Israel, el Reino Unido, Hungría, Holanda, Austria, República Checa, Alemania, Francia, Bulgaria, Italia, Croacia, Nueva Zelanda y Chipre ya han anunciado que no acudirán.

En la lista de democracias europeas que han rechazado dar legitimidad con su presencia a este nuevo intento de demonizar a Israel por parte de algunas de las autocracias más crueles del planeta no está España. El Gobierno de Pedro Sánchez haría bien en atender a los precedentes de la conferencia y sumarse la boicot. España debe estar junto a las demás democracias y no al lado de satrapías que instrumentalizan la causa del antirracismo para perseverar en su obsesión judeófoba de destruir a Israel.

La necesidad para España de hacer lo correcto es particularmente acuciante en el contexto actual. Envalentonadas por sus éxitos recientes, y ante la apatía de Occidente, las potencias antidemocráticas parecen expandir su influencia en muchas partes del mundo. Israel vuelve a enfrentarse a la amenaza del terrorismo de Hamás y Hezbolá, y un Irán más radicalizado que nunca avanza con paso firme en su programa nuclear. Más grave aún: desde una perspectiva estrictamente europea, resulta que manifestaciones como las de Durban, en las que se lamentaba que Hitler no consumara su obra, se convirtieran en habituales en el continente durante la última guerra de Gaza. Con la excusa de Israel, cubierto en kefias y banderas palestinas y enarbolando el discurso de Durban, una nueva hornada de antisemitas ha conseguido que los judíos vuelvan a tener miedo en las sinagogas, los comercios y las calles de Europa.

España debe dejar claro urgentemente que está en el lado correcto del Meridiano de Durban.

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