Parashá Vayelej

Y fue

 Libro Devarim / Deuteronomio (31:1 a 31:30)
RESUMEN DE LA PARASHA

Moshé cumplía 120 años de edad y habló al Pueblo de Israel anunciándole que estaba finalizando su liderazgo, y que el Todopoderoso había elegido como sucesor a Yehoshúa, quien los dirigiría y conduciría a la Tierra Prometida. Frente a todo el Pueblo, Moshé incitó a Yehoshúa a "ser fuerte y valiente", y que confiara plenamente en el Eterno.

Posteriormente entregó la Ley escrita a los cohanim y a los ancianos. En Sucot del año posterior al de la shemitá cuando los judíos sean convocados ante el Santuario, deberá leerse públicamente, y así cada uno estará obligado a obedecer a Hashem.

El libro de la Ley debía ser colocado por los levitas al lado del Arón Hadkodesh, para atestiguar contra el Pueblo de Israel, si llegara a desviarse de Sus enseñanzas.

Por último, el Todopoderoso ordenó a Moshé que procediera a reunir al Pueblo y les enseñara el cántico y que sería recordatorio de las consecuencias de apartarse del Eterno.


Rabino Jonathan Sacks Z´L´

?Por qué ser judío

En los últimos días de su vida, Moshé renueva el pacto entre Dios e Israel. Todo el libro de Devarim ha sido un relato del pacto – cómo se produjo, cuáles fueron sus términos y condiciones, por qué es el meollo de la identidad de Israel como un am kadosh, un pueblo sagrado, y así sucesivamente. Ahora viene el momento de la renovación en sí, una especie si se quiere, de referéndum nacional.

Moshé, sin embargo, se cuida de no limitar sus palabras a los que están realmente presentes. Está por morir, y quiere asegurarse de que ninguna generación futura pueda decir “Moshé hizo un pacto con nuestros antepasados, pero no con nosotros. No dimos nuestro consentimiento. No estamos atados.” Para evitar esto, dice las siguientes palabras:

No es solamente con ustedes que estoy haciendo este pacto con juramento, sino con cualquiera que esté parado hoy con nosotros frente al Señor nuestro Dios, y con cualquiera que no esté con nosotros hoy. (Deut. 29: 13-14)

            Como señalan los estudiosos, la frase “cualquiera que no esté” no puede referirse a los israelitas vivientes en ese tiempo y que circunstancialmente estaban en otro lado. Sólo puede significar “generaciones aún no nacidas.” El pacto liga a todos los judíos desde ese día hasta hoy. Como dice el Talmud: somos todos mushba ve-omed me-har Sinai juramentados desde el Sinaí (Yoma 73b, Nedarim 8a). Al aceptar ser el pueblo de Dios, sujeto a las leyes de Dios, nuestros antepasados nos crearon esa obligación.

De ahí que sea una de las verdades más fundamentales del judaísmo. Exceptuando a los conversos, no elegimos ser judíos. Nacimos judíos. Nos transformamos en adultos legales sujetos a las órdenes y responsables de nuestras acciones, a los doce años para las niñas, a los trece para los varones. Pero somos parte del pacto desde el nacimiento. Un bat o bar mitzvá no es una “confirmación”. No significa una aceptación voluntaria de la identidad judía. Esa elección tuvo lugar hace más de tres mil años cuando Moshé dijo “No es con ustedes solamente que estoy haciendo este pacto juramentado, sino con cualquiera que no esté con nosotros en este día,” abarcando todas las generaciones futuras incluyéndonos a nosotros.

Pero, cómo puede ser esto? Con certeza uno de los principios fundamentales del judaísmo es que no puede haber obligación sin consentimiento. Cómo podemos estar atados a un acuerdo del cual no formamos parte? Cómo es posible estar sujetos a un pacto sobre la base de una decisión tomada hace mucho tiempo y muy lejos por nuestros antepasados distantes?

En efecto, los sabios plantearon una pregunta parecida con respecto a la generación del desierto en los días de Moshé, que estaban ahí mismo y dieron su consentimiento. El Talmud sugiere que no estaban realmente facultados para decir que No. “El Santo, bendito Sea, suspendió la montaña sobre ellos como un barril y dijo: Si dicen que Sí estará todo bien, pero si dicen que No, ésta será vuestra tumba” (Shabat 88b). Sobre esto, R. Acha bar Yaakov dijo: “Esto constituye un desafío a la legitimidad del pacto.” El Talmud responde que aunque el acuerdo puede no haber sido totalmente libre en ese tiempo, los judíos aprobaron voluntariamente en los días de Ahasuerus, como lo sugiere el libro de Esther.

Este no es el lugar apropiado para discutir este pasaje en particular, pero el punto esencial está claro. Los sabios creían firmemente que un acuerdo debe ser libre para ser vinculante. Pero nosotros no convinimos ser judíos. La mayoría de nosotros nacimos judíos. No estábamos en el lugar en que se hizo el acuerdo. Entonces, cómo es que estamos ligados por el pacto?

No es una pregunta simple. Es la pregunta a la que todos los demás refieren. Cómo puede pasarse la identidad judía de padre a hijo? Si la identidad fuera simplemente racial o étnica, lo podríamos comprender. Heredamos muchas cosas de nuestros padres – lo más obvio: los genes. Pero ser judío no es una cuestión genética, sino asumir una serie de obligaciones religiosas. Hay un principio halájico, zajin le-adam shelo be-fanav: “Puedes conferir un bien a cualquiera sin su conocimiento o aceptación.” Y aunque sin duda es un beneficio ser judío, también de alguna forma puede ser una desventaja, una restricción a nuestro variedad de elecciones legítimas. De no haber sido judíos podríamos trabajar en Shabat, comer comida no kasher, etc. Se puede otorgar un beneficio, pero no una carga sin el consentimiento.

En síntesis, esta es la pregunta de las preguntas de la identidad judía. Cómo podemos estar regidos por la ley judía sin haberla elegido, sólo porque fue decidido para nosotros por nuestros antepasados? En mi libro Radical Then, Radical Now (Radical entonces, radical ahora) (publicado en EEUU bajo el título de A letter in the Scroll) puntualicé lo fascinante que es investigar dónde y cuándo fue hecha la pregunta. Pese al hecho de que todo depende de ella, no fue planteada muy a menudo. En gran parte, los judíos no se preguntaron el ‘por qué ser judío’. La respuesta era obvia. Mis padres son judíos. Mis abuelos eran judíos. Por lo tanto, soy judío. La identidad es algo que la mayoría de la gente a través de los tiempos daba por sentada.

Pero en realidad, resultó ser tema durante el exilio babilónico. El profeta Ezequiel  dice, ”Lo que está en vuestra mente nunca ocurrirá – la idea de que ‘seamos como las naciones, como las tribus de los países, y adoremos la madera y la piedra’” (Ez.20: 32) Esta es la primera referencia de judíos que deseaban activamente abandonar su identidad.

Ocurrió nuevamente en la época rabínica. Sabemos que en el siglo II a.e.c. había judíos helenizados, que querían ser más griegos que judíos. Otros, bajo la dominación romana, quisieron ser romanos. Algunos hasta se sometieron a la operación de epispasmo para revertir los efectos de la circuncisión. (En hebreo se los conoce como meshujim) para ocultar el hecho de que eran judíos. (1)

La tercera instancia ocurrió en la España del siglo XV. Es allí donde dos eruditos bíblicos, R. Isaac Arama y R. Isaac Abarbanel analizaron específicamente la pregunta que hemos planteado de cómo puede el pacto ligar a los judíos de hoy. La razón por la cual ellos trataron este tema, a diferencia de los comentaristas anteriores, fue que en ese tiempo – entre 1391 y 1492 – se ejerció una inmensa presión sobre los judíos para convertirlos al cristianismo, y no menos de un tercio puede haberlo hecho (eran llamados en hebreo anusim, en castellano conversos, y despectivamente marranos,”chanchos”). La pregunta de “por qué seguimos siendo judíos?” era real.

Las respuestas dadas fueron diferentes según los tiempos. La de Ezequiel fue contundente: “Mientras viva, declara el Señor nuestro Dios, ciertamente con mano fuerte y brazo extendido y con furor Seré rey sobre vosotros.” En otras palabras, los judíos pueden intentar escapar a su destino, pero fracasarán. Aún en contra de su voluntad serán reconocidos como judíos. Eso, trágicamente es lo que ocurrió durante las dos grandes épocas de la asimilación, el siglo XV en España y el siglo XX en Europa. En ambos casos el antisemitismo racial persistió, y los judíos siguieron siendo perseguidos.

Los sabios respondieron a la pregunta por medio de la mística. Dijeron que hasta las almas de los judíos aún no nacidos, estuvieron presentes en el Sinaí y ratificaron el pacto (Éxodo Rabbah 28: 6). En otras palabras, cada judío efectivamente dio su consentimiento en los días de Moshé aún antes de nacer. Desmitificado, lo que probablemente quisieron decir los sabios era que en la profundidad de sus corazones, aun los judíos más asimilados sabían que seguían siendo judíos. Esto parece haber sido el caso de personajes como Heinrich Heine y Benjamin Disraeli, que vivieron como cristianos pero frecuentemente escribieron y pensaron como judíos.

Para los pensadores españoles del siglo XV la pregunta era problemática. Como dijo Arama, cada uno de nosotros tiene cuerpo y alma. Cómo puede ser suficiente decir que nuestra alma estaba presente en el Sinaí? Cómo puede el alma obligar al cuerpo? Naturalmente el alma acuerda con el pacto. Espiritualmente, ser judío es un privilegio, y se puede dar un privilegio a una persona sin su consentimiento. Pero para el cuerpo, el pacto es una carga. Contiene toda clase de restricciones a los placeres físicos. Por lo tanto, si las almas de las generaciones estuvieran presentes pero no los cuerpos, no se podría tomar como consentimiento.

Radical Then, Radical Now, es mi respuesta a esta pregunta. Pero quizás haya una más simple. No a toda obligación que nos ata, le hemos dado nuestro libre consentimiento. Hay algunas que vienen de nacimiento. El ejemplo clásico es el del príncipe heredero. Ser heredero del trono involucra una serie de deberes y una vida de servicio a los demás. Se pueden desatender esas obligaciones. En condiciones extremas también es posible que el monarca abdique. Pero uno no elige ser heredero del trono. Ese es el destino, algo que viene de nacimiento.

El pueblo al cual Dios mismo dijo “Mi hijo, mi primogénito, Israel” (Ex. 4: 22) sabe lo que es la realeza. Puede ser un privilegio. Puede ser una carga. Pueden ser ambos. Es una ilusión especial, posterior al Iluminismo, pensar que lo único significativo de uno es lo que uno elige. Porque la verdad es que algunas de nuestros hechos más significativos no fueron elegidos. No elegimos nacer. No elegimos a nuestros padres. No elegimos el lugar ni el momento de nuestro nacimiento. Sin embargo, cada uno de estos factores afecta quién somos y qué hemos sido llamados a hacer.

 

Somos parte de una historia que comenzó mucho antes de que naciéramos y continuará mucho después de nuestra partida. Y la pregunta para todos nosotros es: seremos continuadores de esta historia? Las esperanzas de un centenar de generaciones de nuestros antepasados descansan sobre nuestro deseo de hacerlo. En la profundidad de nuestra memoria colectiva las palabras de Moshé siguen resonando “No es con ustedes solamente que estoy haciendo este pacto juramentado, sino con…quienes no están hoy con nosotros.” Somos parte de esa historia. Podemos vivirla. Podemos abandonarla. Pero es una elección que no podemos evitar y que tiene inmensas consecuencias. El futuro del pacto recae en nosotros.

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