HAFTARA AJAREI MOT- KEDOSHIM

Quienes entendemos al oficio como un acto de devoción comprendemos claramente por qué la música ocupa cada vez un lugar más importante. ¡Qué mejor plataforma de elevación que esa creación casi sobrenatural que poseen ciertas melodías?  ¿Acaso no es posible percibir el hálito divino en el Bolero de Ravel, o en algunas obras de Lennon y  McCartney?
 
Pero esa inteligente utilización de la música como vehículo no es un descubrimiento moderno, ya que absolutamente todo el Tanaj posee notación musical. Sobre cada palabra, un pequeño grafismo indica con qué melodía se cantará esa expresión, por ello muchos interpretes de los textos bíblicos insisten que solo es posible inteligir el verdadero sentido de una expresión bíblica al cantarla, ya que así sabremos por ejemplo si se expresa alegremente (mayores) o tristemente (menores).
 
Incluso esas cantilaciones (llamadas teamim -del hebreo taam, sabor-), difieren según se lean del Pentateuco, siendo éstas las más antiguas por tanto monocordes, o del libro de Profetas, más complejas y musicales, o Meguilot, más acompasadas o sombrías según el texto.
 
Por eso resulta tan extraño escuchar a veces, durante el servicio, un aplauso, confundiendo un acto de unción con un espectáculo. Más aún teniendo en cuenta que esta manifestación de pública aprobación surge del mismo circo romano donde fuimos inmolados.
 
Pero aunque la música cambie, las palabras permanecen inmutables, tal como fueron escritas la primerísima vez. Cada vez que pronunciamos una palabra de la Torá, revivimos una letanía de 3500 años, hacemos carne en nosotros alguna de las almas que presenciaron el ascenso de Moshé al monte Sinaí.
 
Al cabo de que los Bnei Mitzvah de la comunidad leen sus respectivas aliot, se vuelven a vestir los rollos y se procede a la lectura de la haftará, lo que constituye un desafío para el intérprete ya que los murmullos aumentan y pocos se preocupan por seguir el artesonado encaje musical de esta plataforma de ascensión en particular.
 
Esta semana para alivio de quienes consideran aburrida esta porción del oficio, se trata  tan solo de ocho versículos.
 
En esos escasos renglones nosotros (Su pueblo) somos nombrados ocho veces, cada una con diferente designación:
 
1 Hijos de Israel
2 Israel
3 Reino pecador
4 Casa de Yaakov
5 Casa de Israel
6 Mi pueblo
7 Cabaña de David
8 Mi pueblo, Israel
 
¿Acaso la referencia es siempre a la misma comunidad (kahal en hebreo), o intenta diferenciar al reino de Israel del de Yehudá?
¿O a quien categoriza las partes del oficio según su musicalidad, del que considera al acto de entrega como un todo?
¿O a quien aplaude, de quien comprende la santidad de esa entrega?
Porque eso… eso es otro cantar.
 
Dudi Finkielsztein

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