Parashat Pinjas con cometarios de Rabino Jonathan Sacks

 

La Parashá

En este Shabat leeremos parasha Pinjas que nos cuenta que el nieto de Aarón , Pinjas es premiado por su acto de celosía al matar al príncipe de la tribu de Simón Zimri junto a la princesa midianita Cazbi. Hashem le otorga un pacto de paz y la kehona ( sacerdocio).
Un censo del pueblo cuenta 601.730 hombres entre 20 y 60 años. Moshe es instruido sobre cómo dividir la tierra entre las tribus y las familias de Israel a través de una lotería. Las cinco hijas de Tzlafjad ( descendientes de Iosef) piden a Moshe que les conceda la porción de Tierra que le pertenece a su padre, quien fallece sin haber tenido hijos varones. D’s acepta sus pedidos y lo incorpora dentro de las leyes de herencia de la Tora.

No es casualidad que cuando las tribus de Reuben y Gad piden a Moshe tomar sus partes del otro lado del Río Jordan, Moshe agregue media tribu de Menashe. El sabía que mientras esa media tribu estuviera unida a las otras dos, el vínculo de estas con la tierra de Israel se mantendría fuerte.
En este Shabat leemos la primera de las tres Haftarot de reproche, previas a Tisha Beav, en las que el profeta Jeremías predice la destruccion de Jerusalem y su Templo. Pero a partir del Shabat siguiente a Tisha Beav se lee las siete Haftarot de consuelo. Vemos que la medida del consuelo es superior a la de reproche. Muchas veces nos sentimos abrumados por situaciones que nos agobian, en esas ocaciones debemos pensar que es más grande el consuelo que seguirá a ese reproche.
Moshe lega el poder en manos de Josue para que lo suceda e introduzca al pueblo a la Tierra Prometida. La sección termina con una detallada lista de ofrendas diarias, las ofrendas adicionales traídas en Shabat, Rosh Jodesh, festividades de Pesaj, Rosh Hasana, Iom Kipur, Sucot y Shmini Atzeret.

Shabat Shalom Umeboraj

Marcelo Mann


Estudiando la Parashá

LA OBRA DE ARTE PERDIDA
Por el Rabino Jonathan Sacks

Esta es una historia verdadera que transcurrió en 1995. Tiene que ver con el legado de un hombre de nombre inusual: Ernest Onians, un agricultor de East Anglia cuyo trabajo principal era proveer alimento para porcinos. Conocido por ser una persona excéntrica, su hobby era coleccionar obras de arte. Solía visitar las casas de remate y cuando salía a la venta una obra, especialmente si era antigua, presentaba su oferta. De esa forma, llegó a sumar más de quinientas obras, pero eran demasiadas para colgar en su modesta casa de Bayham Hill en Suffolk, por lo cual las apiló, guardando algunas de ellas en el gallinero.

Sus hijos no participaban de su pasión. Sabían que él era raro. Vestía desprolijamente. Temeroso de los asaltos, armó su propio sistema casero de alarma con viejas baterías de auto conectadas a unas bocinas, y siempre dormía con un rifle cargado debajo de la cama. Cuando murió, sus hijos pusieron las obras a la venta en Sotheby’s, la casa de remates londinense. Antes de proceder, Sotheby’s publica un catálogo para que los potenciales compradores puedan ver anticipadamente las obras que les podrían interesar ofertar.

Un gran experto en el tema, Sir Denis Mahon (1910-2011) estaba hojeando un día el catálogo cuando una obra en particular le llamó la atención. La imagen, no más grande que la de una estampilla, mostraba una turba que incendiaba un edificio y arrasaba con los bienes. Onians la había comprado en una venta en una casa de campo en los años 40, por la que pagó apenas 12 libras. El título en el catálogo era El Saqueo de Cartago, cuyo autor era un pintor poco conocido del siglo XVII, Pietro Testa. Calculó que podría valer 15,000 libras.

A Mahon le llamó la atención un detalle incongruente. Uno de los saqueadores se estaba llevando un candelabro de siete brazos. Mahon se preguntó qué hacía una menorá en Cartago. Claramente esa obra no representaba tal evento. En realidad, se trataba de un retrato de la destrucción del Segundo Templo por los romanos. Y lo que estaba viendo no era el saqueo de Cartago y el pintor probablemente no fuera Pietro Testa.

Mahon recordó que el gran artista de ese siglo Nicholas Poussin había hecho dos pinturas de la destrucción del Segundo Templo. Una estaba colgada en el Museo de Arte de Viena. La otra, pintada en 1626 para el cardenal Barberini había desaparecido en algún momento del siglo XVIII. Nunca se supo qué había pasado con esa obra.  Con gran sorpresa, Mahon se dio cuenta de que estaba contemplando al Poussin desaparecido.

El día del remate presentó su oferta por la obra. Cuando un personaje de la talla de Sir Dennis hace tal cosa, los demás interesados sospecharon que debía saber algo acerca de esa obra que ellos desconocían, por lo cual también hicieron sus ofertas. Finalmente, Sir Dennis lo adquirió por 155,000 libras. Unos años más tarde lo vendió por su verdadero valor, 4,500,000, a Lord Rothschild quien lo donó al Museo Israel de Jerusalem donde se encuentra en la actualidad en memoria de Sir Isaiah Berlin.

Conozco esta historia solo por haber dado una conferencia sobre esa obra a pedido de Lord Rothschild, y acompañado por el director de la galería nacional Neil MacGregor, en el breve período en que se mostró en Londres antes de ser llevado a su nuevo y definitivo hogar. Y cuento esta historia por el hecho de que se puede perder un legado que no tiene precio, simplemente porque al no amarlo no podemos apreciar su verdadero valor. De aquí inferimos un corolario: heredamos lo que amamos de verdad.

Esta es ciertamente la moraleja de la historia de las hijas de Zelofehad, en la parashá de esta semana. Recordemos la historia: Zelofehad, de la tribu de Manasé, había fallecido en el desierto, antes de la asignación de las tierras a las tribus. Tuvo cinco hijas, pero ningún hijo. Las hijas se presentaron ante Moshé argumentando que sería injusto para su familia negarle su porción solo por tener hijas pero ningún hijo. Moshé elevó la petición a Dios quien le dijo: “Lo que te están diciendo las hijas de Zelofehad es correcto. Ciertamente debes entregarles la propiedad como herencia de los parientes del padre y darles a ellas la herencia de su padre” (Num.27: 7). Y así ocurrió.

Los sabios hablaron de las hijas de Zelofehad con grandes alabanzas. Fueron, dijeron, muy sabias, y eligieron el tiempo justo para presentar su reclamo. Supieron cómo interpretar las Escrituras y eran verdaderamente virtuosas.(1) Aun más, como consecuencia de esto, demostraron que su amor por la tierra de Israel era llamativamente mayor que el de los hombres. Los espías habían retornado con el informe negativo sobre la tierra y el pueblo había dicho “Elijamos un nuevo líder y volvamos a Egipto”(Núm.14: 4). Pero las hijas de Zelofehad querían poseer una fracción de la tierra, la que les fue debidamente otorgada. (2)

Esto motivó el famoso comentario del Rabino Efraim Luntschitz de Praga (1550-1619) sobre el episodio de los espías. Haciendo énfasis en las palabras de Dios, “Envía para ti mismo hombres para espiar la tierra de Canaan” (Núm. 14;2), Luntschitz argumentó que Dios no le estaba ordenando a Moshé sino permitiendo que envíe a los hombres. Dios le estaba diciendo, “Desde Mi perspectiva, viendo el futuro, hubiera sido mejor mandar mujeres, porque ellas aman y cuidan la tierra y nunca hablarían negativamente de ella. Sin embargo, ya que estás convencido de que estos hombres son de valor y realmente aprecian la tierra, te doy permiso para que procedas y los envíes.” (3)

El resultado fue catastrófico. Diez de los hombres volvieron con un informe negativo. El pueblo se desmoralizó y como resultado de eso perdió la oportunidad de entrar en la tierra durante su existencia. Perdió la posibilidad de disfrutar la herencia en la tierra prometida a sus ancestros. Como contraste, las hijas de Zelofehad sí heredaron la tierra – porque la amaban. Cuando amamos, heredamos. Cuando eso no ocurre, lo perdemos.

No puedo dejar de pensar que de una forma extraña las historias de las hijas de Zelofehad y el remate de la obra perdida de Poussin ilustran el estado de la identidad judía de hoy. Para muchos de mis contemporáneos, el judaísmo era como la historia de la afición de Ernest Onians por la pintura. El judaísmo era algo que sus padres tenían pero que no era significativo para ellos. Como los hijos de Onians, estaban dispuestos a desprenderse de ellos, sin darse cuenta de que era un legado de un valor inmenso. Cuando no logramos apreciar el valor de algo, podemos perder un tesoro sin haber sabido nunca que era un tesoro.

El judaísmo, naturalmente, no es un cuadro. Es una identidad. Y no se puede vender una identidad. Pero se puede perder. Y muchos judíos la están perdiendo. Nuestros ancestros nos han dado el obsequio de un pasado. Les debemos a ellos el obsequio de un futuro fiel a ese pasado. Como mínimo, no lo debemos ceder simplemente por no saber cuán valioso es.

La idea transformadora de vida es simple, pero profunda: si realmente deseamos darles nuestro legado a nuestros hijos debemos enseñarles a amarlo. El factor más importante de cualquier educación no es aprender los hechos o las habilidades, sino aprender qué amar. Lo que amamos, lo heredamos. Lo que no logramos amar, se pierde.

 

  1. Baba Batra 110b
  2. Sifre, Números 133.
  3. Kli Yakar a Núm. 13 2.

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