Genesis con comentario del Rabino Jonathan Sacks

Bereshit

 

Podar, cosechar, sembrar

Uno de los conceptos más complejos de entender de toda la Torá, aparece en los primeros versículos de la Torá. Allí se nos dice que Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza.

¿Cómo es posible estar hecho a imagen de Alguien que no tiene imagen? ¿Cómo es posible ser semejante a alguien que no tiene cuerpo, ni manos, ni mirada ni expresión en el rostro?

Ya nuestros sabios se confrontaron con esta pregunta en el Talmud, en el Tratado de Sotá (14a).

Ser similar a Dios –se nos dice allí- es imitar Sus atributos.

Así como Dios vistió a los que no tenían ropa, cuando dio vestimenta a Adam y a Java, así también nosotros debemos proveer de vestimentas a los necesitados.

Así como Dios fue a visitar a los enfermos, como cuando bajó hacia Abraham después de su berit milá, así también nosotros debemos hacerlo.

Así como Dios dio consuelo a los dolientes, como cuando bendijo a Itzjak después de la muerte de Abraham, así también debemos obrar nosotros.

Así como Dios se ocupó de aquellos que abandonan este mundo, como cuando sepultó a Moshé Rabenu, así también debemos imitarlo.

¿Qué tal si imitamos a Dios?, nos propone el Talmud.

Si leemos las primeras páginas de la Torá, vemos que Dios se presenta a Sí mismo «vestido» de jardinero.

Dios estableció un jardín en el Eden, y estableció allí al hombre que había formado. Hizo brotar Dios desde la tierra todo árbol deseable a la vista para comer y el árbol de la Vida estaba en el medio del jardín, así como el árbol del conocimiento del bien y del mal…Tomó el Eterno Dios al hombre y lo estableció en el jardín del Eden para cultivar y cuidar su tierra’ (Bereshit 2 , 8-9, 15).

Hace algunas semanas, en mi visita periódica a la peluquería, leía en una revista –mientras esperaba mi turno- algunos consejos interesantes de jardinería que bien podrían aplicarse en nuestra vida cotidiana como judíos.

Primer consejo: ‘Siempre plante por lo menos una verdura nueva que no haya plantado el año pasado’.

¿Qué tal si nos proponemos durante este nuevo año cumplir una nueva mitzvá o encarar un nuevo proyecto?

¿Qué tal si de una buena vez por todas nos proponemos enriquecer nuestro propio universo espiritual como humanos y como judíos?

Del jardín debemos aprender que lo peor que le puede pasar a una persona no es morir, sino vivir muerta.

Sin estilo,

sin perfume propio,

sin movimiento.

Segundo consejo: ‘Comparta su jardín. El verdadero jardinero cultiva tanto las personas como las plantas’.

Compartir el jardín es aceptar que somos bendecidos cotidianamente con lo que brota de su tierra y que esta bendición se multiplica cuando somos capaces de partirla y compartirla con los que menos tienen, con los que necesitan y esperan.

Hacer Tzedaká, es una acción concreta y no una reflexión teológica.

Es abrir la mano al que necesita y entender que cuando se da, se gana más de los que se pierde.

Tercer consejo: ‘Lea usted un libro de jardinería al comienzo del año’.

Abramos las puertas de nuestras bibliotecas para zambullirnos en el manantial de aguas frescas de nuestra tradición y regar con éstas la aridez de nuestra vida judía.

Dediquemos un tiempo al estudio de la fuentes judías, y visitemos en lugares donde los valores judíos  se vivan con pasión.

Sostengamos el desafío de leer un Libro de Jardinería Judaica al empezar este año.

Y un cuarto y último consejo: ‘Elimine toda la mala hierba de su jardín al terminar el invierno, cuando el jardinero tiene aún energía y voluntad, para evitar que estas hierbas crezcan o se expandan y arruinen el resto de su jardín’.

Así como en la naturaleza hay ciclos y estaciones, también en la jardinería del espíritu hay un tiempo para cada cosa.

Los Iamim Noraim, que acabamos de finalizar, son las grandes oportunidades que Dios nos dio para limpiar nuestro jardín. Liberarnos de aquello en lo que nos equivocamos y que nos disminuye como personas, como judíos, como flores en este jardín de lo humano.

Remover las malezas, los  yuyos,  atacar con firmeza las plagas.

Podar, recortar, limpiar, abrir caminos, preparar la tierra para un nuevo año, una nueva siembra, una nueva cosecha.

Que las malezas y los yuyos que arrancamos de nuestra vida durante el mes de Tishrei nos permitan renacer en este año que se está iniciando y lo transforme en un año bendiciones repleto de flores hermosas, coloridas y aromáticas.

Rab Gustavo Suraszki


Comentario del Rabino Jonathan Sacks Z´L´

La Génesis del amor

En The Lonely Man of Faith (El solitario hombre de fe), el Rabino Soloveitchik nos llama la atención sobre el hecho de que hay dos versiones de la creación. El primero está en Génesis 1, el segundo en Génesis 2-3, y son significativamente diferentes.

En el primero, Dios es llamado Elokim, en el segundo Hashem Elokim. En el primero el hombre y la mujer son creados simultáneamente: “Macho y hembra Él los creó.” En el segundo, son creados secuencialmente, primero el hombre, luego la mujer. En el primero, se les ordena a los humanos “colmar la tierra y dominarla.” En el segundo, el primer humano es colocado en el jardín “para servirlo y preservarlo.” En el primero, a los humanos se los describe como a “imagen y semejanza” de Dios. En el segundo, el hombre es creado “del polvo de la tierra.”

La explicación, según el Rabino Soloveitchik, reside  en que la Torá describe dos aspectos de nuestra humanidad, a los cuales llama hombre Majestuoso y hombre del Pacto respectivamente. Nosotros somos los amos majestuosos de la creación: ese es el mensaje de Génesis 1. Pero también experimentamos una soledad existencial, buscamos el pacto y la conexión: es el mensaje de Génesis 2.

Sin embargo hay otra extraña dualidad – una historia narrada de manera bastante diferente – que no tiene que ver  con la creación en sí sino con las relaciones humanas. Hay dos relatos distintos acerca de la manera en que el primer hombre pone el nombre a la primera mujer. Esta es la primera:

“Esta vez – hueso de mis huesos y carne de mi carne; ella será llamada ‘mujer’ (ishá) pues fue sacada del hombre (ish)”

Y esta, muchos versículos más adelante, es la segunda:

“Y el hombre llamó a su esposa Eva (Java) porque era la madre de toda vida.”

Las diferencias entre las dos versiones son altamente significativas.

  1. En la primera el hombre nombra no a una persona, sino a una clase, una categoría. No elige un nombre sino un sustantivo. La otra persona es para él, simplemente “mujer,” un género, no un individuo. En la segunda le da a su mujer un nombre como corresponde. Ella se transforma, para él, en una persona por derecho propio.
  2. En la primera, hace énfasis en las similitudes – ella es “hueso de mis huesos, carne de mi carne.” En la segunda, remarca la diferencia. Ella puede dar a luz, él no. Podemos notar esto en el sonido mismo de los nombres. Ish e ishá suenan parecido porque son similares. Adán y Java no lo son en absoluto.
  3. En la primera, es la mujer la que es representada como dependiente: “ella fue sacada del hombre.” En la segunda es a la inversa. Adam, de Adamá representa la mortalidad: “Por el sudor de tu frente comerás tu comida hasta que retornes a la tierra (ha-adamá) ya que de ahí fuiste traído.” Es Java la que redime al hombre de la mortalidad al traer nueva vida al mundo.
  4. Las consecuencias de los actos del nombramiento son completamente diferentes. Después del primero viene el pecado de comer el fruto prohibido y el castigo: el exilio del Paraíso. Después del segundo, sin embargo, leemos que Dios crea para la pareja “vestimentas de piel” (“or” se escribe en este caso con la letra ayin) y los viste. Este es un gesto de amor y protección. En la escuela de Rabi Meir leen esta frase como “vestimentas de luz” (“or” con una alef). Dios los vistió con luminosidad.

Sólo después de que el hombre le dio el nombre adecuado a su mujer vemos que la Torá se refiere a Dios mediante su propio nombre, Hashem (en Génesis 4). Hasta entonces Se lo describe como Elokim o Hashem Elokim siendo Elokim el atributo impersonal de Dios: Dios como ley, Dios como poder, Dios como justicia. En otras palabras, nuestra relación con Dios es paralela a nuestra relación de uno con otro. Solo cuando respetamos y reconocemos la singularidad de la otra persona somos capaces de reconocer y respetar la singularidad de Dios mismo.

Volvamos ahora a las dos versiones de la creación, esta vez sin detenernos en lo que nos dicen de la humanidad (como en The Lonely Man of Faith), sino simplemente lo que nos dicen de la creación.

En Génesis 1 Dios creó objetos – elementos químicos, estrellas, planetas, materia viviente, especies biológicas, En Génesis 2-3, crea personas. En el primer capítulo Él crea sistemas. En el segundo, crea relaciones. Para la visión de la realidad de la Torá, es fundamental percibir que pertenecen a mundos distintos, narrativas específicas, descripciones separadas, formas alternativas de ver la realidad.

También hay diferencias de tono. En la primera, la creación  no significa esfuerzo alguno por parte de Dios, simplemente habla. Dice “que se haga” y se hizo. En la segunda, participa activamente. Cuando se da el caso de la creación del primer humano, no dice simplemente “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.” Él mismo se ocupa de la creación, como el escultor que modela la pieza a partir de la arcilla. “Entonces el Señor Dios creó al hombre del polvo de la tierra y le insufló el hálito de vida, y el hombre se transformó en ser viviente.”

En Génesis 1 Dios crea el universo sin mayor esfuerzo. En Génesis 2 se transforma en jardinero: «entonces el Señor Dios plantó un jardín…» Nos preguntamos por qué motivo Dios, que acaba de crear el universo, debe transformarse en jardinero. La Torá nos da una respuesta, que es profundamente conmovedora: “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el Jardín de Edén para trabajar y cuidarlo.” Dios le quiso otorgar al hombre la dignidad del trabajo, de ser creador, no solo creación. Y en el caso de que el hombre considere esa tarea como poco digna, Dios se transformó Él mismo en jardinero, para mostrar que ese trabajo también es Divino, y el hacerlo vuelve al hombre socio de Dios en la tarea de la creación.

Luego viene un versículo extrañamente conmovedor: “El Señor Dios dijo, ‘no es bueno que el hombre esté solo, crearé un ayudante apropiado para él.’” Dios percibe la aislación existencial del primer hombre. No hubo un momento parecido en el primer capítulo. Ahí, Dios simplemente crea. Aquí, Dios empatiza. Penetra en la mente humana. Siente lo que nosotros sentimos. No existe episodio semejante en ninguna otra literatura religiosa antigua. La radical diferencia del monoteísmo bíblico no es que hay un solo Dios, no solo que Él es la fuente de todo lo que existe, sino que Dios está más cerca de nosotros que nosotros mismos. Dios supo de la soledad del primer hombre antes que él mismo.

Eso es lo que nos dice el segundo relato de la creación. Crear cosas es relativamente sencillo, crear relaciones es difícil. Vean el tierno cuidado que muestra Dios hacia los primeros humanos en Génesis 2-3. Él quiere que el hombre tenga la dignidad del trabajo. Quiere que sepa que el trabajo en sí es Divino. Le da al hombre la capacidad de nombrar los animales. Lo cuida cuando siente que le sobreviene la soledad. Crea la primera mujer. Ve con exasperación cómo cometen el primer pecado. Finalmente, cuando el hombre le da a su mujer su nombre propio reconociendo por primera vez que es diferente a él y que puede hacer algo que él jamás podrá, Él los viste a ambos para que no estén desnudos frente al mundo. Ese es el Dios, no de la creación (Elokim), sino del amor (Hashem).

Eso es lo que hace tan significativo el relato dual de ponerle el nombre a la primera mujer sea tan significativo como el relato dual de la creación del universo por parte de Dios. Debemos crear relaciones antes de encontrar al Dios de las relaciones. Debemos hacer lugar para la alteridad del otro ser humano antes de hacer lugar para la otredad del otro Divino. Debemos dar amor antes de poder recibir amor.

En Génesis 1 Dios crea el universo. No es imaginable algo más vasto, y seguimos encontrando que el universo es mayor de lo que creíamos. En 2016, un estudio basado en un modelo tridimensional de imágenes producidas por el telescopio Hubble llegó a la conclusión de que hay entre 20 y 30 veces más galaxias  de lo que se había supuesto anteriormente. Hay más de cien estrellas por cada grano de arena de la tierra.

Y sin embargo, con el mismo aliento con el que relata la panoplia de la creación, la Torá nos dice que Dios se tomó el tiempo de insuflar Su hálito para dar vida al primer humano, darle un trabajo digno, considerar su soledad, crearle una esposa y vestirlos a ambos con vestimentas de luz cuando llegó el momento de  dejar el Edén y forjar su camino en el mundo.

La Torá nos está diciendo algo muy poderoso. Nunca pienses en personas como cosas. Nunca consideres a personas como tipos: son individuos. Nunca te contentes con crear sistemas, cuida además las relaciones.

Yo creo que las relaciones son el lugar en que nace y crece nuestra humanidad, donde se desarrolla y florece. Amando a las personas es como aprendemos a amar a Dios y sentir la plenitud de Su amor por nosotros.

Carlos Betesh (traductor)


Haftará Bereshit 

Ishahiauh 42:5 43:10

 

Ishahiauh (Isaías), que significa: La Salvación esta en Él, fue uno de los mayores profetas de Israel. Nació en Jerusalem cerca del año  765 A.C. y fue asesinado (aserrado), según se cree, por el rey Manasés en 695 A.C. Durante su vida, Isaías enseñó la supremacía, la santidad y el carácter ético del mensaje de Dios. Criticó los errores de su pueblo, al que a su vez alentó durante el cautiverio en Mesopotamia, y profetizó asimismo el futuro renacer de Tzión y Jerusalem.

 

En esta Haftarah nos hace, básicamente, tres propuestas:

Primero revindicar el Pacto del pueblo con Adonai. Un Pacto de leyes de convivencia, un Pacto de justicia. Este es un rol masivo pero de cumplimiento personal. En paralelo con la creación,  parashá que leemos esta semana, D´s nos elige como pueblo, a todos y a cada uno. La creación parece ser mutua, nosotros necesitamos de Él tanto como Él de su pueblo… En Luz para naciones…

Propone ver y escuchar, no simplemente vivir en los mandamientos, sino, ver y escuchar: evitar ser simples marionetas y encontrar nuestro camino dentro del camino, nuestro tiempo en nuestro tiempo. Nos dará visión y nuevas sendas.

 

Por último, creer, creer en nosotros en unicidad con D´s y no dejar nuestro rumbo en manos de deidades y destinos escritos. Somos un pueblo liberado, donde cada uno tiene la responsabilidad de su vida y la de sus semejantes, donde el estudio, el agradecimiento y la tzedaká nos dan ojos y oídos, visión y escucha, para una vida de buenas acciones y alegrías en el alma.

 

Todos los años, todos los Shabatot y todos los días recordamos la creación del mundo y nos invita a crearnos cada día y renacer.

 

Gabriel Rosenzvit

 

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