Parashá Nitzavim

Presentes

Libro Devarim / Deuteronomio (29:9 a 30:20)


Resumen de la Parashá

La parashá comienza relatando sobre el día en que Moshé debía morir, y es cuando reunió al Pueblo de Israel, hombres, mujeres y niños, para confirmarlos como Pueblo Elegido por Hashem, no sólo para ellos sino también para las futuras generaciones.

Por otra parte, Moshé advirtió a aquél que considerara apartarse del Todopoderoso, creyendo obstinadamente de que las advertencias mencionadas en Parashá Ki Tavó no recaerían sobre él, lo que, como consecuencia, provocaría la cólera del Eterno y sería borrado de la faz de la Tierra.  Y en caso de ser el Pueblo el que pecara, toda su tierra sería destruida.  

Así las generaciones posteriores sabrían que las causas fueron el haberse apartado de Hashem y Sus mandamientos.

Una vez que los benei Israel hubieran retornado a Su congregación, el Eterno los retornaría a la Tierra Prometida desde la dispersión.  Así, los enemigos se harían acreedores de las maldiciones por haber perseguido y maltratado a los judíos.  

A su vez, el pueblo judío recibiría felicidad y prosperidad en la medida que aceptaran y observaran los preceptos del Todopoderoso.

El pueblo a partir de ese momento, debía entender sobre elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal, y esa decisión era exclusivamente suya. 

 Los judíos si elegían acercarse al Eterno, prosperarían y si así no obraran, desaparecerían.

Rabino Jonathan Sacks Z´L´

El mundo te está esperando

Algo notable ocurre en la parashá de esta semana en la que casi imperceptiblemente, se cambiaron los términos de la existencia judía, teniendo implicancias de transformación de vida para todos nosotros. 

Moshé renovó el pacto.

Puede no parecer dramático, pero lo fue.

Hasta ahora, en la historia de la humanidad tal como la relata la Torá, Dios hizo tres pactos. El primero, en Génesis 9, fue con Noaj y a través de él, con toda la humanidad. Yo lo llamo el pacto de la solidaridad humana. Según los sabios, consta de siete preceptos, los sheva mitzvot benei Noaj, el más famoso de los cuales es el de la santificación de la vida humana: “El que derrame la sangre del hombre, por el hombre será derramada su sangre, pues en la imagen de Dios creó Dios al hombre. (Gen.9: 6)

El segundo, en Génesis 17, fue con Abraham y sus descendientes: “Cuando Abram tenía noventa y nueve años de edad, el Señor se apersonó ante él diciendo:

‘Yo soy Dios Todopoderoso. Camina ante mí y ten integridad, y yo te daré Mi pacto entre Yo y tú…Estableceré Mi pacto entre Yo y tú y tus descendientes después de ti a través de las generaciones como un pacto eterno.” Eso transformó a Abraham en el padre de una nueva fe, que no sería la fe de toda la humanidad, sino que se esforzaría por ser una bendición para toda la humanidad: “A través de ti, todas las familias de la tierra serán bendecidas.”

La tercera fue con los israelitas en los tiempos de Moshé, cuando el pueblo se paró frente al Monte Sinaí, escuchó los Diez Mandamientos y aceptó las condiciones de su destino como “un reino de sacerdotes y una nación santa.”

Pero, quién inició estos tres pactos? Dios. No fue Noaj, ni Abraham ni Moshé, y tampoco los israelitas buscaron un pacto con Dios. Fue Dios el que propuso el pacto con la humanidad.

Sin embargo, se percibe un cambio cuando trazamos la trayectoria de estos tres eventos. A Noaj, Dios no le pidió ninguna respuesta específica. No hubo nada que él tuviera que hacer para mostrar que estaba de acuerdo con los términos del pacto. Supo entonces que había siete reglas que gobernaban un comportamiento humano aceptable, pero Dios no le solicitó ningún gesto positivo que lo ratifique. 

A través de todo el proceso Noaj permaneció pasivo.

A Abraham sí le pidió Dios una respuesta – penosa. “Este es Mi pacto que tú cumplirás entre Yo y tú y tus descendientes que te continuarán: cada varón de entre los tuyos será circuncidado. Debes circuncidar la carne de tu prepucio. Esta será la señal del pacto entre Yo y tú.” (Gen.17: 10-11) 

La palabra hebrea para la circuncisión es milá pero al día de hoy se la denomina brit milá o simplemente, brit que obviamente es la palabra hebrea que denomina pacto. Dios nos pide, por lo menos a los varones judíos algo muy exigente: una ceremonia de iniciación.

A los israelitas en el Sinaí Dios les pidió mucho más. Les pidió que lo reconozcan como único y soberano legislador. El pacto del Sinaí no vino con siete preceptos como los de Noaj o un octavo como el de Abraham sino con 613. Los israelitas debían incorporar la conciencia de Dios en cada aspecto de sus vidas.

Por lo tanto, al avanzar los preceptos Dios pidió cada vez más cosas a Sus socios, o para expresarlo en forma algo distinta, Él les confirió responsabilidades aún mayores.

Otra cosa ocurrió en el Sinaí que no había pasado antes. Dios le dice a Moshé que anuncie la naturaleza del pacto para ver si el pueblo está de acuerdo. Lo afirman en no menos de tres veces: “Entonces el pueblo respondió como una sola voz diciendo ‘Lo que el Señor ha hablado, haremos.’” (Ex. 19: 7) “El pueblo respondió con una sola voz diciendo ‘Haremos todo lo que el Señor ha hablado’” (Ex. 24: 2) “Y el pueblo dijo:’ Todo lo que ha hablado Dios haremos y obedeceremos’” (Ex. 24: 7).

Esta es la primera vez en la historia que encontramos el fenómeno consagrado en la Declaración de la Independencia de Estados Unidos, “el consentimiento de los gobernados.” Dios sólo anunció los Diez Mandamientos después de que el pueblo señaló que había dado su consentimiento a ser ligado por Su palabra. Dios no impone su mando por la fuerza.(1) En el Sinaí la construcción del pacto fue mutua.

Ambas partes debían estar de acuerdo. O sea que el rol humano en la confección del pacto fue creciendo a lo largo del tiempo. Pero Nitzavim lo lleva a un nivel superior. Moshé, aparentemente por iniciativa propia, renovó el pacto.

Todos ustedes que están parados frente al Señor vuestro Dios – sus líderes, sus tribus, sus mayores y sus funcionarios, todos los hombres de Israel, sus niños, sus esposas, los extranjeros que viven en sus campos, desde el hachero hasta el aguatero – para entrar en el pacto del Señor vuestro Dios y el juramento que el Señor vuestro Dios está haciendo con ustedes ahora, para establecerlos a ustedes como Su pueblo, que Él sea vuestro Dios, como les prometió a ustedes y juró a vuestros antepasados, Abraham, Itzjak y Yaakov. (Deut. 29: 9-12)

Esta fue la primera vez que se renovó el pacto, pero no la última. Ocurrió nuevamente al final de la vida de Joshua (Josh 24) y más tarde en los días de Yehoyada (2 Reyes 11: 17), Hezekiah (2 Crón. 29) y Josías (1 Reyes 23: 1-3; 2 Crón. 34: 29-33). Después del exilio babilónico Ezra y Nehemías acordaron citar a una reunión nacional para renovar el pacto (Nehemías 8) pero ocurrió primero en la parashá de hoy.

Y ocurrió porque Moshé sabía que tenía que ocurrir. Los términos de la historia judía estaban por pasar de la iniciativa Divina a la iniciativa humana. Eso es lo que estaba preparando Moshé para los israelitas en el último mes de su vida. Es como si hubiera dicho: hasta ahora Dios ha conducido – por medio de señales de nube y fuego – y ustedes la han seguido. Ahora Dios les está entregando a ustedes las riendas de la historia. De aquí en más, son ustedes los que deben conducir. 

Si sus corazones están con Él, Él estará con ustedes. Pero ustedes ya no son niños; son adultos. Un adulto aún tiene padres, como los niños, pero la relación con ellos es diferente. Un adulto sabe lo que es el peso de la responsabilidad. Un adulto no espera que otro dé el primer paso.

Esa es la significación épica de Nitzavim, la parashá que está casi al final de la Torá y que leemos casi al terminar el año. Es como prepararse para un nuevo comienzo, donde actuamos para Dios en lugar de esperar que Dios actúe para nosotros.

Traduciendo esto en términos humanos se podrá ver cuán transformadora de vida puede resultar. Hace muchos años, en el comienzo de mi carrera rabínica, esperaba una palabra de aliento de una figura rabínica mayor. Trabajé duramente, tratando de implementar enfoque innovadores, buscando distintas formas de que la gente se comprometa con la vida judía y con el estudio. Se necesita apoyo en esos momentos porque asumir riesgos y soportar la inevitable crítica es emocionalmente desgastante. El apoyo nunca se produjo. El silencio dolió. Carcomió, como si fuera un ácido, mi corazón.

Después, en un relámpago de introspección, pensé: qué pasará si yo diera vuelta toda la situación. Qué pasará si en vez de esperar que el rabino X me dé su apoyo, yo lo apoye a él? Y si yo hiciera por él lo que yo esperaba de él hacia mí? Fue un momento de transformación de vida. Me dio una fortaleza que antes nunca tuve.

Empecé a formularlo como ética. No esperes ser reconocido: reconoce a otros.

No esperes ser respetado: respeta a los demás. No te quedes en la periferia criticando a los demás. Haz algo tú mismo para hacer que las cosas mejoren. No esperes que el mundo cambie: comienza el proceso tú mismo y espera que los demás se agreguen a la causa. Hay una frase atribuida a Gandhi (que en realidad nunca dijo (2) pero en un universo paralelo lo podría haber expresado): ‘Sé tú el cambio que buscas en el mundo.’ Toma la iniciativa.

Es eso lo que estaba haciendo Moshé en el último mes de su vida, en esa larga serie de discursos públicos que componen el libro de Debarim, culminando con la gran ceremonia de renovación del pacto en la parashá de hoy. Debarim marca el fin de la niñez del pueblo judío. De ahí en más, el judaísmo se transformó en el llamado de Dios a la responsabilidad humana. Para nosotros, la fe no consiste en esperar a Dios. La fe es la realización de lo que Dios espera de nosotros.

Ahí está la idea transformadora: cuando estés angustiado porque alguien no ha hecho por ti lo que piensas que debería haber hecho, cambia la situación y haz algo por él.

No esperes que el mundo mejore. Toma la iniciativa. El mundo te está esperando.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.