Parashat Vaetjanan

La Parashá

En esta Parasha Moshé le cuenta al pueblo judío como le imploró a D’s que le permita ingresar a la Tierra de Israel. Hashem se negó pero le indicó que ascienda una montaña para observar la Tierra Prometida. Moshé describe su angustia mientras continúa suplicando continuamente a D’s para que le permita entrar junto al pueblo a la Tierra Prometida. El Talmud pregunta: Porqué Moshé deseaba tanto entrar a la Tierra de Canaan?
Acaso deseaba probar sus frutas? ( Naranjas de Jaffa? )
No. Moshé ansiaba cumplir con las Mitzvot que solo se pueden realizar en la Tierra de Israel. Se ha dicho que alguien que vive una vida de Torá en la diáspora es como un huevo sin cáscara.

Aún tiene la clara y la yema, pero no está completo sin cáscara. Una vida de Torá en Israel es completa, el huevo con cáscara. Israel sin Torá , sin embargo , es como una cáscara vacía sin su clara y si su yema.

Moshé proclama ( Deuteronomio 4:6) que las naciones del mundo van a apreciar la sabiduría del pueblo judío, a reconocer su origen divino. Esa es la grandeza de nuestra Nación. Cuando los judíos reniegan de su judaísmo, la consecuencia es el desprecio por parte de los no judíos. Alemania que tenía una gran cantidad de asimilación vio el mayor arrebate de antisemitismo de la historia. Cuando un niño va a una escuela pública en Iom Kipur sus amigos no judíos no lo respetan por eso. Cuando Sandy Koufax se rehusó a jugar en la Serie Mundial en Iom Kipur fue admirado por sus principios.
Continuando con su “ Repaso de la Tora”, Moshé describe el Éxodo desde Egipto y la Entrega de la Torá, declarándolos eventos sin precedentes en la historia de la humanidad. “ Alguna vez ocurrió este Gran Evento , o algo similar alguna vez se oyó? Alguna vez el pueblo escuchó la Voz de D’s hablando desde la Zarza Ardiente y vivió?....... Tu viste , para saber que D’s es D’s y no hay otro excepto Él. “
Moshé predice que en generaciones futuras la gente se alejará de D’s , adorará a ídolos, será exiliada de su tierra y esparcida por las naciones del mundo, pero allí ellos buscarán a Hashem y retomarán a observar sus preceptos. Nuestra Parashá también incluye una repetición de los Diez Mandamientos y los versos del Shema que declaran los fundamentos de la Fe Judía, la unicidad de D’s ( “ Escucha Israel, D’s es nuestro D’s, D’s es uno”) los preceptos de amor a D’s, estudiar su Tora y “atar”estas palabras como Tefilim en nuestro brazo y cabeza e inscribirlas en las Mezuzot fijadas en los marcos de nuestras puertas.


Shabat Shalom Umeboraj.

Marcelo Mann

Estudiando la Parashá

Y AMARAS AL SEÑOR TU DIOS

Por Nejama Leibowitz

EL “amor a Dios” es un concepto básico en nuestra religión, y aquél que mereció el título de “Amante de Dios”, puede ser considerado como poseedor de un grado espiritual muy elevado. Esta categoría tiene dentro del culto divino varios aspectos, que fueron analizados por los sabios judíos del Medioevo. No abarcaremos este concepto desde todos los puntos de vista – nos limitaremos a considerarlo en su calidad de man­dato de Dios dirigido a nosotros. Consideraremos el “amor a Dios” como un mandamiento positivo expuesto por la Torá.

Dos son las cuestiones fundamentales que plantea este mandamiento. La primera: ¿En qué consiste aquel amor que nos ha sido encomendado profesar a Dios? ¿En calidad de qué y en qué forma ha de habitar en el alma humana?

Rabí Eliyahu Mizraji formuló dicho interrogante en forma resumida:

¿Cómo puede ordenarse amar algo que jamás se ha conocido ni visto?

La segunda cuestión – que puede ser planteada también en relación con otros preceptos, no sólo con éste – puede ser formulada del modo en que lo hizo el autor de “Akedat Yitzjak” en el comienzo de su comentario al precepto bajo consideración:

¿Cómo es posible promulgar mandamientos que rijan actos huma­nos que no están bajo la disposición ni el poder del hombre y que por esta simple razón no son susceptibles de recibir prohi­biciones ni mandamientos? Ya que el hombre no puede ser mandado sobre actos que no dependen de su voluntad.

No incluiremos en nuestro estudio la respuesta de S. D. Luzzatto, que consideró las dos preguntas como una sola:

“Con todo corazón”: Luego que fue considerado apropiado que la Torá divina hablase en lenguaje humano y de Dios como poseído de emociones, capaz de experimentar enojo y poseedor de amor y de odio, también el hombre amando u odiando a la divinidad; y que quién tenga siempre presente a Dios, y cuyos pensamientos sean el agradar a Dios y el cumplir con Sus mandamientos será denominado “amante del Señor”; y que el amor a Dios no es un precepto aparte sino que comprende a todos los preceptos, pero, para el amar mismo, no rige precepto alguno.

La solución de Luzzatto no constituye una respuesta sino una negación del problema. Pues si el versículo no es uno de los 613 preceptos, sino una expresión de la totalidad de los mismos, no tiene sentido entonces el hablar de la esencia del amor y de la posibilidad de cumplir una obligación que no es tal. Tenemos la evidencia de que se trata de un mandamiento, ya que todos los redactores de las diversas clasificaciones de preceptos han incluido el “amar a Dios” en la nómina de los 613 mandamientos. Comenzaremos pues citando a Rambam que en su “Sefer Hamitztvot” (El Libro de los Preceptos), le ha dado un lugar prominente, inmediatamente después del importantísimo precep­to de la fe en la existencia y unidad de Dios:

El tercer precepto: es el mandamiento por el cual nos fue orde­nado amarlo, exaltado sea, consistiendo en que pensemos y me­ditemos en Sus mandamientos, en Sus dichos y actos, a fin de que concibamos Su existencia y gocemos así del deleite más su­blime, ése es el amor ordenado. En el Sifrí leemos: Está escrito: “Y amarás al Señor, tu Dios”, pero, no está claro cómo ha de amarse a Dios, a tal efecto nos instruyen las Escri­turas: “Y estarán estas palabras que Yo te ordeno hoy, sobre tu corazón”, mas es así como debes interpretar: pues por intermedio de ellas reconocerás al Que dijo y se hizo el universo. Te hemos explicado ya pues, que mediante la meditación llegarás a las comprensión, en la que hallarás placer, y por fuera vendrá el amor. Y ya hemos aclarado que este precepto incluye el hacer un llamado a toda la humanidad a servir al Altísimo y a creer en El, puesto que cuando amas a alguien contarás sus alabanzas y lo ensalzarás, llamarás a toda la gente a que lo ame, entonces, por comparación, cuando ames realmente al Altísimo, en la medida que has concebido Su Verdad, llamarás sin duda alguna, a los simples y a los necios a tomar conocimiento de la Verdad que tú ya conoces.

Leemos además en el Sifrí: “Y amarás a Dios”, hazlo amado por las criaturas como hizo Abraham vuestro patriarca, según leemos: “Y las almas que hicieron en Jarán”. Es decir: tal como Abraham, por cuanto era amante de Dios, como lo asevera el profeta Yeshayahu: “Abraham Mi amante”, impulsado por el poder de su concepción llamó a la gente a creer en Dios, de esta misma manera amaLo tú, hasta que sientas la necesidad de llamar a la gente hacia El.

Rambam habla pues acerca de dos asuntos comprendidos en este precepto: 1º, que el hombre llegue por sí mismo a la categoría de amante de Dios; 2°, el que llame a sus semejantes a imitarlo en sumisión y amor.

Comenzaremos por el primer propósito, que versa sobre el modo en que puede conseguir, el hombre por sí mismo, este grado del amor a Dios.

A nuestra segunda pregunta, como puede ordenarse el amar, sentimiento que aparentemente “no recae bajo las ordenes de la voluntad”, encontramos ya una respuesta en las palabras de Rambam: Por intermedio de la meditación, que es sin duda alguna una facultad volitiva, llegará el hombre al amor. Esta meditación, como medio que nos conduce al amor a Dios, está comentada y explicada por Rambam en forma extensa en “Hiljot Yesodé Hatorá” (Reglas Básicas de la Torá) :

El Señor, Honrado y Temido, nos ordena amarLo y temerLo, pues está escrito: “Lo amarás al Señor, tu Dios”;  “Al Señor Tu Dios temerás”. ¿Y cuál será la manera más correcta para amarlo y temerlo? Cuando el hombre contemple Sus actos, y Sus criaturas extraordinariamente maravillosas, y perciba en ellos Su inteligencia inapreciable e inmensurable, amará de inmediato, alabando maravillado, y ansiando el gran placer de conocer el Altísimo. Como lo afirma David: “Sedienta está mi alma de Dios, del Dios vivo”. Y cuando medite en todas estas cosas, inmediatamente retrocederá temblando, lleno de temor y susto, al recordar de que es una criatura insignificante, baja y oscura, de una inteligencia frágil y minúscula, frente a la Fuente de la Sabiduría. Como lo afirma David  “Cuando contemplo Tus cielos . . . ¿qué viene a ser el mísero hombre para que tengas de él memoria?” Y por intermedio de estos conceptos, explico muchos de los grandes principios que rigen los actos del Señor del universo, para que sirvan de iniciación para el inteligente en su búsqueda del amor a Dios. Como lo han afirmado nuestros Sabios, refiriéndose al amor, “pues de esta manera reconoces al que con Su palabra creó al mundo”.

El amor al cual se refiere Rambam, se origina pues en la conciencia, a pesar de lo cual no está desprovista de pasión. Esto se ha de aclarar más aún, al leer lo que escribió sobre el “amor a Dios” en otro lugar de su obra “Mishné Torá”. He aquí sus palabras en “Hiljot Teshuvá” (Reglas del Arrepentimiento):

¿De qué manera deberá amar a Dios? Lo amará pues, con un amor extremadamente intenso y poderoso, hasta sentir el alma ceñida por el amor a Dios, y se entregue siempre a ello, como si padeciera el mal de amores, y no pudiese liberar su pensamiento del amor de aquella mujer amada, y se encontrase constantemente pensado en ella, ya sea cuando se encontrare descansando o en actividad, comiendo o bebiendo. Más intenso aún, deberá ser el amor a Dios, en el corazón de Sus amantes, dedicándose a El constantemente, tal como fuimos mandados: “Con todo tu corazón y con toda tu alma”. A ello se refirió también Shelomó cuando dijo en forma figurada: “Pues padezco el mal de amores”. Todo el Cantar de los Cantares es una alegoría de nuestro tema.

Es cosa clara y conocida, que el amor a Dios no prenderá en el corazón humano, sino cuando lo cultive constante y debidamente, dejando de existir para él todas las demás cosas del mundo, como nos ordenó “con todo tu corazón y con toda tu alma” (Devarim 6, 5). No se ama a Dios, sino con la comprensión que de El tenga, y en la medida de su conocimiento será su amor: intenso o débil. Por tal razón deberá el hombre dedicarse a dilucidar y compren­der las ciencias y sabidurías que dan a conocer al Creador, según las posibilidades que tiene el hombre de comprender y concebir, como ya lo hemos explicado en “Hiljot Yesodé Hatorá”.

También escribió Rambam en su libro “Moré Nevujim” (Guía de los descarriados) 3° parte, capítulo 28:

Ya conoces los deberes emanados del precepto de amar a Dios “Con todo tu corazón y con toda tu alma”, y ya lo hemos explicado en “Mishné Torá” que este amor se origina únicamente en la comprensión de la existencia toda, en cuanto al ser en sí y en cuanto a la sabiduría que representa.

Pero si confrontamos los textos del “Sefer Hamitzvot” y del “Hiljot Yesodé Hatorá” de Rambam, observaremos una diferencia pequeña, aunque no por eso insignificante: en el “Sefer Ha­mitzvot” afirma que el medio para alcanzar el verdadero amor a Dios surge de la meditación de sus “preceptos, órdenes y actos”, mientras que en “Hiljot Yesodé Hatorá” se refiere a la contemplación de Sus “actos y de Sus criaturas maravillosas”. Según esta última definición, el contemplar la naturaleza, la investigación y el estudio de todos los actos de Dios en el mundo, ayuda al inteligente a amar a Dios.[1]

Cuán lejos de estos conceptos están las palabras de Rabénu Bajie (lbn-Pekuda). No es el interés del hombre en lo que acontece en el mundo lo que origina el amor a Dios, sino por el contrario, el evadirse de la problemática mundana. Ya que dicho amor existe en el fondo de su alma, puesto que ella es una partícula divina, y alcanza por lo tanto, con apartar el alma de los impedimentos que la desvían hacia otros asuntos, y de por sí se llenará de esa luz superior que le es cercana a su esencia. Dice en su libro ” Jovot Halevavot” (De los deberes de los corazones) pórtico “Del amor a Dios”, capítulo 1°:

¿Qué es el amor a Dios? Un impulso del alma que, en su esencia, tiende hacia Dios para unirse a su Altísima luz. El alma es una sustancia espiritual simple, a la que atrae lo que es semejante en el mundo del espíritu y que naturalmente es rechazada por lo que le es opuesto en el mundo de la gruesa materia . . . El alma se retira del mundo, renuncia a sus placeres, desprecia al cuerpo y todos sus apetitos. Sus ojos se abren, su mirada se ilumina y se desvanece la nube de necedad que la separaba de Dios y de Su Torá. Distingue la verdad del error. Se le revela el verdadero sem­blante de su Creador; y cuando comprende la potencia y la gran­deza del Altísimo, se arrodilla y se prosterna ante El en temor, temblor y estremecimiento, y no saldrá de esta actitud hasta que Dios le otorgue calma y seguridad, y acalle su estremecimiento y su temor; se abrevará entonces en la copa del amor sagrado; se aislará en Dios para unirle su corazón y hacer de El ofrenda de amor. No tendrá más afán que el de servir a Dios; fuera de Dios nada ocupará su pensamiento. No hará gesto alguno en desacuerdo con la voluntad de Dios; sólo autorizará a su lengua a que Lo recuerde, Lo alabe, Lo cante y Lo glorifique. Si El le hará bien, él Le agradecerá, si El lo oprimirá, sólo concebirá pacientemente más amor, más esperanza en El, tal como se cuenta de un pío que se levantaba por las noches y decía:

“Oh, mi Dios, ¡Tú me has hambreado,

desnudo me has abandonado,

en las tinieblas de la noche me has encallado,

pero, Tu potencia y Grandeza me has señalado!

Y si me consumieras en fuego,

en mí sólo crecerá mi amor por Ti, mi júbilo en Ti”.

Así decía Job (13, 15) : “Aunque me matará, en El confiaré”. El sabio escritor del Cantar de los Cantares (1, 12) alude a este don: “Para mí el amado mío es como bolsita de mirra que entre mis pechos reposa”. Nuestros Sabios comentan: “Aunque me oprima y me amargue, mi amado es mío, entre mis pechos repo­sa”.[2] Y esto es concordante con lo que expresa el versículo (De­varim 6, 5) : “Y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza”.

Préstese atención, a cómo por medio de un juego de palabras, se convierte “bolsita de mirra” – bálsamo aromático, símbolo del amor – en una disposición a recibir los sufrimiento con amor, a agradecer el dolor de la misma manera como se agradece el bien; en una expresión de lealtad bajo cualquier circunstancia, aún con la amargura de los tormentos: aunque oprima y amargue “entre mis pechos reposa”. Aquí el amor no se limita al cum­plimiento de la voluntad divina, ni tampoco, con toda seguridad, representa el resultado de la contemplación de las maravillas de los actos y del poder divino, sino, precisamente, un impulso del alma, un entregarse, una angustia, una ansiedad, una voluntad de apegarse a El y de renunciar a todo este mundo.

Pero si volvemos a la segunda parte de las palabras de Rambam, expresadas en el “Sefer Hamitzvot”, veremos que el precepto de “amarás”, no se limita a un impulso del alma en su aislamiento, sino que le exige actuar dentro de la sociedad, y es por ello que Rambam cita también al Sifrí, cuyo texto transcribiremos a continuación íntegramente:

“Y amarás al Señor, tu Dios” – hazLo amado por todas las cria­turas – como Abraham tu patriarca, tal como dice (Bereshit 12, 5): “Y las almas que hicieron en Jarán”; ¿cómo debemos inter­pretar este versículo? ¿Si se reuniesen todos los habitantes del mundo para crear un insecto y dotarle de vida, lo lograrían? – ¿cómo debe entonces entenderse: “y las almas que hicieron en Jarán?” Así, Abraham, nuestro patriarca, hacía prosélitos y los ponía bajo las alas protectoras de la Shejiná.

He aquí una clase de amor a Dios, influenciar a los semejantes a amar a Dios, a semejanza de Abraham que enseñaba a los hombres a conocer a Dios. Pero el Talmud amplía más aún el precep­to “y amarás”: que el hombre actúe de tal modo que Dios sea amado por todas las criaturas, no solamente enseñándoles Torá, acercándolas intencionada y directamente al amor a Dios, sino también con todos sus actos, con toda su conducta; no solamente en asuntos de santidad relacionados directamente con Dios, sino que también en su vida cotidiana y profana. Leemos en el tratado Yoma 86a:

“Y amarás al Señor, tu Dios”. Que por ti el Señor sea amado. Que estudie Torá, Mishná y Talmud, comercie con probidad, y que converse reposadamente con sus semejantes. ¿Qué dirán en­tonces de él?

¡Bienaventurado aquél que estudia Torá! ¡Bienaventurado su padre que le ha enseñado Torá! ¡Bienaventurado su maestro que le ha enseñado Torá! ¡Ay de aquellos que no han estudiado Torá! Aquél ha estudiado Torá: ¡Observad cuán bellos son sus ademanes! ¡Cuán perfecto su actuar! Con referencia a él leemos (Yeshayahu 49, 3): “Y me ha dicho: ¡Tú eres Mi siervo, oh Israel, en quien Me glo­rificaré!”.

Pero aquél que estudia Torá, Mishná y Talmud, pero que no comercia con probidad, y que su conversación con sus semejantes no es calma ¿Qué dirán de él? ¡Ay de aquél que ha estudiado Torá! ¡Ay del padre que le ha enseñado Torá! ¡Ay del maestro que le ha enseñado Torá! Aquél ha estudiado Torá. ¡Observad cuán ruines son sus acciones, ¡Cuán vil su conducta! De él fue dicho (Yejezkél 36, 20): “Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron Mi santo nombre, cuando de ellos se decía: ¡Pueblo del Señor son éstos, que de la tierra de El han salido!”

Tomado de: “Reflexiones sobre la Parasha”, Prof. Nejama Leibowitz, publicado por el Departamento de Educación y Cultura Religiosa para la Diáspora de la Organización Sionista Mundial, Jerusalén, 1986 Págs. Págs. 254-260)

[1] El comentarista del Sefer Hamitzvot, autor del “Kin’at Sofrim”, notó esta diferencia dándole otro sentido: “El motivo por el que no recomendó en “Mishné Torá” el comprender Sus preceptos, sino Sus actos y Sus criaturas maravillosas, se debe a que allí medita sobre la creación del mundo, y no corresponde por lo tanto mencionar los preceptos, pues la meditación en los preceptos corresponde a otro tema, el de la obli­gación de estudiar la Torá, que el autor explica en el capítulo perti­nente, y es harto conocida la rigurosidad con que ha repartido el autor los temas en esa obra monumental, de acuerdo a un orden preestablecido, a fin de explicar cada tema en el lugar correspondiente”. [2] Nuestros Sabios usan a menudo juegos de palabras para interpretar figuradamente los versículos.

El vocablo Tzor (=bolsita) contiene las letras de la raíz Tzaror (=oprimir) y el vocablo Mor (=mirra) contiene las letras de Mar (=amargo). (N. del T.)

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