“Estuve en coma, esposado a la cama”. Sobrevivió al atentado, fue operado 17 veces, y lo acusaron de ingresar explosivos en la Embajada

El 17 de marzo de 1992 un conductor suicida estrelló una camioneta, convertida en “coche bomba”, contra la sede diplomática, Jorge Cohen y Gabriel Pitchon sobrevivieron a la explosión y dan testimonio “por la memoria de nuestros amigos”

El 17 de marzo de 1992 amaneció nublado. El calor del verano se estaba yendo. Jorge Cohen había terminado una reunión con un grupo de periodistas que preguntaban por la inminente llegada al país de un escritor israelí. Rechazó gentilmente una invitación a almorzar y se dirigió a su trabajo como agregado de prensa en la Embajada de Israel. Tenía algunas cuestiones que resolver antes de terminar su jornada y prefería comer algo rápido. Al llegar, se encontró con una fila de personas esperando para entrar al consulado y se detuvo a saludar un rostro familiar. Luego subió las escaleras hasta el segundo piso de Arroyo 910 donde estaba su oficina. Miró el reloj, recuerda que faltaba un cuarto de hora para las quince. En el camino se cruzó con Marcela Droblas, que trabajaba con el agregado cultural. “Estaba almorzando una pera y un yoghurt”, recuerda con mucha emoción. Al pasar, le hizo una broma y ella le devolvió una sonrisa. Caminó un poco más y se encontró con Eliora Carmon, la mujer del cónsul, quien también trabajaba en la embajada. Y si bien ella solía estar siempre de buen humor, ese día estaba apurada: uno de sus cinco hijos tenía fiebre y quería ir a verlo.

En la Plaza de la Memoria Jorge Cohen recuerda con aprecio a León Wasserman: "Él salvó el predio e hizo que se convirtiera en una plaza. Lo adquirió y luego lo donó a la ciudad de Buenos Aires", dice
En la Plaza de la Memoria Jorge Cohen recuerda con aprecio a León Wasserman: “Él salvó el predio e hizo que se convirtiera en una plaza. Lo adquirió y luego lo donó a la ciudad de Buenos Aires”, dicePATRICIO PIDAL/AFV

“En la embajada no había oficinas, porque era una casona antigua, un petit hotel que se construyó en la década del 20 para un comitente particular. Poco tiempo después de la creación del Estado de Israel, la casa pasa a ser la sede diplomática. Esto quiere decir que nosotros trabajábamos en una casa de familia, no había oficinas, sino que eran habitaciones. Y en algún sentido, siento que nosotros éramos una familia porque nos conocíamos todos”, dice Jorge.

Mientras tanto, en la planta baja, el arquitecto Gabriel Pitchon mantenía una reunión con el cónsul Daniel Carmon que, provisoriamente, había mudado su oficina a una de las habitaciones que daban a la esquina de Arroyo y Suipacha. Hablaron sobre el avance de la obra que estaban realizando para agrandar el sector consular. Las refacciones habían comenzado en noviembre y esperaban terminar en mayo para los festejos de la Independencia de Israel que se celebraría en la Embajada. “Vamos a ver la obra”, propuso el cónsul al arquitecto y ambos se pusieron de pie.

Pero en el preciso instante, en el que Jorge se acercaba a su oficina y Gabriel se disponía a visitar la obra, sucedió lo impensado y sus vidas confluyeron en la tragedia.

Gabriel Pitchon es arquitecto y hace 30 años estaba a cargo de las reformas en la Embajada de Israel
Gabriel Pitchon es arquitecto y hace 30 años estaba a cargo de las reformas en la Embajada de Israel

“Todo voló por el aire”

“Todo voló por el aire. Marcela quedó bajó los escombros y Eliora también. Ellas no sobrevivieron, ninguna de las dos. Al tiempo, me enteré que el SAME llegó a entablillar a Eliora debajo de los escombros, pero no pudieron sacarla. Me explicaron que la tecnología de ese momento no lo permitió. Lo cuento y me emociono como si no hubiesen pasado 30 años”, dice Jorge.

El 17 de marzo de 1992 un conductor suicida impactó una camioneta convertida en "coche bomba" contra la Embajada de Israel
El 17 de marzo de 1992 un conductor suicida impactó una camioneta convertida en “coche bomba” contra la Embajada de Israel

“Me acuerdo de la negrura, el humo, el calor. Adentro fue una implosión. Te tragas todo el polvo que levanta una bomba. Fue un desastre. Yo, sin proponérmelo, protegí al cónsul con mi cuerpo. Se nos cayeron las vigas encima. Salí como pude, arrastrándome, en el camino ayudé a la secretaria del cónsul a salir”, recuerda Gabriel.

El 17 de marzo de 1992 la sociedad argentina se conmovió con el primer atentado del terrorismo internacional en el país. A las 14:50 un conductor suicida estrelló un coche bomba contra la Embajada de Israel en la esquina de Arroyo y Suipacha, corazón del barrio de Retiro. El resultado, si acaso pudiese medirse en números: 29 víctimas fatales (22 que fueron identificadas) y centenas de heridos entre el personal diplomático, vecinos y transeúntes.

“Pienso que si hablamos de números de víctimas no lo comprendemos todo. Es necesario que hablemos cada víctima, que le pongamos nombre y apellido, porque detrás de cada víctima había un proyecto de vida”, dice Jorge.

En el atentado murieron 29 personas y centenas de heridos entre el personal diplomático, vecinos y transeúntes
En el atentado murieron 29 personas y centenas de heridos entre el personal diplomático, vecinos y transeúntes

“Era un estado de desesperación”

Ninguno de los dos recuerda con claridad qué sucedió tras la explosión. “El momento es adrenalínico y estaba en shock. Me contaron que en la ambulancia le pegué al chofer. Era un estado de desesperación total”, dice Gabriel.

Escuché el sonido de la explosión, pero después no me acuerdo casi nada. No sé cómo me rescataron. Recuerdo que iba en la ambulancia, en una camilla con las piernas hacia las puertas traseras. Cuando la ambulancia se puso en marcha para llevarme al hospital, dudé de quién la manejaba y abrí las puertas con los pies y me tiré con el vehículo en movimiento. Pienso que ahí fue cuando tomé una parcial consciencia de lo que había pasado. También recuerdo que en la ambulancia me pusieron un teléfono en el oído y escuché una persona llorando. Siempre pensé que eso lo había soñado, pero años más tarde la persona me dijo: ‘No, era yo que lloraba’. Era Marcelo Cantelmi, el editor de Clarín”, cuenta Jorge.

Foto de archivo del ataque a la Embajada de Israel en 1992, durante las tareas de rescate
Foto de archivo del ataque a la Embajada de Israel en 1992, durante las tareas de rescateEduardo Navone/Archivo Télam/cf – Telam

Mientras que para Jorge las lesiones físicas no fueron de gravedad, Gabriel no tuvo la misma suerte y estuvo tres meses oscilando entre la vida y la muerte. “Salí muy mal herido, estuve en estado de coma tres meses, no un coma inducido, sino coma real. Es decir, todos los días me moría. Después estuve un año en rehabilitación. Primero me llevaron al Hospital Fernández y después al Mater Dei. Se me perforó el hígado, el pulmón y la cara. Tuve 17 operaciones. Mi rostro está enchapado en platino, fue una buena reconstrucción”, dice.

El arquitecto repasa con indignación cómo los primeros días después del atentado las miradas de los investigadores se posaron sobre él y lo acusaron de ser el responsable del ataque. “Una locura. Me acusaron de haber metido la bomba dentro de los materiales de construcción. Estuve esposado en la cama mientras me estaba muriendo. Gracias a mi mujer que a los gritos preguntaba a dónde me iba a ir si me estaba muriendo, porque no daban dos pesos por mi vida, me sacaron las esposas. Peritos que trabajan para la Corte llegaron a decir que había volado la caldera. Incluso dijeron que la Embajada tenía un arsenal, que lo sabían por inteligencia… cualquier cosa. No había nada de eso. Yo había recorrido toda la obra y no había ningún arsenal y caldera había una, pero estaba llena de libros y no tenía gas. Después con el cráter que había en la calle más las pericias de prefectura y gendarmería determinaron que había sido un coche bomba. El Mosad (agencia de inteligencia israelí) encontró un dedo del conductor suicida en el séptimo u octavo piso del edificio de enfrente”, dice Gabriel.

 Jorge Cohen decidió un día dejar de ser víctima para convertirse en testigo. "La víctima es una foto blanco y negro, pero el testigo se levanta y da testimonio", dice.
Jorge Cohen decidió un día dejar de ser víctima para convertirse en testigo. “La víctima es una foto blanco y negro, pero el testigo se levanta y da testimonio”, dice.PATRICIO PIDAL/AFV

-¿Cómo fue el día después del atentado?

Gabriel: -Quedé muy herido después del atentado, física y psicológicamente. Tuve que aprender todo de nuevo. No podía comer, no podía caminar. Mi hijo que tenía ocho años me miraba y me decía Freddy Krueger. Físicamente me curé con rehabilitación y psicológicamente pude sanar trabajando en la investigación, fue una forma de canalizar y también conocí mucha gente con la que compartimos el dolor, pero también hay lugar para historias simpáticas, en las que te terminas riendo de la situación. ¿Qué tipo de historias? Cada vez que nos encontramos con la esposa del jefe de inteligencia de la Embajada, que también trabajaba ahí, me dice riéndose: “¡Gaby me pasaste tres veces por la cabeza! ¡Tres veces!”. Y tiene razón: tratando de salir de lo que quedó de la Embajada, caminando entre los escombros, yo sentía que algo me tiraba del pantalón… Era ella. Pero en ese momento hice lo que pude, lo que me salió.

Jorge: -Los primeros tiempos soñaba con el atentado todas las noches. Me despertaba exaltado, gritando con el colchón que parecía una laguna de lo que había transpirado. Esto me pasó durante mucho tiempo hasta que un médico me dijo: “Vos vas a estar mejor, vos te vas a curar, pero necesitás empezar ya mismo terapia para que después no te pase nada más”, se refería a tener alguna consecuencia como un infarto. Así que hice terapia y eso me ayudó bastante, no a cerrar la herida, pero sí a convivir con lo que había pasado.

Gabriel Pitchon sostiene que trabajar en la investigación para esclarecer lo sucedido lo ayudó a sanar psicológicamente
Gabriel Pitchon sostiene que trabajar en la investigación para esclarecer lo sucedido lo ayudó a sanar psicológicamente

“Al dolor de la pérdida se suma el de la falta de justicia”

“Hubo un momento que decidí dejar de ser víctima para ser testigo. La víctima es una foto blanco y negro, pero el testigo se levanta y da testimonio, que es lo que estoy haciendo ahora. Me di cuenta que tenía que dar testimonio porque por algo quedé acá”, sostiene Jorge.

Por eso, cuando meses después del atentado aparecieron en un sobre intactos los manuscritos de unos cuentos de ficción que Marcela le estaba ayudando a editar, decidió publicarlos. “Alguien me dijo que tenía que terminar de escribir esos textos en honor a Marcela y que se llame ‘Cuentos bajo los escombros’. Finalmente me convenció y hace más 10 años los publiqué. Eso me ayudó mucho a reivindicar la vida”, agrega.

-Ustedes dan testimonio, mantienen viva la memoria para que no olvidemos lo que pasó. Sin embargo, lamentablemente, pasaron 30 años y aún no sabemos quiénes fueron los responsables del atentado.

Jorge: -Sí. Pasaron 30 años y no sabemos nada. No hay detenidos ni acusados. No sabemos quién fue ni si hubo conexión local. No hay nada. Hubo una declaración de la Corte muy genérica. Al dolor por la pérdida de mis compañeros y también de los que no conocía, se suma el dolor de la falta de Justicia. ¿Quién fue? No lo sabemos.

Gabriel: -Trabajé muchos años con Carlos Sucevich en la investigación. Él fue el primer querellante, perdió a su hija en el atentado y murió hace un par de años, a los 94, esperando saber quién había matado a su hija. Nos ocupamos de ir al Senado, a la Cámara de Diputados, a las comisiones de Derechos Humanos…Pero no pasó nada. Nosotros llegamos a verdades, por testimonios que íbamos juntando. Pero las verdades fueron cambiadas muchas veces.

 

Por Constanza Bengochea
Fuente:  La Nación
17 de marzo 2022