Viena, año 1824. El Teatro Imperial estaba repleto. La aristocracia y la élite cultural vienesa se congregaron para lo que sería un evento irrepetible.
Había mucha expectativa: hacía más de diez años que el genio no producía una sinfonía o hacía una aparición sobre el escenario. Y ahí estaba el gran maestro, en el podio, frente a una de las mayores orquestas jamás reunida.
De espaldas al público, Beethoven dirigió a los músicos con una pasión desenfrenada, agitando sus brazos al compás de la música. En su mente sonaba una partitura extraordinaria, y en sus manos, en todo su cuerpo, la música le vibraba en la piel.… Leer más


