85 años de la NCI de Uruguay

Por Ianai Silberstein

Ochenta y cinco años es mucho tiempo. El Estado de Israel todavía no los ha cumplidos, y los reinos de David y Salomón nunca los cumplieron. Da para calibrar, más allá del tiempo en sí mismo, la magnitud del camino recorrido y su legado.

Montevideo es una ciudad chica. Las  distancias físicas no son físicas sino vivenciales. Llevar los rollos de la Torá de la calle Río Branco en el centro de Montevideo a la calle Payán en Pocitos, del viejo edificio al nuevo, fue un rato; pero trasladar una comunidad llevó algo más de cincuenta años. Como nos cuenta la Torá, los hombres no caminamos ni tan rápido ni tan directo; precisamos detenernos, convencernos, hacer nuestros los proyectos. Y, como buenos judíos, quejarnos un poco entre tanto.

Pero nunca desandamos el camino; siempre caminamos hacia el futuro, sea la era mesiánica o simplemente el siguiente proyecto. Así como el camino no se desanda, la Torá no se devuelve; se interpreta.

Constituirse en una congregación o comunidad es consagrar el tiempo y luego habilitarnos a estar juntos. En la era de la virtualidad y el Zoom, ¿acaso no existen instrucciones de la Asamblea Rabínica acerca de cómo hacerlo, del mismo modo que la Torá nos instruye y los hombres interpretamos? Cómo mejorar la experiencia, a priori tan extraña. Cómo hacerla relevante. Es que en realidad, no hay nada que no esté ya escrito. Es lo que somos, lo que nos constituye.

Pensando acerca de qué hablar en un año como este uno podría recurrir a recuerdos, desafíos, incertidumbre, continuidad, y tantos otros conceptos que como judíos nos obsesionan y sobre los cuales nos extendemos. Pero un aniversario no es una fecha para intelectualizar, sino para celebrar, porque es el día que empezamos a ser, a existir. ¿Cómo es que hemos cambiado tanto y al mismo tiempo nos hemos mantenido tan fieles a nosotros mismos?

Tal vez sea porque nunca nos dimos el lujo de tener entre nosotros un Koraj; tal vez porque supimos tener muchos Itró que nos enseñaron a racionalizar la convivencia, y muchos Najshon para tirarnos al agua y confiar, y muchas Miriam para levantar sus voces en cánticos, y tantos Cohanim y Levitas que cuidan el culto; pero sobre todo porque hemos sabido ser Israel: como Iaacov, hemos sabido confrontar con Dios y salir airosos; a veces un poco rengos, pero siempre fortalecidos.

Si el 85 es PO, “aquí”, imaginen: estamos dispersos en Montevideo y por todo el mundo, pero estamos todos acá, en la NCI. Y como esta no es una festividad tradicional, me permito parafrasear nuestro tradicional deseo al final del Seder de Pesaj o Iom Kipur: el año próximo, en Payán 3030.

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