EL PAPA JUDIO

Durante la Edad Media, circuló en distintas juderías de Europa la leyenda del Papa judío. En diferentes versiones, la historia giraba alrededor de un niño judío que era arrebatado de la casa de sus padres y obligado a abrazar la fe cristiana. Con el correr de los años y como prelado de la Iglesia, era elegido Pontífice de la Cristiandad.

El relato que transcribimos se refiere a este tema. Su protagonista, Eljanán, era hijo de Rabí Shimón Hagadol (El grande) de Maguncia, gran exégeta del Talmud y autor de inspirados cánticos rituales; uno de ellos se lee el segundo día de Rosh Hashaná.
EL EXTRAÑO DESTINO DE IOJANÁN BEN SHIMÓN HAGADOL.
-¡Una desgracia, Rabí Shimón, una gran desgracia! – clamó la sirvienta. Sus ojos desorbitados reflejaban el espanto, y con sus manos se golpeaba repetidamente la cabeza. -¡Ay de nosotros! – musitó, sin dejar de temblar.
-Cuéntame todo desde el comienzo -le rogó Rabí Shimón- y no ahorres detalle.
– Ella entró a encender el horno.
-¿Quién?
– La criada de los días sábado. Entró en la casa, encendió el horno y se llevó consigo a Eljanán, tu pequeño hijo. En mi inocencia pensé que lo conducía a los juegos, pero pasaron ya tres horas y ellos no aparecen. La voz de la mujer vacilaba y era seguro que, en instantes, rompería a llorar. – La criada lo raptó- dijo ahogada en lágrimas.
Rabí Shimón se estremeció. Tenía un único hijo y lo amaba con todo su ser. Y he aquí que ese hijo había desaparecido.
Los judíos que regresaban de la sinagoga se congregaron alrededor de ellos. El rumor, como todos los rumores en la calle judía, había corrido de boca en boca. En poco tiempo más, toda la comunidad se volcó a la búsqueda del niño.
No dejaron sitio sin revisar: casas, patios y hasta los barrios vecinos. Pero era como si al niño se lo hubiera tragado la tierra.
Los padres no hallaban consuelo. Rabí Shimón se impuso un ayuno y elevó sus preces al Altísimo, rogándole que le devolviera a su hijo. Todo en vano: el niño había desaparecido sin dejar huella.
EL NUEVO PAPA.
Pasó un año, y otro más y ya Iojanán (Juan) estaba irreconocible. Le afeitaron los aladares («Peot»), aprendió a repetir las oraciones cristianas y servía en la Iglesia como aspirante al sacerdocio. Sus conocimientos se acrecentaban día a día y su mente se mostraba capaz de los más agudos razonamientos. Los hombres de la Iglesia lo enviaron a Roma para que completara sus estudios de seminarista. Iojanán, ciertamente, hizo grandes progresos, y fue ascendiendo en la jerarquía hasta ser nombrado cardenal.
Pasado un tiempo, el Papa murió y Iojanán fue elegido para reemplazarlo.
Cada tanto, asaltaban al Papa Juan girones de recuerdos: se veía de pequeño en casa de su padre, el erudito Rabí Shimón; la criada cristiana lo toma de la mano y lo impulsa a correr, a huir … Y otro relámpago más en su memoria: alguien le rapa la cabeza y le impone una vestimenta desconocida. Luego, el coro de la iglesia, un sacerdote que lo reprende: «¡Canta los himnos de Nuestro Señor!», reclama. Y el niño está tan confundido….
Iojanán despierta de sus cavilaciones. En verdad, él es judío; y no un judío cualquiera: es el hijo del jefe de una comunidad, del justo (tzadik), del sabio Rabí Shimón.
No es demasiado tarde todavía -reflexiona Iojanán- Está abierto el camino para que retorne a mis orígenes- se dice.
-¿Pero cómo hacer, si los ojos de la Cristiandad se vuelven hacia mi persona, y por otro lado es tan grande el poder que detento?. ¿Cómo renunciar a él?. Así se debate el alma de Iojanán: en ocasiones quiere volver a la casa de sus padres, y otras veces disfruta de los honores que le han cabido en suerte.
UN PLAN.
Cierto día, urdió un plan para encontrarse con su padre sin despertar sospechas. Se sentó en su cuarto y redactó varias hojas de edictos dirigidos a los judíos de Maguncia. Por ellos, les prohibía el descanso sabático y la circuncisión de sus hijos. Y todo aquél que transgrediera las disposiciones papales, debería morir.
Una vez concluida la redacción de los textos, el Papa encargó al obispo de Maguncia que los pusiera en manos de los judíos. Éstos, presa del temor, fueron a rogarle al Obispo que intercediera ante el Pontífice.
-¿Cuál ha sido nuestro pecado, cuál la falta que cometimos, para ser condenados de esta manera? Pues si no respetamos el Sábado ni circuncidamos a nuestros hijos, seremos como los demás pueblos de la tierra.
– En verdad, no comprendo las razones de estos edictos- respondió el Obispo- pero tampoco estoy autorizado para revocarlos.
– Es el Papa quien los expidió, y sólo él podría volver atrás. Por lo tanto, les sugiero que envíen una delegación a Roma e intenten convencerlo de que anule esas leyes.
Los judíos escucharon el consejo: al día siguiente partía a Roma un grupo de representantes de la comunidad, encabezado por Rabí Shimón y otros dos notables.
EL ENCUENTRO.
Se abrió la puerta de la sala y el Papa, con el rostro impasible, ordenó: -¡Que pase el jefe de la delegación!
Vacilante y temeroso entró Rabí Shimón en el cuarto, y al advertir al Papa ocupando su alto sitial, se arrodilló ante él.
-¡Levántate – le dijo el Papa- y hazme oír tus razones!
-Insigne Señor: he venido en nombre de los judíos de Maguncia a pedirle que revoque las duras leyes que nos ha impuesto -dijo Rabí Shimón y agregó: -No entendemos los motivos de tanto rigor. ¿Cuál ha sido nuestro pecado?
El Papa lo escuchó sin mostrarse sorprendido. Hasta el momento, todo se desarrollaba según sus expectativas.
Manifestó entonces sus objeciones a los preceptos judíos y le planteó a Rabí Shimón cuestiones muy arduas. Pero éste tenía, para cada pregunta, una respuesta sagaz y fundamentada.
-Eres sabio, Rabí Shimón- le dijo Iojanán, que aún conservaba la calma. -Ahora comprendo por qué tus hermanos judíos te han enviado a mí, y por qué confían en tu persona. En mérito a tu sabiduría y porque tus respuestas han logrado satisfacerme, daré de inmediato la orden de revocar esos edictos.
-Y ahora- lo encaró el Papa con voz íntima y tierna- cuéntame de tu familia, de tus hijos. Rabí Shimón fue nombrando a sus hijos, pero no mencionó a Iojanán. Además, temía que el Papa hiciera venir a todos ellos a Roma.
-¿Y no tuviste otro hijo más?- inquirió el Pontífice.
Rabí Shimón dudó, con la confusión pintada en su rostro.
-Dime la verdad- insistió el Papa, y el tono de su voz empezaba a traicionarlo. -Cuéntame de ese hijo tuyo que raptaron, cuéntamelo todo. Y mientras así hablaba, descendió Iojanán de su alto sitial, se acercó con paso rápido al atónito Rabí Shimón, y en pocos segundos más, sin poder contener el llanto, rodeó con sus brazos los hombros del anciano.
-¡Soy Eljanán, tu hijo, soy el Papa Iojanán (Juan), el Papa judío!
Padre e hijo siguieron abrazados largo rato, sin pronunciar palabra. Luego se sentaron uno frente al otro y se contaron lo sucedido a cada uno de ellos desde aquel lejano día.
-Nunca podré perdonármelo- dijo Eljanán. Desde hace tiempo sé que soy judío, pero el enorme poder concentrado en mis manos me seducía de tal modo, que una y otra vez aplazaba yo mi regreso a casa.
Y Rabí Shimón lo tranquilizó, diciendo: «Dios se apiada de quien confiesa su arrepentimiento».
Contados días más tarde, el mundo cristiano se vio conmovido por la desaparición del Papa: nadie conocía su paradero, no había dejado huella, como si la tierra se lo hubiera tragado.
Y así, en el más absoluto secreto, Iojanán pudo retornar a la noble cantera de sus antepasados, a su familia y a la comunidad judía de Maguncia. 
Pronto ganó fama de erudito y fue un grande de la Torá. Y Rabí Shimón, su padre, compuso un cántico destinado al segundo día de Rosh Hashaná, en el cual alude a la historia de su hijo, y dice: «A Eljanán le tocará en suerte ser adornado por la gracia».

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