Parashá Kí Tetze

Salieres

 

Libro Devarim / Deuteronomio (21:10 a 25:17)

 

Resumen de la Parashá

Comienza la parashá de esta semana refiriéndose a las leyes sobre una mujer cautiva, capturada en una guerra fuera de Canaán. Señala la Torá leyes sobre el comportamiento del hijo rebelde y su castigo.

Se le recuerda al Pueblo de Israel otras leyes y el cumplimiento de ciertas mitzvot y prohibiciones, como ser la prohibición de dejar colgado toda la noche a quien haya sido condenado a muerte en la horca, debiéndose inhumarlo en el mismo día.

La mitzvá de devolver a su dueño algún objeto perdido.

La mitzvá de levantar a un animal que se ha caído.

La prohibición de vestir ropas del sexo opuesto.

Las leyes sobre la paloma y sus pichones.

La mitzvá de construir una baranda de seguridad alrededor del techo de cada casa.

La prohibición de vestir Shaatnez (tela con mezcla de lana y lino).

La mitzvá del uso de tzitzit.

Las leyes referidas a la falsa acusación de infidelidad, de un esposo contra su esposa, después del compromiso y antes del matrimonio, o si la acusación fuera cierta, y los castigos correspondientes; también las leyes concernientes al caso de adulterio, la violación de una mujer comprometida, los matrimonios permitidos y prohibidos, especialmente con personas de las naciones de Amón y Moab.

Leyes referidas al pecado de prostitución, la prohibición de cobrar intereses a los judíos, como también sobre el cumplimiento de una promesa.

Leyes de divorcio (guet), leyes sobre el recién casado, leyes referidas al secuestro. También nos trae esta parashá leyes sobre las garantías a tomar en caso de préstamo de dinero a otro judío, sobre la obligación del pago del salario a la terminación de un trabajo.

Otras leyes referidas al levirato y a la jalitzá. También las leyes que obligan a comerciar honestamente, no usando balanzas defectuosas, ni engañando al cliente en el peso ni en las medidas.

Por último, se recuerda al Pueblo de Israel las traicioneras acciones de Amalek, debiendo borrar su recuerdo de la faz de la tierra.

 


Rabino Jonathan Sacks

En contra del odio

Traductor: Carlos Betesh
Editor: Abraham Maravankin
 
Ki Tetzé contiene más leyes que cualquier otra parashá de la Torá y posiblemente apabulle la embarras de richesse (profusión de riqueza) del detalle. Un versículo, sin embargo, resalta por su singular característica contra intuitiva:
 
No odies al edomita, pues es tu hermano. No odies al egipcio pues fuiste extranjero en su tierra. (Deuteronomio 23:8)
 
Son mandamientos muy inesperados. Examinarlos y comprenderlos será para nosotros una lección importante sobre la sociedad en general y sobre el liderazgo en particular.
Primero, una visión global. Los judíos han sido objeto de discriminación racial con más intensidad y durante más tiempo que cualquier otra nación en la tierra. Por lo tanto debemos cuidarnos aún más de no ser nunca culpables de lo mismo. Nuestra creencia es que Dios nos creó a cada uno de nosotros, sin distinción de color, clase, cultura o credo, a Su imagen. Si despreciamos a otras personas por su raza, estamos menospreciando la imagen de Dios y faltando el respeto a kavod ha-briot, la dignidad humana. 
 
Si despreciamos a una persona por el color de su piel, estamos repitiendo el pecado de Aarón y Miriam – “Miriam y Aarón hablaron mal de Moshé por la mujer cushita que había desposado, pues había desposado una mujer cushita.” (Número 12:1). Existen diferentes interpretaciones midráshicas de este pasaje, pero el sentido común nos dice que menospreciaron a la mujer de Moshé porque, como la mayoría de las cushitas, era de piel oscura, siendo esta una de las primeras versiones registradas de prejuicio racial. Por este pecado Miriam fue castigada con lepra.
 
En cambio, debemos recordar la hermosa frase del Cantar de los Cantares: “Soy negra, pero hermosa, Oh hijas de Jerusalem, como las tiendas de Kedar, como las cortinas de Salomón. No me miren fijamente por ser oscura, pues el sol ha puesto su mirada en mí.” (Cantar de los Cantares 1:5)
 
Los judíos no se pueden quejar de que otros tengan actitudes racistas hacia ellos si ellos tienen la misma actitud hacia otros. “Primero corrígete, luego corrige a los demás,” dice el Talmud (Baba Metzia 107b). El Tanaj califica negativamente a algunas otras naciones, pero siempre por sus falencias morales, nunca por su color o etnicidad.
 
Ahora veamos los dos mandamientos de Moshé contra el odio,[1] ambos sorprendentes. “No desprecies al egipcio, pues tú has sido extranjero en su tierra.” Este es extraordinario. Los egipcios esclavizaron a los israelitas y concibieron un programa de lento genocidio, impidiendo que salieran a pesar de las plagas que tuvieron un efecto devastador sobre su tierra. ¿No son estos motivos para odiar?
 
Es cierto. Pero los egipcios refugiaron inicialmente a los israelitas en los tiempos de hambruna. Ellos honraron a Iosef cuando fue nombrado segundo del Faraón. Las maldades que cometieron contra los hebreos fueron causadas por “un nuevo Rey que no había conocido a Iosef” (Éxodo 1:8) y a instancias del Faraón, no del pueblo en sí. Además, fue la hija del mismo Faraón la que rescató y adoptó a Moshé.
 
La Torá hace una clara distinción entre los egipcios y los amalekitas. Estos últimos están destinados a ser los enemigos eternos de Israel, pero los anteriores no. Tiempo más tarde, Isaías enunció una notable profecía – que llegaría el día en que los egipcios sufrirían su propia opresión. Clamarían ante Dios, que los socorrería igual que había hecho con los israelitas:
 
Cuando clamen por Dios debido a sus opresores, Él les enviará un salvador y defensor, y los socorrerá. Así el Señor se hará conocer ante los egipcios y en ese día reconocerán al Señor. (Isaías 19:20-21)
 
La sabiduría de precepto de Moshé de no despreciar a los egipcios brilla aún hoy. Si el pueblo hubiera seguido odiando a los opresores de entonces, Moshé habría sacado a los israelitas de Egipto, pero no a los opresores de entre los israelitas. Habrían continuado siendo esclavos, no físicamente pero sí psicológicamente. Serían esclavos del pasado, cautivos de las cadenas del resentimiento, imposibilitados de construir un futuro. Para ser libre, debes liberarte del odio. Es una verdad difícil pero necesaria.
 
No menos sorprendente es la insistencia de Moshé. “No desprecies al edomita, porque es tu hermano.” Edom es, naturalmente, el otro nombre de Esav. Hubo un tiempo en el que Esav odiaba a Yaakov y juró matarlo. Además, antes de que nacieran los mellizos, Rebeca recibió a un oráculo que le dijo: “Dos naciones alojas en tu vientre, y dos pueblos dentro de ti serán separados; un pueblo será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor.” (Génesis 25:23) Cualquiera sea el significado de estas palabras, parecen dar a entender que habrá un conflicto eterno entre los dos hermanos y sus descendientes.
En un tiempo mucho más avanzado, en la época del Segundo Templo, el profeta Malají dijo: “Es una halajá (regla, ley, verdad indudable) que Esav odia a Yaakov.”[2] Entonces, ¿por qué nos dice Moshé que no odiemos a sus descendientes?
 
La respuesta es simple. Puede ser que Esav odie a Yaakov, pero no significa que Yaakov deba odiar a Esav. Contestar odio con odio es bajarte al nivel de tu oponente. Cuando durante un programa de televisión pregunté a Judea Pearl, el padre del vilmente asesinado periodista Daniel Pearl, por qué estaba trabajando en la reconciliación entre judíos y musulmanes, me contestó con una lucidez notable, “El odio mató a mi hijo, por eso estoy decidido a luchar contra el odio.” Como escribió Martin Luther King Jr. “La oscuridad no puede desplazar a la oscuridad, solo la luz puede hacerlo .El odio no puede desplazar al odio, solo lo puede hacer el amor.”[3] O como dijo Kohelet, hay “un tiempo para el amor y un tiempo para el odio; un tiempo para la guerra y otro para la paz.” (Eclesiastés 3:8)
 
Nada menos que el Rabí Simón bar Yojai fue el que dijo que cuando Esav se encontró con Yaakov por última vez, lo besó y abrazó “con todo corazón.”[4] El odio, especialmente dentro de la familia, no es eterno ni inexorable. Debes estar siempre listo, parece indicar Moshé, para una reconciliación entre enemigos.
 
La teoría contemporánea de juegos – el estudio sobre la toma de decisiones – sugiere lo mismo. El programa de Martin Nowak “Generous Tit-for-Tat” (Toma y daca generoso) es una estrategia ganadora en un escenario conocido como el Dilema Reiterado del Prisionero, un ejemplo creado para el estudio de la cooperación entre dos individuos. Tit-for-Tat dice: comienza siendo amable con tus oponentes y después hazles a ellos lo que ellos te hacen a ti (en hebreo, midá keneged midá). El Tit-for-Tat generoso dice: no hagas siempre lo que ellos te hacen a ti, pues puedes encontrarte bloqueado en un ciclo de represalia mutuamente destructivo. Cada tanto ignora (perdona) la movida menos dañina de tu oponente. Eso, a grandes rasgos, es lo que los sabios quisieron decir cuando señalaron que Dios creó el mundo originariamente bajo el atributo de la justicia estricta, pero vio que no podría sobrevivir con esto solo. Por eso incluyó el atributo de la compasión.[5]
 
Las dos órdenes de Moshé contra el odio ejemplifican su grandeza como líder. Es lo más fácil del mundo convertirse en líder movilizando las fuerzas del odio. Es lo que hicieron Radovan Karadzic y Slobodan Milosevic en la antigua Yugoslavia y que llevó a asesinatos masivos y limpieza étnica. Es lo que hizo la prensa controlada por el estado - tildando a los Tutsis de inyenzi (cucarachas) - antes del genocidio de Ruanda de 1994. Es lo que decenas de predicadores del odio hacen en la actualidad, frecuentemente usando internet para comunicar paranoia e incitar a actos de terror. Finalmente, fue esta la técnica que utilizó Hitler como preludio del peor crimen contra la humanidad de toda la historia.
El lenguaje del odio es capaz de crear enemistad entre personas de distinta fe y etnicidad que habían vivido juntos en paz durante siglos. Ha sido consistentemente la fuerza más destructiva de la historia, y aún el conocimiento del Holocausto no lo ha logrado frenar, mismo en Europa. Es la marca indudable de liderazgo tóxico.
 
En su obra clásica Leadership (Liderazgo), James Mac Gregor Burns hace la distinción entre los líderes transaccionales y los transformadores. Los primeros se dirigen a los intereses de la gente. Los otros tratan de elevar su visión. “Liderazgo transformador consiste en elevar. Es moral pero no moralista. Los líderes se conectan con seguidores, pero de niveles más altos de moralidad; al intercalar objetivos y valores, tanto líderes como seguidores son elevados, en sus juicios, a niveles más altos de principios.”[6]
El liderazgo en su aspecto más elevado transforma a los que lo ejercitan y a los influenciados por él. Los grandes líderes hacen que la gente sea mejor, más amable, más noble que lo que hubiera sido de otra manera. Ese fue el logro de Washington, Lincoln, Churchill, Gandhi y Mandela. El caso paradigmático fue el de Moshé, el hombre que ha tenido la influencia más duradera que cualquier otro líder de la historia.
 
Esto lo hizo enseñando a los israelitas a no odiar. Un buen líder lo sabe: Odia al pecado pero no al pecador. No olvides el pasado, pero no permanezcas cautivo de él. Debes estar dispuesto a luchar contra tus enemigos, pero nunca te permitas ser definido por ellos ni ser como ellos. Aprende a amar y perdonar. Reconoce lo que hacen los malvados pero concéntrate en lo bueno que está dentro de nuestras posibilidades de hacer. Solo así podremos elevar la moral de la humanidad y ayudar a redimir el mundo que compartimos.

 

 

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