Los espías y la zona de confort

“El Eterno habló a Moshé, para decir: Envía por ti hombres para que exploren la tierra de Kenaan que yo entrego a los Hijos de Israel. A un hombre por cada tribu de sus ancestros enviarán, todos líderes entre ellos».
Libro de Números (Parashá Shelaj) 13: 1-2

El factor humano.

El tema de la razón del fracaso de esta misión, donde 10 de los 12 espías hicieron lashón hará o hablaron mal de la propia Tierra de Israel, ha sido motivo de múltiples comentarios que intentan entender la causa de un hecho que produjo en ese momento y a futuro graves consecuencias con castigos colectivos y zonas de penumbra en el calendario judío.

Cuando llegamos al capítulo 14, versículo 1 dice: “Toda la asamblea alzó y profirió su voz y el pueblo lloró esa noche”. Y está sería la noche del 9 del mes de Av, un día de duelo establecido por generaciones y donde recordamos la destrucción de ambos Templos de Ierushalaim y de muchas otras desgracias ocurridas a lo largo de la historia a los hijos de Israel.

Esta breve reflexión, sin intentar ser novedosa, se arriesga a indagar en la naturaleza humana, tan compleja y habituada a tropezar siempre y muchas veces con la misma piedra.

El hombre es un animal de costumbres.

Con la ayuda del diccionario vemos que: “es la manera habitual de obrar de una persona, animal o colectividad, establecidas por un largo uso o adquirido y la repetición de actos de la misma especie”. O como: “todo aquello que implica una rutina, todo lo que nos hace bien (o eso nos parece) y nos da placer”. 

Zona de confort.

Esta expresión se ha vuelto común en nuestro presente y se refiere a: “un estado psicológico en el que una persona se siente seguro”.

Y qué duda cabe que todos en mayor o menor medida tendemos a “naturalizar todo aquello que nos sucede e incorporarlo como algo habitual y aceptado por la fuerza de la costumbre o debido a la presión del entorno o por una tendencia a subyugarse incluso por resignación o conformismo”.

El cambio y la crisis.

Todo cambio implica una crisis, y muchas veces, tantas otras crisis derivan en cambios sociales, económicos, políticos, o provocan convulsiones e incluso guerras. Los cambios positivos se entienden como una mejora o ganancia, mientras que los negativos como tragedias, pero igualmente se vuelven positivos apreciados desde la altura o en el tiempo histórico como experiencias que no deben reiterarse.

Estos desórdenes e incidentes los podemos ver en las diferentes etapas del relato bíblico, donde Moshé y Aarón deben enfrentar no solo al malvado Faraón (en el propio Egipto), si-no y también de muchos de sus propios hermanos (acostumbrados a la esclavitud), o cuando estando en el desierto, se encontraron frente al Mar Rojo por delante y al ejército egipcio por detrás también estalló el reclamo y cierto grado de desconcierto y confusión.

Ahora los israelitas, que marchaban por el desierto protegidos por las nubes de gloria, mientras comían del maná que caía del cielo y carne de las codornices por la tarde, debían enfrentar un nuevo desafío que implica un cambio, donde ellos debían (al cruzar el río Jordán) aprovisionarse ellos mismos la comida, e iniciar la lucha por la conquista de la Tierra, y muchos no veían con buenos ojos el nuevo y mutante horizonte que se les venía encima. Y es que, por naturaleza hay una fuerte tendencia en todo ser humano de resistencia al cambio.

No todos tienen el mismo nivel espiritual o el mismo grado de emuná o fe o convicción o confianza o capacidad de entrega a la promesa divina.

No es mi intención defender la posición o el error de los 10 espías que fallaron, solo intento exponer desde otro ángulo, que toda la historia humana, desde el mismo Génesis, se ve proyectada hacia adelante, con lo bueno y lo malo, como consecuencia de aciertos y en las más de las ocasiones de errores humanos, inherentes a la propia naturaleza humana, que, dejada a su libre albedrío por la propia voluntad divina, no siempre (las respuestas) encastran bien o en sintonía con la voluntad del infinito.

Lo que denominamos “ensayo-error” no deja de ser la constante en la experiencia de nuestro mundo de asiá o mundo material o físico.

D’os reconoce esta limitación y entregó la Torá como faro o guía, pero, por otro lado, en el mundo que se llama “olám” o del ocultamiento (del hebreo elem), el ietzer Hará (o el mal instinto y eterno probador) juega sus cartas de mil maneras. Y en tantas situaciones, en el campo de la existencia humana, rendimos primero el examen y luego aprendemos la lección. 

Para concluir, eso separa la secuencia de este aprendizaje, de lo que vivimos en la escuela donde primero nos enseñan la lección y luego rendimos el examen.

Mi madre Aida Daitch Z”l siempre me repetía que la vida no es lineal, siempre existen los altos y bajos, y además como dicen nuestros rabinos de bendita memoria, venimos a este mundo a pasar pruebas.

Solo el rastro que dejan nuestros Patriarcas constituye la única ayuda posible. La línea que debemos seguir, para poder atravesar el tormentoso y peligroso camino de la existencia, y sus constantes desafíos y pruebas y cambios de toda índole en todo tiempo y lugar.

¡Jodesh Tov!

Dr. Natalio Daitch

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