Del escritorio al campo de exterminio: el ascenso del segundo hombre del Reich
El 23 de mayo de 1945, apenas semanas después del suicidio de Adolf Hitler y de la rendición del Tercer Reich, Heinrich Himmler puso fin a su vida mordiendo una cápsula de cianuro mientras era examinado por un médico británico. El acto final del jerarca nazi fue tan cobarde como revelador: disfrazado, con documentos falsos y un parche en el ojo, intentaba escapar del destino que él mismo había dictado para millones.
Heinrich Luitpold Himmler fue uno de los artífices centrales del Holocausto. Ingeniero agrónomo de formación, ultranacionalista desde joven y de carácter reservado, se unió al Partido Nazi en los años veinte y fue ganando la confianza de Hitler. En 1929 fue nombrado jefe de las SS, una fuerza inicialmente menor pero que bajo su mando se transformó en la columna vertebral del terror nazi.
Arquitecto del horror: las SS y la Solución Final
Himmler convirtió las SS en un aparato de represión y exterminio con decenas de miles de miembros. Su autoridad se extendió a la Gestapo, a los campos de concentración y a la policía del Reich. Fue el encargado de ejecutar con precisión burocrática la política del genocidio, coordinando la deportación y asesinato sistemático de judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, testigos de Jehová, disidentes políticos y otros grupos perseguidos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, su poder se amplió aún más: fue nombrado Comisario del Reich para la Defensa de la Raza Alemana, lo que le permitió liderar la colonización de territorios conquistados y la eliminación física de sus habitantes. Su interés en los aspectos técnicos del exterminio era tan meticuloso como espeluznante. No era un militar, pero su obsesión por el orden, la organización y la burocracia lo volvió un engranaje clave del sistema de exterminio nazi.

El rostro contradictorio del verdugo
Pese a su imagen de burócrata gris, Himmler era un personaje lleno de contradicciones. De aspecto frágil, modales suaves y voz pausada, idolatraba a Hitler hasta el extremo de declarar que mataría a su propia madre si él se lo ordenaba. A la vez, era ambicioso, calculador y afecto a ser retratado en fotografías junto al Führer.
Sus conocidos de infancia lo recordaban como un joven afable y conversador, muy distinto al hombre siniestro en que se transformó. Ya en el poder, desarrolló una profunda fascinación por lo esotérico y lo místico. A través del instituto Ahnenerbe, promovió expediciones arqueológicas en Europa, Asia e incluso América Latina, en busca de vestigios que “confirmaran” la superioridad aria. Se decía convencido de ser la reencarnación de un antiguo noble sajón y consultaba prácticas de medicina alternativa y creencias hindúes, influenciado por su esposa Marga.
La traición al Führer: último intento de supervivencia
A medida que el curso de la guerra se volvió adverso para Alemania, Himmler intentó proteger su posición. Fue nombrado ministro del Interior en 1943 y más tarde, sin preparación militar formal, se le asignó el mando de los ejércitos del Alto Rin y del Vístula. Sus fracasos en el campo de batalla aceleraron la caída en desgracia ante Hitler.
En 1945, y sin conocimiento del Führer, Himmler comenzó contactos con los Aliados a través del conde sueco Folke Bernadotte, intentando negociar una rendición parcial y un frente común contra la Unión Soviética. En su relato, negó los crímenes masivos cometidos por el régimen y atribuyó las muertes en los campos de concentración al tifus. Para Hitler, esta maniobra fue una traición intolerable: lo expulsó del partido y ordenó la ejecución de sus allegados, incluyendo al cuñado de Eva Braun, Hermann Fegelein.
Un final sin redención
Descubierto por el ejército británico en Friedrichskoog, Himmler intentó identificarse como el sargento Heinrich Hitzinger. Fue detenido, interrogado, y al confirmarse su verdadera identidad, se suicidó. Tenía 44 años. Con él se extinguía uno de los ejecutores más eficaces del régimen nazi, símbolo de la banalidad del mal, del crimen convertido en tarea administrativa y de la fidelidad absoluta que muta en traición cuando ya no hay salida.
Su legado no dejó lugar a la ambigüedad: fue el arquitecto del genocidio, un burócrata del horror que combinó misticismo delirante con eficacia asesina. Y aunque intentó reescribir su historia al final, ya era demasiado tarde para el verdugo que buscó escapar del juicio que él mismo negó a millones.

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