Por Raul Woscoff
La guerra en la que se vio envuelta una vez más Israel desde el trágico 7 de octubre, me retrotraen a vivencias de mi adolescencia. De las guerras de Israel fue la de “Los seis días” la que grabó en mi cerebro y corazón, imágenes, angustias, que revivieron después en las siguientes. Tenía por entonces 15 años. Los dos canales de televisión de mi ciudad de Bahía Blanca, transmitían en blanco y negro las noticias. Pero agregaba la información que la radio me permitía captar navegando en el dial. Desplegaba los mapas de la región para entender como se desplazaban las tropas beligerantes.
Al terminar la jornada, y al regreso de mi padre de su trabajo, le rendía un informe de situación, como si fuera la mesa de arena donde se movía la estrategia de Israel. Nadie me lo pidió. Pero era la forma de domesticar el miedo. Y si no ganamos?mejor no pensarlo. A los nombres ya por mi conocidos, Jerusalen, Tel Aviv, etc vaya a saber porque compleja interconexión neuronal mi cerebro fijó otro, hasta entonces desconocido: Kuneitra.!!!
De ahí en más cada vez que se produjo otro conato bélico mi cerebro respondió siempre con Kuneitra. La ciudad hoy casi abandonada en las alturas del Golán. El 10 de junio, antes de finalizar la guerra de los 6 días Israel tomó Kuneitra. En mis desvaríos adolescentes más de una vez me dije: —“tengo que visitar Kuneitra!!!!”. La recapturó Siria en la guerra de Yom Kipur y nuevamente Israel en 1974. Hoy, supuestamente, se encuentra en la zona de la Fuerza de las Naciones Unidas de observación de la separación entre los contendientes. La vivencia se asocia, en esa época, al comentario de un profesor de Instrucción Civica, abogado de dilatada experiencia como penalista y político local. Mas de una vez, en sus clases, sin mirarme, —era el único alumno judío—- abordando cualquier tema, imprevistamente se refería elogiosamente a Moshé Dayan. “los políticos argentinos tienen que aprender de él, siempre muestra un semblante confiado y una sonrisa. ¡¡¡¡Los nuestros no sonríen nunca!!!!”.
Tiempo después en ejercicio de mis responsabilidades comunitarias, presenté a su hija, Yael Dayan, en un teatro Municipal colmado, como en las mejores veladas de la Orquesta Sinfónica de la ciudad. La entonces joven diputada de la Kneset prorrumpió en declaraciones disruptivas que al día siguiente, motivaron que la dirigencia comunitaria me citara a una reunión urgente como si fuera yo el disertante y no la hija del legendario militar israelí. Alli comencé a experimentar y advertir que dentro de nuestra comunidad no somos muy amigos de los disensos. Que se practica, “el seguidismo”, entendido como la acción de dejarse llevar por ideas ajenas, que presumimos oficiales.
En esta guerra, que duplica a la de seis días, fuimos aturdidos hasta el paroxismo por datos de toda índole. Muchos como el suscripto ,sufriendo por parte de nuestra familia nuclear sometidos al inclemente bombardeo o formando parte del ejército de defensa de Israel, vivimos la zozobra al instante. Pero creo, con toda humildad, luego de mi regreso hace pocos días de Israel, que no somos corresponsales de guerra. Y que por lealtad y responsabilidad debemos aportar al debate frente a una realidad política que ha invadido el mundo. Difícilmente las cosas vuelvan para atrás. Y ya no es Kuneitra, ahora son los rehenes, las víctimas, los misiles, los reclamos de una parte de la sociedad israelí, una democracia que, como en todo el mundo occidental, grita que escuchemos a todos, antes de desaparecer en la ciénaga del populismo, que propiciemos los acuerdos y que enfrentemos al antisemitismo de otra forma, aquí, allá y en todos lados.
Ya no es Kuneitra………
