Odessa en guerra: la obra silenciosa de Jabad que sostiene la vida judía bajo las bombas

En la ciudad portuaria de Odessa, al suroeste de Ucrania, la guerra se vive a diario. Sirenas antiaéreas, refugios improvisados, ventanas rotas por las explosiones. Pero en medio del caos, una mujer argentina, shlujá (emisaria del Rebbe) encarna una historia de resiliencia y compromiso: Mushky Wolff, nacida en Buenos Aires y hoy referente comunitaria en uno de los últimos bastiones de vida judía en la región.

“Nosotros llegamos a Odessa justo después del coronavirus, pensando que venía una etapa tranquila. Estuvimos siete meses en calma, y entonces empezó la guerra”, relata Wolff, que junto a su esposo –nativo de Odessa e hijo de los primeros emisarios de Jabad en la ciudad– lideran una red de asistencia judía que abarca desde jardines de infantes hasta una universidad.

Con apenas un año en Ucrania, y sin hablar una palabra de ruso o ucraniano, Mushky asumió el desafío de integrar una comunidad marcada por décadas de cancelación identitaria durante la era soviética. Hoy, la guerra suma otro nivel de dificultad. “No hay un solo día sin alarmas. A veces son una, a veces tres o cuatro. A veces en plena noche”, explica.

Uno de los pilares de su labor es un orfanato judío que alberga a unos cien niños. Muchos son huérfanos; otros, hijos de familias que no pueden brindarles cuidados básicos. El lugar funciona como un pequeño ecosistema educativo y emocional. Allí los niños pueden crecer desde bebés hasta la adultez, cursando jardín, escuela primaria, secundaria, e incluso una universidad judía con más de 60 estudiantes.

Hace pocas semanas, el orfanato fue protagonista involuntario de una tragedia evitada. “Fue un milagro. Escuchamos la sirena, despertamos a los chicos y los bajamos al refugio. Dos minutos después cayó un misil a 100 metros. Se rompieron ventanas. Si no los bajábamos, no quiero pensar lo que hubiera pasado”, cuenta con serenidad, pero sin minimizar el miedo.

Hoy, tres sinagogas siguen activas en Odessa, aunque la comunidad –que supo contar con unos 50.000 judíos– se ha reducido drásticamente. “Estamos acá por decisión, no por comodidad. Si quisiéramos una vida más tranquila, podríamos irnos. Pero mientras haya un judío en Odessa, estamos acá para sostener la vida judía”, afirma con firmeza.

El proyecto también incluye hogares para adultos mayores, servicios religiosos, comidas comunitarias y asistencia social. Muchos de los que permanecen en la ciudad no pueden emigrar por razones económicas, familiares o legales. “Los hombres entre 20 y 60 años deben servir en el ejército, muchas mujeres se fueron con sus hijos mientras otras permanecen aquí. Muchas familias no tienen a dónde ir”, describe Wolff.

Consultada sobre el acompañamiento internacional, reconoce que el interés fue mayor al inicio de la guerra: “Muchas comunidades judías del mundo nos ayudaron muchísimo, sobre todo cuando tuvimos que evacuar. Pero con el tiempo, la atención bajó. Algunos nos preguntan: ‘¿Todavía hay guerra ahí?’ Y sí, todavía la hay”.

Las necesidades concretas hoy se centran en la mejora y expansión de los refugios antiaéreos, que no están pensados para una guerra prolongada. “Queremos que los chicos estén tranquilos. Algunos sótanos están en malas condiciones. Hacer un nuevo refugio, por ejemplo, para el sector de secundaria, tiene un costo muy alto”, señala.

El testimonio de Mushky Wolff no es solo el de una madre o una activista comunitaria. Es el de una mujer que, desde el corazón de Europa del Este, elige todos los días dar sentido, contención y esperanza en medio del estruendo. “Cuando veo a los chicos sonriendo, eso es lo que nos da fuerza para seguir. No es fácil, pero seguimos haciendo, cada día”.

Escuche la entrevista.

Agradecemos a Ruth Adriana de mundo judío Shoá-Ledor Vador por su colaboración.