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La semana pasada empezó con esperanza. Esta semana empieza con desesperación. Las cosas no están bien. No preciso que nadie me lo explique, ni me encandila la aparente normalidad y vitalidad de la sociedad israelí que, apenas se libera de las sirenas, vuelve a su ritmo frenético y pujante. Como simple observador de todo lo que NO sucede, saco mis propias conclusiones.
Ni el triunfalismo del programa ‘Hapatriotim’ del canal 14 de la TV israelí ni el auto-odio de Guideon Levy en Haaretz reflejan la realidad; no son más que discursos retóricos operadores para una causa; merecen una consideración muy acotada. Como judíos pendientes de los acontecimientos alcanza con ver los hechos (lo que sucede y lo que no sucede) para entender su dimensión. A nivel militar, nuestro desempeño no tiene parangón; a nivel moral, estamos muy comprometidos.
Netanyahu fue y vino a los EEUU, cenó con Trump, y no aceptó nada. Es más fuerte su instinto de supervivencia política que su patriotismo. A su regreso, no sólo siguen 50 rehenes en Gaza: siguen muriendo soldados todos los días, sigue la situación humanitaria turbia en Gaza que nos pone a todos (Israel y los judíos del mundo) en el banquillo de los acusados, sigue postergado el tema de la conscripción de los ultra-ortodoxos, sigue avanzando la reforma judicial, y siguen apareciendo encuestas inocuas de cómo sólo el 40% de los israelíes apoyan a Netanyahu.
La crueldad del manejo político de la clase política israelí, en especial la gobernante, quedó clara cuando Netanyahu fue recibido en Nir Oz por Einav Zangauker y Gadi Moses, acicalados y dispuestos, previo a su viaje a Washington donde se esperaban grandes anuncios de cese al fuego y liberación de rehenes. Si Einav recibía así a Bibi era porque esperaba a su hijo Matán. No pasó.
Esta es una guerra metida en otra guerra: la ‘Guerra de los 12 Días’ dentro de la guerra en Gaza. No sólo es interminable, es una guerra profunda, un estado del alma o de situación. Los logros militares y las repetidas negociaciones de un alto el fuego y liberación de rehenes son sólo respiros momentáneos: expectativa y desilusión, respectiva y reiteradamente.
Celebro el éxito tecnológico y militar israelí como cualquier sionista. Todos sabemos que la opción es existencial: ellos o nosotros. Así como lo sabe Netanyahu lo sabe Yair Golan, Yair Lapid, o cualquier Yair ‘de los palotes’ que uno encuentre en la calle israelí. Nadie duda que había que hacer lo que se hizo, y que se hizo muy bien. Tal vez se pudo hacer mejor todavía, pero si algo hemos aprendido en estos dos años es que el enemigo es bastante más formidable de lo que queremos creer.
Por ahora la guerra en Gaza no parece tener fin ni intereses que lo justifiquen u obliguen, y la reforma judicial sigue intacta en la agenda de los parlamentarios del Likud. Todo ello habilitado por las mayorías tan amplias como mezquinas de los ultra-ortodoxos, los mesiánicos, e intereses personales diversos que ponen sus prioridades por delante de los intereses nacionales.
Pelear un ‘guerra justa’ con criterios de justicia es casi impracticable. Sin embargo, y salvando excepciones (de las cuales los medios y las redes sociales se hacen un festín), sabemos que ese es el objetivo. La ‘guerra justa’ contra Irán y sus proxis, sin embargo, obnubila nuestra percepción de la guerra interna que, una vez que baje el polvo de la batalla, dejará ante nuestros ojos un panorama incierto, probablemente desolado y vacío de aquellos valores que muchos de nosotros abrazamos.
Mientras tanto, me gustaría que esta semana Einav Zangauker reciba a su hijo en sus brazos.
