Lo que Kierkegaard llama el sujeto estético, la mayoría del hombre actual podíamos decir, es muy lejano de lo que llamamos libre. Mas bien sería quien rehúye de su libertad. Un ser que vive volcado a la inmediatez de los sentidos.
Llevado por la fibra óptica y los MGB en una búsqueda constante de estímulos, experiencias pasajeras, para mantenerse alejado del vacío. Cuya imagen representativa es un naufrago aterrado y aferrado al madero.
En constante zozobra de placer efímero en las relaciones, las sustancias, el alcohol, las amistades de cartón y los placeres mundanos, todos ellos y más, que desaparecen ni bien se los tiene. A diferencia del sujeto deseante, ahora se viste de compulsión a la repetición en lo mismo hasta el agotamiento de su propia vida. Suma otros placeres mortíferos del ser. Acciones que en muchas ocasiones llevan a la muerte real.
Como si ya no fuera suficiente en la perdida de la capacidad creativa que da el vacío. Este “ser esteta”, en su forma sofisticada de evasión, al defenderse se limita, y de esta manera evita la angustia y así no beber de la copa de la libertad.
Las maratones de series fugaces, las mil y una plataforma, serviles al chupete electrónico, incapaces de la contemplación introspectiva de sí mismos. Hablados por los libretos que otros escriben. Confrontados al punto de desear maximizar al propio placer y demorar el aburrimiento de un mundo interno empobrecido. Del trabajo a la serie, al consumo etc, actores del aturdimiento subjetivo. Todo viene bien si contribuye a aplazar cualquier elección que visibilice el fragmentamiento interior.
En ese camino experimenta una angustia difusa, cree evitar el fastidio de la propia y real angustia existencial.
Su existencia se le escurre como arena entre las manos. Está adormecido. Narcotizado. Incapaz de preguntarse en qué se convirtió, se disfraza de hombre libre. Aplacando la pregunta que llevaría a la liberación del ser.
Vive una vida emparchada que se desangra minuto a minuto.
Una pareja que no lo hace crecer pero que le regala el espejo efímero de la completud.
Un trabajo que le permitirá jubilarse en algunos casos.
Un trabajo que les permitirá “viajar” en otros, todo armado para no llegar a ninguna parte. Viajar se ha convertido en otra de las vertientes del mentís de la muerte. Conoce el mundo pero desconoce el propio. Pensando que recorre el “gran mundo”, no hace otra cosa que desconocer el que porta. Es más escapa de él.
En su afán de novedades, se transforma en un nómade de sí mismo.
En cambio, siguiendo a este mismo autor, decimos con él, que la persona ética, toma una decisión que lo hace trascender de sí mismo, lo impulsa a un estadio mayor integración de sus partes. Decide y al hacerlo renuncia al vacío.
Deja otras posibilidades, y al no ser superficial su decisión asume el compromiso que lo involucra.
Siguiendo la siguiente analogía que dice: si tenemos un huevo cocido en el plato frente a nosotros, y en otro un churrasco de carne. Ambos parecen comida desde cierta óptica pero la diferencia es conceptualmente distinta. En el huevo la gallina participa, en el churrasco la vaca está comprometida. Así mismo sucede en la vida de quien cree que está vivo y solamente está participando, esta siendo espectador a diferencia de quien esta involucrado, quien asume el riesgo, sujeto a error de elegir. Pagar el precio por la libertad, cuyo valor es la renuncia, es el compromiso. Conlleva por ejemplo
dejar un trabajo, separarse de una relación, frenar a un vinculo que lo maltrata, encarar un proyecto. Compromiso.
En ese acto de valor, de salto de fe, de atravesamiento de la angustia que quiebra deja atrás lo absoluto.
“El valiente muere una vez, el cobarde muere mil veces”. El mecanismo neurótico del hombre actual, que asume el ser estético, convive con la desesperación, reverso oscuro de la angustia.
Esa desesperación silenciosa que lo consume en la supuesta y aparente vida ordenada y exitosa.
Cumple con el modelo de familia, cumple con el trabajo que lo alimenta, cumple con estar al día con la novela televisiva que lo habla, cumple con la ceguera de no tomar decisiones vitales. Un zombi. Se percibe vivo, está casi muerto.
Ha pactado con una existencia vacía, sin compromiso, sin jugársela por sí mismo y menos que menos por otro, así perpetua el autoengaño del ciudadano adaptado con disfraz de rebelde. Maquillaje de carnaval.
En esta vida resignada se encuentra el caldo de cultivo de la envidia. En ese estado de desesperación en el que vive, en el que parasita su propio existir, ataca al que ha optado por la libertad verdadera. Ese se le torna amenazante, lo cuestiona y eso no puede permitirlo. Elige podrirse en su chatura. Incapaz de actuar para evitar la angustia existencial que conlleva la libertad de elegir. Elegir pareja, trabajo, amigos, sexualidad, parientes. Huye de todos los condicionamientos. Impedido de resignar algo alimenta el monstruo oscuro en su interior. Ese murmullo lo persigue, lo acorrala y entre otras opciones lo transforma en un dedo acusador del mundo. Su deseo vuelto en lo contrario es “un pasa factura”. Los otros son los equivocados. No hay negociación. Hay imposición.
Todo esto le vende la falsa ilusión de ser uno mismo, al precio de denigrar al otro, al libre. A ese hay que reprocharle, herirlo, callarlo. Desprestigiarlo.
Así encubre su cobardía de falta de elección, de no permitirse ser quien es. Escapa de sí en cuanto distractivo encuentra. Los hijos, los nietos, los quehaceres, lo que está de moda. Lo que el Gran Discurso Social le dicta.
En ese existir falaz de creerse dueño de sí mismo y de su vivir es incapaz del acto de fe. No arriesga. Vegeta.
No asume el riesgo de construirse a sí mismo, y se le va la vida.
Sus opiniones sobre el semejante libre, conlleva violencia. Hace que ignora al otro para no darle la entidad que le muestra su miseria. Muerte ficcionada de la presencia de otros en el mundo.
Hasta que el monto de envidia lo rebalsa. Y muestra su oscuridad de infinitas maneras.
Algunas de ellas con la crítica etc.
Permanece en reposo de una enfermedad mortal. El estancamiento que hace que deje de respirar el deseo de libertad adormecido por el canto de las sirenas. Preso de un cuento de Hadas que él mismo se escribe. Devorado por su propio lobo fagocita su deseo vital.
Al no creer en sí mismo evita perder la razón y de esta manera no gana a D´os.
Dado que vivir va mas allá de la estadística permanece muerto en lo que google le dice de lo que es la vida. El oráculo tecnológico que le evita pensar por sí mismo. Y entonces como todo cobarde, la culpa es de otro.: “lo dice Google”. No asume las consecuencias. No ama. Amar es angustiarse, implica sostener la incertidumbre de
confiar. Empresa peligrosa. Tarea que conduce a uno de los mayores riesgos. Encontrarse a uno mismo.
Dice una de las lectura de la Torah, cuando Abraham debe partir. D´os le dice: “lej lejá”… vete de ti. Verdadero acto de fe. Debe resignar el patriarca, lo que los demás esperan de él para ser quien es verdaderamente.
Para ello es necesario aprender a angustiarnos. No evitar la angustia si no usarla como pilar de lanzamiento a un estado más evolucionado. Mas libre. Esta es una de las verdaderas herramientas del vivir auténtico. “ANGST”, en alemán, sinónimo de dolor, que asusta, da miedo, pero que solo al atravesarla se disipa.
Agazapada para atacar la idea la neurosis ofrece a la prudencia cuya sombra muchas veces implica falta de coraje.
Lic en psicología Rodrigo Reynoso
IG @reynosorodrigo
