Ser judío en todo tiempo fue difícil, históricamente siempre existió ese estigma, ese odio infundado, ese rechazo inentendible, y siempre hubo persecución.
Existen numerosas naciones y países cristianos, musulmanes, hinduistas, budistas y toda denominación religiosa, pero solo existe un pueblo judío y ahora, posterior a su legitimación ante la Asamblea General de la ONU, bajo la resolución 181 de 1947, que dio paso a la independencia de Israel, el 14 de mayo de 1948, este pueblo sigue siendo perseguido, difamado, atacado y criticado por que dejó de ser víctima, aprendió a enfrentar a sus múltiples amenazas, y pasó a ejercer la legítima defensa.
Este pueblo es admirable, porque ha mantenido su lengua, su cultura y tradiciones. Además, transmitió hace miles de años las escrituras de la Torá, que fueron entregadas por Hashem a nuestro profeta y líder Moshé, escrituras que se mantuvieron impolutas en el tiempo y fueron la base para la construcción del derecho internacional, de las leyes, las normas y la ética en el mundo.
Recuerdo haber escuchado desde niña historias muy tristes con respecto al pueblo judío, pero siempre detrás de cada historia difícil había una historia y un espíritu resiliente, que sobrepasó toda adversidad.
Durante mi niñez y adolescencia siempre escuché de parte de mi abuelo “Dios bendiga a Israel” al final de sus oraciones, lo recuerdo perfectamente sentado en su puesto de siempre en la mesa del comedor y mientras decía aquella frase su mente imaginaba esa tierra, pero por alguna razón su mirada enseguida se entristecía.
Tal vez, porque llevaba esa carga en su vida, esa “carga” de no poder demostrar su identidad judía, de no poder hablar su idioma, de no poder celebrar sus fiestas.
Mi abuelo se llamaba Noé (Noaj), nació en Zaruma, ciudad ecuatoriana conocida como la “tierra de judíos”, ya que posee una historia de presencia judía, especialmente de sefardíes, desde la época de la conquista española.
Recuerdo a mi abuelo como un alma noble; él llamaba la atención por donde quiera que iba, era muy guapo y tenía un cabello suave que parecía algodón, sus ojos eran azules como el cielo y su semblante siempre fue de amabilidad, cuando viajaba a España usaba su kipá y lucía trajes negros y elegantes para ir a la sinagoga en la villa de Gauna, en Álava, País Vasco en España, por varias “razones” no la utilizaba en Ecuador.

A mi abuelo lo recuerdo muy cariñoso y generoso. Gracias a él escuché por primera vez palabras hebreas, símbolos hebreos y escuché acerca de un país nuevo que se llamaba Israel.
Quién diría que después de décadas la vida me trajo a ese lugar que siempre escuché desde pequeña, que desconocía por completo y que ahora elegí para que forme parte de mi vida, un país que acoge a propios y a extraños, a musulmanes y cristianos y a los que elegimos formar parte del pueblo judío, por herencia, por convicción, por amor y por identidad y por decisión propia.
Decidir formar parte del pueblo judío en una época de tanto odio y deshumanización, en una época de antisemitismo ascendente y sin justificación ni escrúpulos, y esto me lleva a pensar que amo los desafíos, que soy valiente y cumplo mis anhelos y objetivos, a pesar de las adversidades; y sobre todo amo el judaísmo, que lo considero perfecto y sin mácula, que dirige mi vida; y eso me basta para enfrentarme al mundo, como siempre lo he hecho, por defender mi criterio y pensamiento.
Es un honor y un privilegio formar parte del pueblo judío siendo ecuatoriana, orgullosa de mi historia y mis raíces autóctonas, amo a mi país de nacimiento con toda su hermosura y problemáticas también, al mismo tiempo amo a Israel, que no es perfecto, pero también es mi hogar y empatizo con él, ya que fui testigo de la brutal masacre del 7 de octubre que cambió el panorama de este país y la vida de todos los que habitamos Israel, que fue víctima de una brutal injusticia y en la cual los odiadores posteriormente deshumanizaron este doloroso hecho y ubicaron a Israel como victimario, por el hecho de defenderse.
Por muchas razones lógicas, concretas y objetivas amo a Israel y también por otras razones inexplicables y subjetivas que se relacionan con el alma y solo me competen a mí. Es un honor ser parte de este pueblo, es un honor honrar la memoria de mi abuelo y elijo con valentía y resiliencia llevar la “carga” de ser judía por siempre.
Karma Gaona
Periodista ecuatoriana en Israel
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