Al Jolson, la voz del Jazz y el eco de la diáspora judía

Nacido como Asa Yoelson en 1886 en Srednik, pequeña localidad del entonces Imperio ruso, hoy Lituania, es recordado como una de las figuras más influyentes del entretenimiento estadounidense del siglo XX. Fue cantante, actor, showman y bailarín, considerado como el más grande de todos los intérpretes populares. Sin embargo, su historia no puede entenderse sin el trasfondo judío que marcó su vida y su arte.

Hijo de un cantor judío (jazan), Asa cambió su nombre por el de Al Jolson, creciendo en un hogar donde la música litúrgica era parte de la vida cotidiana. Su padre había emigrado a EE. UU. buscando un futuro mejor, estableciéndose en Washington D.C., donde trabajó en la sinagoga local. Fue en ese lugar donde el pequeño Asa absorbió los cánticos hebreos y la cadencia espiritual que luego trasladaría de manera inconsciente a sus interpretaciones.

La voz desgarrada, sentimental y emotiva que lo caracterizó tuvo raíces claras en la tradición judía del canto litúrgico. Quienes lo escucharon en sus inicios notaban esa mezcla de súplica y pasión que venía directamente de los rezos del shtetl y de las plegarias de Yom Kipur.

Al Jolson alcanzó la fama en Broadway y luego en Hollywood gracias a su energía arrolladora y a su estilo expresivo. Fue protagonista de The Jazz Singer en 1927, la primera película sonora de la historia del cine, donde interpretó a Jakie Rabinowitz, hijo de un cantor judío que abandona la tradición familiar para triunfar en la música popular. Esa historia, que reflejaba el choque entre la tradición judía y la modernidad americana, era en buena medida un reflejo de su propia vida.

Con su interpretación de canciones como Swanee y My Mammy se convirtió en un símbolo del espectáculo estadounidense. Su figura, a menudo rodeada de controversia por el uso del blackface (pintaba su cara de negro), abrió caminos al difundir el jazz y el blues en los grandes escenarios.

Si bien buscó integrarse en la sociedad estadounidense y encarnar el sueño del inmigrante, nunca se desligó del todo de sus raíces. En varias ocasiones apoyó causas judías, defendiendo a artistas perseguidos por el antisemitismo. Durante la Segunda Guerra Mundial, se presentó en espectáculos para las tropas estadounidenses, incluyendo unidades compuestas en gran parte por judíos emigrados de Europa.

En The Jazz Singer, al cantar de rodillas frente a su madre judía en la ficción, Jolson transmitió al mundo entero un mensaje de amor filial y de dilema identitario: la tensión entre mantener la herencia judía y abrazar el nuevo mundo americano.

Este artista conquistó el corazón del público con su intensidad interpretativa. Su legado es complejo: fue pionero del cine sonoro y de la música popular, pero también encaró los dilemas de millones de inmigrantes judíos que debieron negociar entre tradición y modernidad. Hoy, al recordarlo, no solo se celebra a la estrella del espectáculo, sino también al hijo del jazan lituano que llevó en cada nota el eco de las plegarias judías al escenario global.

No solo fue cantante y actor: también se destacó como bailarín y showman integral. Su estilo no se limitaba a la voz; sus presentaciones eran conocidas por la energía física: saltaba, corría por el escenario, caía de rodillas, abría los brazos y bailaba mientras cantaba. Usaba mucho el step dancing (mezcla de zapateo rítmico y movimiento corporal), lo que le daba un aire moderno y eléctrico. Esa manera de moverse lo convirtió en pionero. Fue de los primeros artistas en fusionar canto, baile y actuación en un mismo número, anticipando lo que después harían figuras como Elvis Presley o Michael Jackson. Se señala que la creación de Jolson no solo estaba en su voz —con clara influencia del canto litúrgico judío—, sino también en cómo su cuerpo entero le “rezaba” al público: sus brazos extendidos como en una plegaria y esos pasos de baile que acompañaban la música, formando un estilo teatral que convertía cada canción en un espectáculo completo.

Al Jolson murió el 23 de octubre de 1950 en San Francisco, California. Tenía 64 años cuando un infarto agudo terminó con su vida, después de haber regresado de una gira en apoyo a las tropas estadounidenses durante la Guerra de Corea.

Lo significativo es que falleció “en servicio”: había estado cantando, bailando y entreteniendo a los soldados en Asia, igual que lo había hecho en la Segunda Guerra Mundial.

Fue enterrado en Los Ángeles, en un cementerio judío donde descansan varias personalidades de la comunidad. Su tumba está coronada por una estatua de sí mismo arrodillado en la típica pose con la que cantaba: brazos extendidos como si ofreciera una plegaria en cada nota.

Hasta hoy es recordado como una estrella absoluta por su voz, coreografías y pasos de baile, marcando un antes y un después en la cultura popular más allá del cine. Al Jolson lograba convertir cada número artístico en un espectáculo completo e inolvidable.

 

Investigación y redacción para Radio Jai, Marta Arinoviche

Al Jolson – Swanee [HD]