Nueva York, bajo la estrella de David

Arte, fe y memoria en el Museo Judío

Por Ricardo Sánchez Serra *

Desde la década de 1980, he profundizado en la historia, cultura y espiritualidad del pueblo judío. Como periodista, he defendido con convicción la existencia de Israel frente a sus enemigos, y como ser humano, he buscado comprender su alma.

Coronas ceremoniales: esplendor, fe y nobleza en la tradición judía.

En marzo de 1982, viajé a Tierra Santa: Tel Aviv, Jerusalén, Cesárea, El Carmen, Metulla, Cafarnaum, Tiberíades, Eilat, Sharm el Sheik -entonces bajo administración israelí- y Los Altos del Golán, la triple frontera entre Israel, Siria y Jordania. En el río Jordán, me rebauticé simbólicamente como católico.

En el Santo Sepulcro, quedé sobrecogido. Y en el Museo Yad Vashem, viví uno de los momentos más dolorosos de mi vida: al ingresar, un árbol majestuoso parecía dar la bienvenida, pero al acercarme, ví que era una forma compuesta por cuerpos humanos entrelazados, evocando los cadáveres apilados en los campos de exterminio nazis. Me dolió el alma. Luego vi correas hechas con piel humana. El horror fue insoportable y rompí en llanto.

Décadas después, ingreso por primera vez al Museo Judío de Nueva York. No es solo una visita: es una travesía espiritual. Años atrás, el Museo del Holocausto en Lima me dejó en silencio, conmovido por el dolor indecible. Hoy, en la Quinta Avenida, el Museo Judío me recibe con coronas, lienzos, menorás, retratos y escudos que no lloran: cantan. Cantan la historia, la fe, la resistencia, la belleza.

A la izq. Tas ceremonial de plata: escudo de la Torá con leones, columnas y medallones como emblema de realeza espiritual. A la der. Hanukkiot en diálogo: luz, arte y diversidad en la celebración de Janucá.

El edificio mismo es un canto de piedra. Su arquitectura neogótica, con arcos y crestas, parece abrazar al visitante con solemnidad. Al cruzar el umbral, uno se encuentra con vitrinas que no exhiben objetos: revelan constelaciones. Las coronas ceremoniales, sobre un fondo fucsia vibrante, brillan como emblemas de dignidad espiritual. A pocos pasos, las hanukiot -lámparas de Janucá- dialogan entre sí: unas talladas en Marruecos, otras en Viena, otras en Jerusalén. Cada una con su estilo, su historia, su luz.

El escudo de la Torá, o Tas, con leones, columnas y gemas, parece una joya de realeza sagrada. Más adelante, el arca tallada por Abraham Shulkin en Iowa en 1899, mezcla arte popular de Europa del Este con símbolos patrióticos de Estados Unidos. Es un testimonio de migración, fe y pertenencia.

A la izq. Fachada del Museo Judío de Nueva York: piedra, arte y memoria en el corazón de Manhattan. A la der. “Le Père” (1911), Marc Chagall: retrato del padre como testimonio de exilio, +memoria y redención

En otra sala, los retratos contemporáneos desafían el canon. Uno de ellos, enmarcado por dragones dorados y leones mitológicos, muestra a un hombre de pie, con mirada elevada, como si portara en su cuerpo la herencia de siglos. Otro, más gráfico, presenta dos figuras enfrentadas en un fondo negro, con palabras grabadas como “LOOK”, “FORGIVE”, “REMEMBER”. Es un diálogo visual sobre reconciliación y memoria.

El cartel curatorial titulado Constellations resume el espíritu del museo: “Cuando obras variadas se presentan juntas, emergen múltiples significados y conversaciones. Algunas giran en torno a cómo las tradiciones se mantienen, se transforman, se reinterpretan o se trascienden. Otras exploran la naturaleza cambiante de la identidad y la búsqueda de espiritualidad.”

Y en ese espíritu, aparecen obras como la de Deborah Kass, quien pinta una estrella de David dorada con la palabra “Jew” en su centro, interrogando la representación y la memoria del Holocausto. O la de Trenton Doyle Hancock, que imagina un encuentro entre su avatar Torpedo Boy y el Klansman caricaturizado por Philip Guston, en una escena que confronta el racismo estructural y la fragmentación identitaria.

Cada sala es una revelación. Una pintura muestra obreros construyendo con burros en primer plano: trabajo, comunidad, dignidad. Otra, una ceremonia blanca con figuras en trance ante una escultura: rito, liderazgo, misterio. Y otra más, Adán y Eva en el Edén, justo antes de la caída: deseo, serpiente, conciencia.

El recorrido no es lineal. Es emocional. Es espiritual. Es histórico. Y al final, uno comprende que este museo no solo conserva: transforma. Como escribió Hannah Arendt, cuya imagen también aparece en una de las obras: “La promesa es la única forma de libertad que puede sobrevivir al tiempo.”

Este artículo, como mi visita, es también una promesa: la de seguir narrando, honrando y compartiendo. Porque el arte judío no solo recuerda: redime.

*Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”

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