por Dr. Israel Jamitovsky
En estos días se cumplieron noventa años del fallecimiento del rabino Abraham Itzjak Hacohen Kuk. Maestro, ideólogo, místico, escritor, poeta, configura uno de los líderes espirituales más trascendentes de la época moderna.
Nació en Grevia, Letonia, en 1865 y estudió en la famosa yeshivá (academia de estudios religiosos) de Volozhin. Se desempeñó como rabino en distintas localidades de Lituania y en 1904 ascendió a Israel. En 1914 se desempeñó como Gran Rabino de Yafo y en 1919 fue designado Primer Gran Rabino Askenazí hasta su fallecimiento en 1935.
Dejó su impronta en figuras de la talla de Martín Buber, Jaim Najman Bialik, Guershon Sholem, Shmuel Yosef Agnón y Samuel Hugo Bergman. Dejó tras de sí miles de discípulos y admiradores, suscitando igualmente interés en espacios no ortodoxos.
Acusó fundamentalmente la influencia de descollantes pensadores de la Edad Media, a saber: los rabinos Saadia Gaón, Bahya Ibn Paquda e Yehuda Halevi; Maimónides; el Zohar; la Cábala y, en este último espacio, la del rabino Itzjak Luria (Ari el Santo).
Según estudiosos de su cosmovisión, el rabino Kuk sostuvo una postura monista absoluta. Parte de la premisa de que toda la realidad es divina, cuya intensidad desciende hasta la rústica realidad terrenal. Desde una aproximación divina, el todo es una simple unidad y la cultura humana es también parte inseparable de esta realidad. Toda cultura abarca lo que está debajo de ella y a la vez se incorpora al espacio que está por encima de su área y despliegue. De tal suerte que todo ideal superior limita y transforma los que están ubicados en un plano inferior a él, abarcándolo en un espacio más alto.
Su premisa fundamental se podría formular de la siguiente manera: toda creación humana, toda idea es positiva porque refleja cierta realidad y, a su vez, esta coyuntura está inspirada en el espíritu divino. De ahí que no hay corriente política, social, filosófica o artística que no conlleve su cuota de verdad y justicia en el contexto de su ubicación y rango. Estas tendencias en sus lineamientos fundamentales no son contradictorias.
El conflicto entre grupos étnicos y naciones aflora precisamente porque hay núcleos que sostienen que detentan la verdad absoluta cuando en realidad ostentan apenas una verdad parcial, en tanto que solo el infinito es genuinamente supremo y absoluto.
El monismo absoluto y el despliegue que apunte a una armonía que abarque el conjunto de las manifestaciones espirituales y humanas no configuran en sí una innovación del rabino Kuk. Esta aproximación la recogió de la Cábala, pero su enorme mérito fue que la aplicó e instrumentó a la realidad judía de su tiempo y de las nuevas generaciones.
Referente valioso de unidad judía
Por lo pronto, compartió lineamientos básicos del sionismo, sin perjuicio del rol central que desempeña la Tierra de Israel en la tradición religiosa: la anomalía diaspórica, el anhelo del pueblo judío de ser un sujeto y no un objeto de la historia, dueños de su destino. Apuntó hacia una economía sana y de ahí los elogios que vertió hacia el despliegue de los pioneros de la Segunda y Tercera Aliá (migración), que colonizaban la Tierra de Israel, aunque parte de ellos fueran laicos a ultranza. En esta etapa, el pueblo judío debe apuntar a la normalidad en todos los espacios y retornar a ser como todos los demás pueblos del orbe.
Su disidencia afloraría en lo que rotularía la segunda etapa de este proceso, habida cuenta de que toda esa nueva y sana infraestructura con la que concuerda con el sionismo laico deberá conformar solo una etapa, únicamente la base e infraestructura para alcanzar una nueva, renovada y auténtica vida religiosa en la Tierra de Israel.
Si se quiere, la doctrina del rabino Kuk conforma un audaz intento para la elaboración de la unidad judía en nuestros días, tan necesaria en la sociedad israelí de nuestros tiempos, configurando uno de los puntales de la solidaridad judía. No en vano, en su momento, vertió esta memorable reflexión:
“Los hombres justos no se quejan de la inequidad, sino que incrementan la justicia. No protestan ante la herejía, sino que incrementan la fe. No se lamentan ante la ignorancia, sino que aumentan la sabiduría”.
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