Sánchez abusa de una carrera ciclista para su política hacia Israel

Que el jefe de gobierno español elogiara a los alborotadores de la Vuelta debilita la democracia y forma parte de su cálculo para aislar a Israel en el mundo.

La Vuelta a España debería haber sido una fiesta del deporte. En cambio, la tercera carrera por etapas más importante del mundo terminó el pasado domingo en el caos: bloqueada por radicales manifestantes pro-palestinos, interrumpida antes de tiempo y con la seguridad de deportistas, espectadores y colaboradores puesta irresponsablemente en riesgo. 1500 agentes de policía intentaron contener en la meta de Madrid a los 100.000 manifestantes y fueron desbordados. Hubo heridos, detenciones y escenas desagradables.

Desde la semana inaugural de la Vuelta, activistas protestaron contra la participación de “Israel-Premier Tech”, un equipo registrado en Israel pero sin vínculos oficiales con el Estado, mientras continuaba la guerra en Gaza. Sánchez había calificado previamente la actuación de Israel en Gaza de genocidio.
Que una carrera ciclista se detenga porque manifestantes bloquean el recorrido ya constituye una grave intromisión. Lo que representa el verdadero escándalo es que justamente el primer ministro español, Pedro Sánchez, elogiara a los alborotadores y los presentara como modelo moral.

Instrumentalización deliberada de un evento deportivo

El derecho a la protesta es un pilar fundamental de toda democracia. Pero cuando las manifestaciones ponen en peligro la seguridad de deportistas y espectadores y paralizan un evento internacional, se cruza una línea roja. En Madrid ya no se trataba de una expresión pacífica de opinión, sino de la instrumentalización consciente de una competición deportiva.

La distancia de España hacia Israel es el resultado de una línea histórica, ideológica y geopolítica.
El papel del primer ministro es decisivo: el jefe de gobierno, conocido por su postura crítica hacia Israel, legitima métodos inaceptables en democracia y no solo se opone a la idea básica del deporte —neutralidad, equidad, protección de la competencia—, sino que además avala la vulneración de la ley, el ataque al orden público y la intimidación de atletas.

Un relato con efectos de largo alcance

Pero aquí está en juego mucho más que el oportunismo político y la lucha por quién grita más fuerte. La distancia de España hacia Israel no es casual ni un reflejo pasajero. Es el resultado de una línea histórica, ideológica y geopolítica, y bajo Pedro Sánchez se está volviendo peligrosamente unilateral.
A finales de la Edad Media, los inquisidores españoles obligaron a los judíos a convertirse o los asesinaron. Bajo la dictadura fascista de Franco, se buscó atraer la atención árabe. Recién en 1986, de manera relativamente tardía, Madrid estableció relaciones diplomáticas con Israel. Hasta entonces, España había tendido sus puentes exteriores sobre todo hacia el mundo árabe, en gran parte por la dependencia de las importaciones de petróleo.

Todo ello fue decisivo para crear una herencia de política exterior con efectos duraderos. La izquierda interpretó pronto a Israel como una potencia colonial, y a Palestina como símbolo de liberación antiimperialista. Este relato echó raíces profundas en España: ONG, sindicatos, universidades y amplios sectores de la sociedad muestran simpatía abierta por la causa palestina.

Sánchez como conciencia moral de la UE

Bajo Sánchez, esta postura alcanzó una nueva dimensión. El reconocimiento de Palestina en 2024 fue una afrenta calculada contra Israel y, hasta ese momento, una ruptura con la línea de la UE. Aún más claro quedó esta semana, cuando España canceló el lunes el multimillonario contrato de armamento con Elbit Systems —oficialmente por motivos de derechos humanos— aunque hasta entonces había sido uno de los mayores clientes europeos de la empresa israelí.
Con ello, el jefe de gobierno español —quien aparentemente “lamenta” no tener “bombas atómicas” para detener la guerra de Israel contra Hamás en Gaza— envía una señal política inequívoca: por un lado, el aislamiento total de Israel; por el otro, presentarse a sí mismo como la punta de lanza moral para ganar protagonismo dentro de la UE.

España pone en riesgo su papel de socio fiable en Europa, sin un interés real en la mediación, y arriesga que eventos deportivos internacionales como la Vuelta se degraden a escenario de mensajes partidistas. Incluso la Unión Ciclista Internacional (UCI) cuestionó las protestas en la Vuelta y el apoyo del primer ministro español, así como “la capacidad de España para organizar grandes eventos deportivos internacionales”.

 

Por Nicole Dreyfus

Fuente: Jüdische Allgemeine