Por el Dr. Irwin J. Mansdorf
Dado que derrotar a Israel militarmente no es actualmente posible, el enfoque se centra en debilitarlo psicológicamente.
Los últimos dos años de guerra han sido una lección sobre la asimetría psicológica: el fenómeno por el cual una fuerza militar poderosa “pierde” la batalla psicológica ante una fuerza más débil. Ahora es más evidente que nunca que la estrategia del movimiento palestino de obtener beneficios aparentes a través de la derrota ha dado resultados tangibles. A pesar, o quizás debido a una derrota aplastante, el mundo occidental ha caído víctima de la manipulación psicológica de un pueblo que ha estado utilizado la imagen de víctima [o victimización] como arma psicológica y el terrorismo como arma militar.
La victimización es el equivalente psicológico de una arma nuclear. Cambia radicalmente la percepción y sus efectos se extienden mucho más allá del conflicto en sí. Elimina cualquier debilidad o culpa asociada con comportamientos que de otro modo se considerarían horribles. La victimización permite al agresor eludir cualquier acusación sobre su responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Es la herramienta definitiva para quienes solo se preocupan por la supervivencia de una ideología, y no por el pueblo que dicen representar.
La victimización sirve de pretexto para quienes en Occidente tienen una agenda contra Israel basada en otros factores. Ya sea por una animosidad hacia el nacionalismo judío o por intereses políticos, afirmar actuar en nombre de la justicia permite ocultar el apoyo efectivo a los objetivos de un grupo terrorista.
Si bien la victimización puede debilitar psicológicamente la posición de Israel en Occidente, su efecto en Oriente Medio es completamente opuesto. Aquí, como dicta la sabiduría tradicional, la fuerza es poder y el poder, no la victimización, es respetado. La ideología y el idealismo occidentales pueden condenar a los fuertes, pero en una región donde las tradiciones tribales determinan la percepción, Israel es visto como una potencia a tener en cuenta. Las claras victorias en Líbano e Irán han generado un respeto forzado, basado en el miedo, en toda la región. En un área donde Israel puede atacar a miles de kilómetros de distancia, nadie desea ser la próxima víctima.
Dado que derrotar a Israel militarmente no es posible actualmente, el enfoque se centra en debilitarlo psicológicamente. Aquí entran en juego dos factores. Primero, atacar a Israel externamente. Las protestas en las calles, en las universidades, en las redes sociales y los medios de comunicación, así como el apoyo a los boicots contra Israel, impulsan la crítica política y el apoyo a un Estado palestino. En segundo lugar, debilitar a Israel internamente. Esto se logra mediante la explotación de los rehenes que quedan, fomentando la disidencia y creando un clima de presión contra el Gobierno para que abandone su objetivo de acabar con el gobierno de Hamás.
Este enfoque, tomado de la estrategia contra el apartheid en Sudáfrica, es imitado por el movimiento palestino. Por ejemplo, una explicación de IA [Inteligencia Artificial] sobre la lucha contra el apartheid en Sudáfrica dice: «La oposición al apartheid sudafricano tomó la forma de resistencia interna, incluyendo protestas, boicots y huelgas, y la condena internacional mediante boicots, sanciones económicas y de armas, y presión diplomática de organizaciones como la ONU y diversos movimientos internacionales».
Todo lo anterior se aplica a la guerra psicológica contra Israel, una guerra cuyo objetivo a corto plazo es cambiar la opinión pública sobre el Estado judío y, a largo plazo, suprimir su existencia. Es una visión absurda donde la mayoría del mundo representado por la ONU, vota a favor de un Estado palestino y condena a Israel por genocidio, usando el mismo lenguaje que describe casi exactamente lo que los palestinos intentaron el 7 de octubre de 2023.
Los israelíes, cuyos hijos, hermanos, padres y madres han luchado contra los combatientes palestinos en Gaza, saben que sus soldados no intentan matar bebés ni atacar deliberadamente a civiles. Las familias palestinas con miembros de Hamás o la Yihad Islámica no pueden afirmar lo mismo con sinceridad. Cuanto más se manipule la narrativa de la victimización, más políticos, actores, artistas y personas comunes aceptarán la idea de que ser víctima equivale a ser inocente, y más sufrirá Israel por esta falsa culpabilidad.
Afortunadamente, el actor más importante en este juego, la Administración de Estados Unidos, no se ha unido a la campaña contra Israel. Pero cuanto más se repita este discurso y más personas decentes se expongan a la falsa narrativa de la inocencia palestina, más probable será que un futuro gobierno de EE. UU. trate a Israel como lo hizo con Sudáfrica a finales del siglo pasado.
Combatir a un enemigo con potencial nuclear requiere destruir su arsenal. Pero a diferencia de bombardear un sitio como Fordo, el mito de la victima palestina inocente está arraigado en la mentalidad de quienes tienen ideas preconcebidas y posturas inflexibles.
No será una batalla fácil.
Fuente: The Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs
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