Por Alkasbe
El 7 de octubre de 2023 quedó grabado como uno de los días más oscuros de la historia reciente de Medio Oriente. Ese día, el grupo terrorista Hamás ejecutó una masacre contra civiles israelíes: niños quemados vivos, mujeres violadas en masa, ancianos ejecutados en sus hogares, familias enteras arrasadas en kibutz que solo aspiraban a vivir en paz. Fue un día que evocó las peores escenas del Holocausto, con la diferencia de que ahora las cámaras y redes sociales transmitieron en tiempo real la brutalidad.
Ante esa barbarie, el mundo civilizado debía responder con una sola voz: condenar, aislar y erradicar el terrorismo. Sin embargo, la reacción de muchos gobiernos ha sido tan desconcertante como peligrosa: en lugar de fortalecer la defensa de la vida y la justicia, algunos optaron por reconocer un “Estado palestino”, como si fuera un acto de solidaridad con las víctimas de Gaza. Lo que en apariencia se presenta como un gesto humanitario, en realidad se convierte en un premio inmerecido a los verdugos de Israel y un peligroso precedente en el derecho internacional.
El error teológico y moral de legitimar la violencia
Desde la perspectiva bíblica, Israel no es un accidente de la historia moderna. Es la nación donde Dios hizo un pacto eterno con Abraham, Isaac y Jacob, el pueblo escogido del cual surgieron las Escrituras, los profetas y el mismo Mesías. Los cristianos reconocemos que nuestra fe está indisolublemente ligada al pueblo judío, y que la restauración de Israel en 1948 no fue un capricho político, sino el cumplimiento de una promesa ancestral.
Respaldar a Hamás, directa o indirectamente, a través del reconocimiento de un Estado palestino gobernado por facciones terroristas, es colocarse del lado de quienes abiertamente niegan el derecho de Israel a existir. Y no olvidemos: la negación de Israel es también una negación del Dios de Israel. La teología cristiana no puede ser neutral ante la masacre de inocentes ni ante el antisemitismo disfrazado de diplomacia.
La miopía histórica de la comunidad internacional
Quienes hoy promueven el reconocimiento inmediato de Palestina parecen olvidar algunos hechos elementales de la historia reciente:
Israel aceptó en 1947 el plan de partición de la ONU; los países árabes lo rechazaron e invadieron al día siguiente.
Desde 1967, Israel ha devuelto territorios en busca de paz. La península del Sinaí, más grande que todo Israel, fue entregada a Egipto a cambio de un tratado.
La Autoridad Palestina y Hamás han rechazado repetidamente acuerdos de paz, pues su objetivo no es coexistir, sino borrar del mapa a Israel.
El propio término “palestino” fue manipulado políticamente en el siglo XX: antes de 1948, los árabes de la región eran identificados como parte de Siria, Transjordania o el Mandato Británico.
Reconocer un “Estado palestino” sin condiciones claras no es un acto de justicia histórica, sino un acto de amnesia colectiva que legitima la violencia como vía de negociación.
La incoherencia del derecho penal internacional
El Estatuto de Roma, que da origen a la Corte Penal Internacional, reconoce como crímenes de lesa humanidad los asesinatos sistemáticos, la violencia sexual y el secuestro de civiles. Todo esto fue perpetrado por Hamás el 7 de octubre. Sin embargo, en lugar de fortalecer los mecanismos para juzgar a sus líderes en La Haya, algunos Estados prefieren otorgarles un reconocimiento político.
La comunidad internacional está cayendo en una contradicción grotesca: condenar el terrorismo en conferencias, pero recompensarlo en los parlamentos. ¿Qué mensaje se envía al mundo? Que masacrar a inocentes puede ser una estrategia eficaz para alcanzar la legitimidad diplomática. Esa es la antítesis del derecho y de la justicia.
Israel: un faro de vida y progreso en un mar de oscuridad
Frente a la narrativa distorsionada que acusa a Israel de genocidio, es necesario recordar la otra cara de la moneda:
Israel ha hecho del desierto un vergel, exportando tecnología agrícola que hoy alimenta a millones en África y América Latina.
Es líder mundial en innovación médica: desde la cápsula endoscópica hasta tratamientos revolucionarios contra el cáncer y el Parkinson.
Su sistema democrático, único en la región, garantiza libertad religiosa a cristianos, musulmanes y judíos. Jerusalén es hoy la única ciudad de Medio Oriente donde todas las confesiones pueden orar sin persecución.
Ha recibido a sobrevivientes del Holocausto, refugiados etíopes, inmigrantes rusos y comunidades perseguidas, demostrando que la diversidad no es amenaza, sino riqueza.
Reconocer un Estado palestino en este momento no es promover la paz, sino clavar una puñalada en el corazón del único Estado que ha demostrado con hechos su compromiso con la vida, la ciencia, la democracia y la libertad.
Una advertencia final
El mundo no debe repetir el error de los años 30, cuando la ceguera ante el antisemitismo abrió paso al Holocausto. La historia nos juzgará no por lo que dijimos en discursos, sino por las decisiones que tomamos cuando el mal se presentó con rostro concreto.
Reconocer un Estado palestino hoy equivale a legitimar la masacre del 7 de octubre y alentar a futuros verdugos a usar el terror como moneda de negociación. Por el bien de la justicia, de la paz verdadera y de la memoria de las víctimas, la comunidad internacional debe recordar que la única democracia de Medio Oriente, Israel, no necesita ser aislada, sino defendida.
Porque defender a Israel es defender la vida, la libertad y la dignidad humana en su expresión más profunda.
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