Después de Amalec

Antes de cualquier otra consideración, y una vez instalado el alto el fuego y devuelto los rehenes (vivos), una idea debe quedar clara: como Amalec, la memoria de Hamás debe ser borrada de debajo del cielo (Éxodo 17:14). Como tantas afirmaciones bíblicas sabemos también que son más una aspiración que una realidad posible. Sin embargo, debe estar claro, como judíos, que Hamás es Amalec: el paradigma del enemigo.

Una vez asumido esto, y en un tono más pragmático, veamos algunos puntos en relación al memorable día lunes de esta semana, 13 de octubre de 2025, cuando veinte rehenes volvieron con vida a sus fronteras, en forma simultánea y sin contratiempos. El hecho esperado y contundente es ese; todo el resto es especulación e incertidumbre. Por primera vez en dos años podemos dejar de lado ese estado fatal del alma y aferrarnos a las certezas posibles. Ellos, los vivos, están en casa.

Me ha sorprendido el escepticismo que me encuentro tanto en los medios como en redes sociales. No me sorprende que corresponsales de la BBC duden de la calidad del alto el fuego o sigan buscando regodearse en la miseria y la tragedia que los gazatíes trajeron sobre sí mismos a manos de Hamás aquel Oct7 de 2023. Entiendo que los antisemitas, que encontraron en la guerra en Gaza y sus consecuencias humanitarias un megáfono para su desenfrenado y global odio atávico, de pronto se quedaran sin voz.

Lo que no puedo entender es cómo ni por 24hs muchos de nosotros no hayamos resistido la tentación de volver a caer en la auto-victimización y en la demonización del enemigo. No es tiempo de probar al mundo nuestra verdad; es tiempo de celebrar el regreso de nuestros hijos a casa. Si Hamás está matando a sus detractores gazatíes, si no pueden cumplir con su parte del acuerdo respecto a los rehenes muertos, si su versión de ‘desarmarse’ difiere de la de Israel, no son meros detalles; pero son parte del libreto. Nadie puede ser tan ingenuo como para no imaginarlo. Después de todo, son el espíritu de Amalec.

Tal vez el mandato halájico de ‘te alegrarás en tu celebración’ que se asocia a Sucot, que terminó precisamente el día del regreso de los rehenes, no sea tan ‘obvio’ como a veces parece. Si hubo un día de Sucot para regocijarse, ese día fue el lunes 13 de octubre. Esperamos dos años. Sucedió; parece muy ingrato elucubrar sobre todo lo que puede salir mal. Que por cierto, es mucho. ¿Pedimos por esta liberación durante dos años para empalidecerla con duda y escepticismo acerca del futuro?

Por eso siempre insisto en que el antisemitismo no es una buena fuente para generar identidad y relevancia judías. No existimos para ser odiados, aunque muchos sostengan que ese odio ha sido fundamental para nuestra supervivencia. Si así fuera, jugamos con fuego. Creemos ser Dios. Ponernos a prueba como colectivo mediante una Shoá o un Oct7 puede ser fatal. No en vano ambos episodios, y otros tantos a lo largo de la historia, han sido tan traumáticos.

El judaísmo rabínico sentó las bases de una existencia basada en la hermandad y el pacto. Tras la catástrofe del siglo I EC la respuesta fue siempre eludir la confrontación y elegir la vida a través de ritos y valores. Cuando llegó la coyuntura histórica veinte siglos más tarde, supimos rescatar el heroísmo y la capacidad de lucha, pero basados en una ética milenaria. Cuando se acalla el fragor de la batalla, cuando los rehenes han vuelto, cuando la cuenta de 914 caídos no seguirá subiendo (ojalá que por mucho tiempo), no es momento de dudar o temer. De eso hemos tenido bastante estos dos años.

Si nosotros no tenemos la certeza acerca de nuestro destino, mal podemos ponerlo en manos de otros. O como dice en algún lado… ¿Si no soy yo, quién? ¿Y si no es ahora, cuándo? Desde ayer, y mientras sea posible (que no seamos nosotros quienes lo impidamos), las cosas han vuelto a parecerse a nuestros sueños. Después de semejante pesadilla, déjenme soñar despierto.