Doctrina Sharm el Sheikh de Trump: Contención por encima del colapso en la nueva ecuación iraní

Por Mehrdad Marty Youssefiani

Por qué Washington y Jerusalén están intercambiando fantasías de cambio de régimen por paciencia estratégica, y qué significa eso para el futuro de Irán.

Para evaluar si el acuerdo de paz de Sharm el Sheikh del presidente estadounidense Donald Trump —destinado a reducir las tensiones en Oriente Medio, frenar las ambiciones nucleares de Irán y estabilizar las alianzas regionales— ampliará o limitará las opciones estadounidenses-israelíes para un cambio de régimen en Teherán, primero debemos reconocer una realidad que nos hace reflexionar: si el cambio de régimen fue alguna vez un instrumento político viable en el contexto iraní posterior a 1979, sus perspectivas probablemente se han visto sustancialmente reducidas en el marco actual.

La situación actual de Teherán

Teherán se encuentra expuesto, vulnerable y profundamente aislado en el escenario mundial; sin embargo, el régimen se aferra desesperadamente a una imagen de control interno. Las sanciones económicas, su humillante derrota militar, sus espectaculares reveses indirectos en Siria y Líbano, y la creciente disidencia interna lo han acorralado, como un jugador de ajedrez con la última torre en una partida perdedora.

El relato del presidente Trump sobre la detención de los aviones israelíes en ruta para “eliminar” al ayatolá Alí Khamenei —presentado como un deliberado intento de evitar la escalada— subraya este cambio. Lo que muchos halcones predijeron como un acto que causaría el colapso final del régimen fue, en cambio, contenido, reflejando una aversión calculada al caos de Irak, Afganistán o Libia.

Los fantasmas de esas guerras acechan con fuerza en Washington y Europa: en ausencia de una alternativa viable y coherente, que refleje el auténtico pluralismo social, político y étnico de Irán, lista para gobernar a 90 millones de personas, cualquier colapso forzado podría fracturar a Irán en feudos sectarios, desestabilizar las arterias petroleras de la región e invitar a intrusiones oportunistas de todo tipo de elementos rebeldes. Ni Washington, ni Jerusalén, ni los estados árabes sunitas albergan el deseo de reabrir esa caja de Pandora.

La oposición en el exilio sigue alzando la voz, pero carece de un liderazgo inclusivo y pluralista capaz de galvanizar la fragmentada sociedad iraní. En este vacío, los responsables políticos en Washington, Jerusalén y la mayoría de las capitales europeas han llegado a un consenso tácito: la contención, en lugar del colapso, podría ser ahora el paradigma operativo preferido.

El reciente análisis de Karim Sajadpour en Foreign Affairs amplifica esta recalibración. Describe al régimen iraní como frágil pero duradero: expuesto en el exterior, pero aún con poder represivo en el país. A diferencia de la élite del Sha, el liderazgo actual no tiene un plan seguro para el exilio: se aferrará al poder mediante la coerción, no mediante acuerdos.

Las sanciones y el aislamiento diplomático han erosionado la legitimidad del régimen iraní, pero no su control. El Estado revolucionario, señala Sajadpour, ha “refinado científicamente la represión”.

La desescalada calculada de Trump

El enfoque del presidente Trump refleja este realismo. Aunque ridiculizado por los halcones, su plan de paz sustituye la presión por la confrontación, una fórmula que combina el cerco militar, el estrangulamiento financiero y el aislamiento diplomático con un acercamiento calibrado. Ha reiterado su “preferencia por un acuerdo con los iraníes”, señalando su “difícil situación”. Ha indicado que Teherán desea un acuerdo, expresando su confianza en que negociará un acuerdo pragmático.

En opinión de Trump, esto no es apaciguamiento; es triaje. La nueva doctrina de contención busca congelar el campo de batalla: una disuasión del statu quo que extrae concesiones verificables en materia de misiles, proxies [apoderados] y enriquecimiento sin sumir a la región en el caos.

Contención: dolor y el lado bueno

Sin embargo, aunque apacigua a las potencias mundiales, esta política inevitablemente dañará al pueblo iraní y a la oposición en el exilio. Para los iraníes de a pie, prolonga la asfixia económica y pospone los sueños de liberación; para la oposición en el exilio, que pregonó el colapso inminente de Teherán, se sentirá como una traición geopolítica.

Sin embargo, en este dolor reside la claridad: el reconocimiento de que ningún actor extranjero, por formidable o bien motivado que sea, puede guiar la transformación de Irán. Solo los propios iraníes poseen la capacidad de acción y, colectivamente, redefinirán su destino político. Los precedentes históricos —desde la revolución constitucional de 1906, la agitación de 1978 hasta las protestas de 2022— lo confirman: el verdadero cambio en Irán siempre ha sido endógeno y requiere la participación de las masas.

Una oposición en la encrucijada

Esta constatación debería servir de reflexión para la oposición en el exilio. Su fracaso más persistente —un talón de Aquiles a lo largo de generaciones— ha sido la fijación en la rivalidad en lugar de la unión, la nostalgia en lugar de la imaginación. La juventud iraní, globalizada y experta en tecnología, espera un liderazgo visionario, no un martirio consagrado ni un resurgimiento del pasado. El viejo statu quo de la política fracturada del exilio no inspirará a una nación de 90 millones de habitantes. Si la oposición no logra unirse, modernizar su discurso ni reflejar el pluralismo del propio mosaico iraní, permanecerá al margen mientras el régimen y la historia avanzan.

Una oposición interna reconfigurada

Mientras tanto, en Irán, el panorama político está cambiando drásticamente. Ante la agonía económica y el agotamiento ideológico, los remanentes del llamado bando “reformista” están abandonando abiertamente el papel de disidentes aprobados.

Cada vez más, reformistas jóvenes, burócratas desilusionados, tecnócratas de nivel medio, sindicatos y grupos clave de la sociedad civil están dando pasos decisivos hacia movimientos que buscan un cambio fundamental en lugar de una reconfiguración del régimen. Esta podría ser la fusión de la disidencia interna y la diáspora —aún embrionaria, pero muy plausible— que podría redefinir la anatomía de la verdadera oposición iraní en el futuro inmediato.

Implicaciones estratégicas

En última instancia, el plan de paz de Trump no extingue el sueño de libertad de Irán; simplemente redirige su trayectoria. Al congelar el aventurerismo internacional del régimen, desplazará la iniciativa hacia el interior: hacia los ciudadanos iraníes, sus élites divididas y su generación emergente de innovadores e idealistas.

Al hacerlo, honra una verdad geopolítica perdurable: la transformación sostenible en Irán no provendrá de bombardeos ni sanciones, sino del terreno de la resolución autóctona. La contención, paradójicamente, puede ser el crisol del que finalmente surja la auténtica autonomía —y la auténtica revolución—.

Fuente: The Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs

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