Diego Sciretta, activista social y exdirigente sindical en Israel, reconstruye un recorrido vital que comenzó en la Córdoba de la dictadura y que lo llevó, décadas más tarde, a protagonizar espacios de diálogo palestino-israelí. Su historia entrelaza militancia, migración forzada por la crisis argentina y un proceso personal de revisión ideológica que se reconfigura tras los ataques del 7 de octubre.
Criado en una familia de raíces mixtas, Sciretta recuerda que su primer vínculo con la cultura judía fue más social que religioso. En su adolescencia, en plena dictadura, se acercó a la militancia a través de compañeros judíos involucrados en la defensa de los derechos humanos. “Mi politización vino por la puerta judía, aunque yo no lo supiera en ese momento”, explica. En esos años estudió violín con dedicación, pero terminó abandonando la música cuando la represión y el clima social condicionaron su vida cotidiana.
Su compromiso político lo llevó a participar en movimientos latinoamericanos de izquierda. Pasó por brigadas de apoyo a la revolución nicaragüense y por espacios comunistas que, según señala, no tenían entonces los rasgos antisemitas que observa hoy. “En los ochenta no había el antisemitismo solapado que se ve en cierta izquierda actual”, afirma. Con la crisis económica de fines de los noventa tomó la decisión de emigrar. “La hiperinflación nos partió al medio; no teníamos más margen”, recuerda sobre el momento en que resolvió iniciar una nueva vida en Israel junto a su familia.
Ya en Israel, ingresó al mundo laboral con oficios intensos: primero como camionero y luego en la empresa textil Castro, donde trabajaba hasta 16 horas diarias. Cuando intentó recurrir a la Histadrut por mejores condiciones, no encontró respuestas. Ese vacío lo llevó a organizar a los trabajadores. “Si no nos defendíamos nosotros, no lo iba a hacer nadie”, sostiene. De ese proceso nació un sindicato independiente que, con el tiempo, derivó en una central obrera de más de 70.000 afiliados sostenida por militantes voluntarios.
Un accidente laboral marcó un punto de inflexión. Durante su rehabilitación se involucró en espacios de diálogo con palestinos y cofundó “Enemigos por la Paz”, una iniciativa que reunió a educadores, funcionarios y activistas de ambos lados con proyectos de cooperación y encuentros regulares. El intercambio, señala, fue transformador: “Trabajábamos con cuadros palestinos que realmente querían construir algo distinto”.
El 7 de octubre alteró esa convicción. Sciretta sobrevivió al ataque y describe un quiebre emocional y político profundo. “Ahí me di cuenta de que no estábamos discutiendo lo mismo: de nuestro lado es un conflicto político; del lado de ellos, uno religioso”, afirma. Para él, esa asimetría vuelve inviable cualquier proceso inmediato de paz. Su reflexión final condensa el giro: “Yo trabajé por la paz muchos años, pero hoy no veo condiciones mínimas para que eso sea posible”.
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