Entre lo Posible y lo Probable

En la columna de hoy, voy abordar un tema que no sólo se circunscribe al ámbito continental, sino que también tiene implicancias a nivel global, y en el se relacionan objetivos e intereses geopolíticos y geoeconómicos, y que trasciende el marco de las actividades criminales, me estoy refiriendo, a la Crisis entre los EE.UU. y la República Bolivariana de Venezuela, que está escalando a partir del desplazamiento de una flota de la Marina estadounidense en la zona del Caribe Sur, actuando en aguas internacionales, eliminando embarcaciones que transportarían drogas ilícitas, en lo que se ha denominado “Operation Southern Spear”, “Operación Lanza del Sur”.

La resolución de Washington, de llevar adelante este operativo naval-militar, en una primera lectura, constituye un cambio táctico, dirigido a la lucha contra el “Narcoterrorismo”, desplegado por el régimen de Nicolás Maduro, pero en una lectura más fina, no se trata de un mero cambio operativo o táctico, sino que constituye un cambio de doctrina estratégica, que redefine el equilibrio de poder, no sólo en la región caribeña, sino también, con implicancias y efectos a nivel continental y global.

Pero antes de continuar, es preciso hacer una brevísima reseña de la evolución de las relaciones entre los EE.UU. y Venezuela, como de una fuerte alianza estratégica, fue decantando en una conflictividad en aumento, que tiene su punto de inflexión en 1999, con la llegada de Hugo Chávez al poder.

Durante el siglo pasado, Washington y Caracas, fueron consolidando una alianza estratégica, como ser aliados durante la 2da. G.M., y que continuó en el período de la Guerra Fría, que no sólo se daba en el plano ideológico, alineándose Venezuela en el bloque Occidental y Anti-Comunista, liderado por los EE.UU., sino que también, en satisfacer intereses y necesidades compartidas, que en el caso de la 1ra. potencia, desde el descubrimiento de yacimientos de petróleo, en tierras venezolanas, dieron lugar a importantes inversiones de empresas del sector energético, por ejemplo, una de las primeras fue la EXXON MOBIL, iniciándose la exportación del hidrocarburo a los EE.UU., mientras que Venezuela importaba servicios tecnológicos y productos de consumo, convirtiéndose ambos países en socios comerciales con beneficios mutuos.

La llegada al poder en Venezuela de Hugo Chávez, marcó el comienzo del fin de la alianza y cooperación mutua, más allá que al principio, el encuentro entre el entonces presidente Bill Clinton y el líder venezolano, parecía vislumbrar una continuidad, pero poco a poco, las diferencias ideológicas y los nuevos socios de Caracas, se hicieron evidentes e irreconciliables, cuando Chávez calificó a los EE.UU. y su gobierno, como la representación del “Imperialismo criminal”, y pocos años más tarde, en el 2002, acusó a Washington de estar detrás del fallido golpe de Estado, que intentó sacarlo del poder.

Evidentemente, el denominado “Socialismo del Siglo XXI”, era y es, una ajornada manifestación del “Castro-comunismo”, que desde Cuba fue estructurando un eje geopolítico a través de gobiernos de izquierda, el llamado “Eje Bolivariano”, conformado en aquellos tiempos por, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia, y que tiene su génesis institucional en 1999, con el Foro de San Pablo, cuyos fundadores fueron Fidel Castro, Luis Lula Da Silva y Hugo Chávez, en una palabra, era una reedición de la otrora etapa de “exportación de la revolución”, que se dio en las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado, y que se manifestó con el accionar violento y criminal de organizaciones guerrilleras en varios países de Latinoamérica, en el escenario internacional de la Bipolaridad.

Ahora bien, el deterioro progresivo de las relaciones entre los distintos gobiernos estadounidenses y la dictadura venezolana, continuó tras la muerte de Hugo Chávez, es más, con la llegada al Palacio de Miraflores de Nicolás Maduro, la situación se fue agravando, dando lugar en el 2008, a la imposición de sanciones por parte de Washington, imputándosele al régimen venezolano, de corrupto y de violar los DD.HH. y de apoyar y financiar a la organización narcoterrorista colombiana de las FARC, lo que fue propiciando el aislamiento del país caribeño, sanciones que fueron en aumento, durante los mandatos de Barak Obama, y el primero de Donald Trump, sin embargo, con la llegada de Joe Biden a la presidencia, se fueron suavizando las sanciones, lo que se percibió equivocadamente, como un acercamiento entre ambos actores, a partir de intereses comunes en el sector energético, como ser la reactivación de concesiones a la petrolera estadounidense Chevron.

No obstante, un nuevo deterioro de las relaciones se dio tras las elecciones del año ppdo., que Washington consideró de fraudulentas, las que falsamente y sin ninguna prueba documental dieron ganador a Nicolás Maduro, cuando en realidad el vencedor de la contienda electoral fue el candidato opositor Edmundo González, a lo que se sumó la proscripción y persecución de la líder opositora María Corina Machado, ambos dirigentes respaldados por EE.UU., como anteriormente lo había hecho con Juan Guaidó, pero también, se judicializó en los tribunales federales estadounidenses, la acusación de narcotráfico al Cártel de Los Soles, liderado por Diosdado Cabello, asociado con otros altos funcionarios y mandos militares venezolanos, como asimismo, de financiar la otra organización narcoterrorista, El Tren de Aragua, que nació en la cárcel de Tocorón, al oeste de Caracas, allá por el 2014, y hoy es considerada la mayor estructura criminal de Sudamérica.

Pero ahora, el presidente Donald Trump, ha ordenado, la antes mencionada Operation Southern Spear, cuya ejecución está a cargo del Comando Sur, al mando del Alte. Alvin Holsey, decisión que fue consensuada tras la reunión del 1er. mandatario, junto al Sec. De Guerra, Pete Hegseth, y tras cambiar la visión y calificación sobre el Cártel de Los Soles, pasando de una organización narcotraficante, a ser considerada una organización terrorista, y por ende, constituir una amenaza terrorista para los EE.UU., sus aliados e intereses, y por lo tanto, esto implica que Washington ha decido actuar utilizando su fuerza militar más allá de sus fronteras, como es la región del Caribe Sur, que tuvieron inicio el 2 de septiembre ppdo., y que al presente suman el hundimiento de 22 embarcaciones, que transportarían drogas ilícitas, con 83 personas muertas, eventos ocurridos en aguas internacionales, y que para el dictador venezolano Maduro, ha calificado de “ejecuciones seriales” y solicitó la intervención de la ONU, mientras que su ministro de Defensa, el Gral. Vladimir Padrino López, expresó que se trata de una “guerra no declarada”.

El accionar del gobierno estadounidense, es un claro mensaje al régimen bolivariano, que no se negocia, no se discuten ni opciones ni sanciones, se trata de una estrategia de presión, que busca que el gobierno venezolano colapse, que quiebre el Narco-Estado de Maduro y compañía, que posibilite la caída de la dictadura socialista, en una palabra, quebrar la estructura criminal desde adentro, y posibilite que se abra un proceso, liderado por el presidente electo Edmundo González, por María Corina Machado y otras figuras políticas de la oposición, que le devuelva a los venezolanos un Estado democrático.

Así las cosas, el dictador Maduro, por un lado expresó su disposición a que se reanuden las actividades de empresas estadounidenses del sector petrolero, algo de sumo interés para Washington, teniendo en cuenta que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo a nivel global, 303.800 millones de barriles, sin olvidar otros recursos naturales estratégicos, sin embargo, por otro lado, días pasados exhibió la planificación para la defensa del Eje Caracas-Puerto La Guaira, ubicado en las costas del mar Caribe, siendo destinados no sólo efectivos de las FF.AA. Nacionales Bolivarianas, sino también, las llamadas Unidades Comunales de Milicias, constituidas por civiles con entrenamiento militar, conformando así un plan integral de defensa, instalado y en funcionamiento.

Por su parte, el gobierno estadounidense rechazó sin dudarlo, una propuesta de Maduro, que consistía en poner en marcha un proceso de transición de dos a tres años, la que se canalizó a través de canales indirectos, y a la que el presidente de Colombia, Gustavo Petro, apoya, de manera tal que el dictador venezolano deje el poder, sin ser encarcelado, y se llame a nuevas elecciones, según lo expresado por la canciller colombiana Rosa Villavicencio.

Sin embargo, tal como se desprende tras las reuniones que sostuvo el presidente Trump, en la Sala de Crisis, en Washington D.C., con su vicepresidente J.D. Vance, el Secretario de Estado, Marco Rubio, el ya mencionado Secretario de Guerra, Pete Hegseth, el Subjefe de Gabinete, Stephen Miller y el Jefe del Estado Mayor Conjunto, el Gral. Dan Caine, que la posibilidad y probabilidad de llevar operaciones militares, quirúrgicas y selectivas sobre Venezuela, están en la Agenda del gobierno estadounidense, aunque no se cierran otros canales, sean informales o diplomáticos, y aunque si bien el presidente Trump declaró públicamente que “no hay nada decidido”, si recordó que a partir del 24 de este mes comenzaba la “cuenta regresiva”, con calificación de terroristas de Nicolás Maduro, Diosdado Cabellos y otros altos mandos militares y funcionarios políticos del régimen venezolano, y se equipara al Cártel de los Soles, al Tren de Aragua e incluso al Cártel de Sinaloa, de Méjico, a la red AL QAEDA y al Estado Islámico o ISIS, que habilita entonces a operaciones militares.
Finalizando la columna de hoy, mis reflexiones son las siguientes: 1) las acciones emprendidas por los EE.UU., constituye un “cambio de doctrina estratégica”, que busca un reordenamiento de poder, a nivel continental, por lo que no se limitaría sólo a Venezuela, sino también podría implicar otros países de la región, por el caso Méjico, en función de considerar al narcotráfico como una amenaza terrorista; 2) esta “nueva doctrina estratégica”, no es un dejavu del escenario de la Guerra Fría, sino una estrategia para conflictos del Siglo XXI, caracterizados por operaciones quirúrgicas afianzadas en la Inteligencia, de hecho Trump autorizó a la CIA ha llevar a cabo acciones en cubiertas sobre Venezuela, y a la superioridad tecnológica, y esta fusión bélico-penal, plantea una delgada línea roja entre eficacia y legitimidad; 3) la caída del régimen bolivariano de Venezuela, tendría también efectos internacionales, habida cuenta la alianza estratégica de Caracas, con Rusia, Irán y China, actores con intereses geopolíticos y geoeconómicos en el país caribeño, sin olvidar los países miembros del Foro de San Pablo y/o afines con el eje Cuba-Nicaragua, y 4) hay una diferencia entre lo “posible” y lo “probable”, por lo tanto, a la pregunta ¿ es posible una acción militar de los EE.UU. sobre Venezuela?, la respuesta es afirmativa, ahora bien, ¿es probable un conflicto armado abierto entre ambos actores?, la respuesta es, poco probable, pues en definitiva, lo “posible” es la cualidad de que algo pueda ocurrir, mientras lo “probable” está dado por el grado de certeza de que si ocurra, sin embargo, las opciones están abiertas, incluso la diplomática, y por esto la frase para terminar es de Henry Kissinger, que dijo: “la Diplomacia no puede resolver todos los problemas, pero puede ayudar a evitar que las crisis se conviertan en conflictos”.-