A comienzos del siglo XX, la ciudad portuaria de Galveston, en la costa texana, recibió a unos 10.000 judíos europeos que huían de los pogromos y la persecución en el Imperio ruso. Aquella oleada, conocida como el Galveston Movement, buscaba ofrecer alternativas a la saturada Nueva York y evitar un posible aumento del antisemitismo en la costa este. Financiada por el filántropo Jacob Schiff, la iniciativa convirtió a la ciudad en “la Ellis Island del Oeste”.
Hoy, un puñado de descendientes mantiene viva esa historia. Entre ellos está Shelley Nussenblatt Kessler, de 74 años, cuyos abuelos llegaron en 1910 y 1911 y decidieron quedarse en la isla. Junto a instituciones como el Galveston Historic Seaport Museum y el templo B’nai Israel, impulsan actividades y exhibiciones que rescatan el legado de una comunidad que alguna vez tuvo gran peso político y económico.
La ciudad fue elegida como puerto de entrada porque combinaba infraestructura, tolerancia y una activa comunidad judía ya asentada. Figuras fundamentales como el rabino Henry Cohen —quien lideró B’nai Israel durante seis décadas y asistió personalmente a los recién llegados— marcaron el desarrollo del programa y la reconstrucción tras el devastador huracán de 1900.
Aunque el movimiento terminó en 1914 por el clima económico y el aumento del nativismo, su impacto perdura en Texas y en la memoria de los descendientes. Hoy, más que la intolerancia, la principal amenaza para la vida judía local son los fenómenos climáticos, que periódicamente obligan a interrumpir servicios religiosos y ponen a prueba la resiliencia de una comunidad que sigue contando su historia.
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