“Hay hombres cuya mirada no descansa en lo que existe si no en lo que todavía podría estar por nacer. “
Shimon Peres nació en 1923 en una pequeña aldea polaca rodeada de bosques y silencio, un lugar donde el judaísmo era identidad, memoria y supervivencia. Llegó a la Palestina del Mandato Británico siendo un niño, llevando consigo algo que lo acompañaría toda la vida: la certeza de que el pueblo judío no era un pueblo que se rendía, sino un pueblo que soñaba incluso en la adversidad más oscura.
Desde muy joven se formó entre kibutzim, movimientos laboristas y debates que mezclaban política, ética, poesía y la pregunta eterna sobre cómo construir un hogar seguro para un pueblo perseguido durante siglos. Esa combinación de trabajo físico, sensibilidad intelectual y compromiso con un ideal colectivo moldeó su carácter para siempre.
Peres no era un hombre imponente en apariencia. Era delgado, de rostro afilado, con ojos muy claros en los que parecía haber siempre una mezcla de reflexión y una luz interior difícil de definir. Su voz era suave, casi tímida, pero no frágil: transmitía una especie de firmeza tranquila que imponía respeto sin necesidad de elevar el tono. Era un hombre que parecía mirar no el presente, sino lo que vendría después, como si su mirada estuviera siempre un paso más adelante en el tiempo.
Su carrera pública comenzó muy temprano, gracias al reconocimiento que David Ben-Gurión tuvo de su inteligencia estratégica. Peres fue clave en la construcción de la infraestructura defensiva de Israel durante los años más vulnerables del joven Estado. No era general ni combatiente, pero fue uno de los arquitectos civiles más cruciales en la creación de la seguridad israelí. Bajo su impulso se desarrolló la industria aeronáutica, nacieron cooperaciones internacionales que garantizaron la supervivencia militar del país y se establecieron bases para una defensa moderna. Ese trabajo, técnico y silencioso, no era visible para el mundo, pero sin él Israel quizá no habría sobrevivido a sus primeras décadas.
Sin embargo, Peres evolucionó con los años. Del constructor de defensa nació el constructor de futuro. Admirador de la ciencia, la innovación y la creatividad humana, fue uno de los primeros en imaginar un Israel basado no solo en agricultura y defensa, sino en tecnología, educación y conocimiento. En tiempos donde nadie hablaba de “startups”, él ya decía que el oro del siglo XXI sería la imaginación humana. Impulsó la investigación científica, la cooperación tecnológica internacional y la apertura económica que transformó al país en un centro global de innovación. Para él, la verdadera riqueza de Israel no estaba en sus tierras secas ni en su geografía imposible, sino en la capacidad de su gente para pensar, inventar y soñar.
Mientras que muchos líderes se expresaban con pragmatismo duro, Peres hablaba con un lenguaje casi literario. Veía la historia como un campo donde florecían ideas. Decía que la imaginación es más poderosa que el conocimiento, que los optimistas construyen el futuro y que Israel era un milagro que todavía se estaba escribiendo.
Su manera de hablar no era artificiosa: él realmente concebía la política como una combinación de ciencia, valores y poesía. Por eso sus discursos parecían elevar a la audiencia a una región de esperanza donde los conflictos podían encontrar un camino distinto.
En ese espíritu nació su apuesta por la paz. Durante los años noventa, junto al primer ministro Yitzhak Rabin y al presidente de la Autoridad Palestina Yasser Arafat, Peres impulsó los Acuerdos de Oslo. Él fue, más que cualquier otra figura, el pensador conceptual del proceso: su convicción profunda era que la guerra no podía ser eterna y que en algún punto israelíes y palestinos debían compartir la tierra sin destruirse. Peres trabajó incansablemente, noche tras noche, reuniéndose con delegaciones, viajando, negociando, revisando cada palabra, cada cláusula. Oslo no fue un gesto simbólico: fue una arquitectura institucional que exigió valentía moral y pragmatismo. Por esos esfuerzos, por esa tenacidad y por el acto de romper paradigmas tan arraigados, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1994 junto con Rabin y Arafat .
El Nobel no se le otorgó por un tratado aislado, sino por lo que representó: la decisión histórica de transformar enemigos en interlocutores, de sustituir la desconfianza por la construcción gradual de coexistencia. Peres decía entonces que “la paz es dolorosa, porque obliga a renunciar a parte del pasado para permitir que nazca el futuro”. Su manera de entender la historia era profundamente humana. Él sabía que la paz no era un acto mágico, sino una obra paciente, imperfecta y llena de riesgos. Pero creía que valía la pena cada esfuerzo.
A lo largo de su vida fue también ministro en casi todas las carteras, primer ministro en dos ocasiones y finalmente presidente del Estado de Israel. En su etapa como presidente se transformó en una figura moral: hablaba a los jóvenes, a los emprendedores, a las nuevas generaciones con un entusiasmo casi infantil por el futuro. Jamás perdió la capacidad de maravillarse ante las ideas nuevas. Esa juventud interior era, curiosamente, lo que más fascinaba a quienes lo conocían. Peres envejeció sin hacerse viejo.
En su vida personal fue un hombre discreto, profundamente unido a su esposa Sonia, con quien compartió una vida sencilla y leal. Tuvieron tres hijos. Peres leía vorazmente, caminaba, pensaba. Le gustaba el silencio tanto como las largas conversaciones. Era afectuoso sin estridencias, un hombre de hogar a pesar de su exposición pública constante.
En el plano internacional, Peres compartió escenario con figuras como el rey Hussein de Jordania, Anwar el-Sadat, Henry Kissinger, Bill Clinton, Jacques Chirac, Tony Blair, Nelson Mandela y Mijaíl Gorbachov.
Con muchos de ellos desarrolló diálogos profundos sobre paz, modernización y filosofía política. Era respetado incluso por sus adversarios, porque su visión del mundo trascendía lo inmediato.
Hoy, en Israel, se lo recuerda como uno de los últimos grandes padres espirituales del Estado. Las escuelas enseñan sus ideas sobre innovación; los jóvenes emprendedores lo citan como inspiración; sus discursos aún se estudian por su belleza ética y su lucidez.
Se lo considera un símbolo de moderación, de esperanza activa, de un liderazgo que se hacía fuerte no por su dureza, sino por su capacidad de ver lo que otros no veían.
Comparado con muchos líderes contemporáneos, Peres parece de otra época y de otro tejido moral. Él creía en el poder de la palabra, en el diálogo entre adversarios, en la ciencia como motor de progreso, en la política como un deber hacia las generaciones futuras. Hoy, en cambio, la política israelí —como la de muchos países— se halla más polarizada, más inmediata, más reactiva. Algunos líderes actuales enfatizan la identidad, la seguridad o la firmeza militar como pilares fundamentales. Peres también valoraba la seguridad, porque la había construido, pero veía la seguridad como el punto de partida, no el destino final.
Su grandeza residía en que no concebía la defensa sin la esperanza, ni la fuerza sin la ética, ni la patria sin el futuro. Tal vez por eso sigue fascinando. Porque Peres encarnó algo raro: la unión entre la razón y la poesía, entre la política y la imaginación, entre la memoria y la visión. Él decía que Israel era “una construcción del espíritu”, un país nacido de un libro antiguo, de una lengua renacida, de los sueños de millones de personas dispersas por el mundo. Para él, esa construcción espiritual debía seguir creciendo, haciéndose más justa, más sabia y más abierta.
Shimon Peres dejó un legado luminoso: un país que aprendió a pensar hacia adelante, una esperanza de paz que aún persiste en los corazones más pacientes y un recordatorio de que la grandeza no se mide por el poder, sino por la capacidad de imaginar un mañana más humano. Fue un estadista que creyó en el alma del mundo y que dedicó su vida entera a ensancharla un poco más. Shimon Peres pertenece a esa estirpe rara y luminosa de seres que viven adelantados a su tiempo, guiados por una fuerza interior que no se resigna jamás. No caminó la historia: la elevó. No describió el mundo: lo imaginó. No aceptó la realidad: la soñó hasta transformarla.
Su vida pública fue tan extensa como profunda. Fue uno de los arquitectos silenciosos de la defensa de Israel, el creador de alianzas vitales, el impulsor de industrias estratégicas y el hombre que, antes que muchos, comprendió que el siglo venidero pertenecería al conocimiento, la ciencia y la innovación. Decía que la imaginación es más poderosa que el poder y que ninguna nación puede vivir solo del pasado: necesita inventarse a sí misma una y otra vez.
El Peres de la madurez se convirtió en un visionario humanista, un estadista con alma de poeta.
Su lenguaje, luminoso y sereno, hablaba de paz, de esperanza, de la responsabilidad moral hacia las generaciones aún no nacidas. Para él, Israel era mucho más que un territorio: era “una construcción del espíritu”, un país tejido con libros, con memoria, con lágrimas y sueños. Por eso veía la historia como un delicado equilibrio entre lo que se hereda y lo que se crea.
Sus contemporáneos internacionales —Mandela, Clinton, el rey Hussein, Sadat, Gorbachov— reconocían en él algo singular: una mezcla de ternura, claridad intelectual y visión profética. Era un pensador que hablaba de tecnología con la misma pasión con la que hablaba de justicia. Un soñador que veía la paz no como un destino incierto, sino como un deber moral.
Hoy, Israel lo recuerda como uno de sus últimos grandes sabios cívicos. En la vida política se siente su ausencia. La época actual, más áspera, menos paciente, más ansiosa, contrasta con la delicadeza ética y la mirada larga de Peres. Él creía que la seguridad era necesaria, pero que la esperanza era indispensable; que el poder era útil, pero la empatía, fundamental; que un país no se sostiene solo con muros, sino con ideales compartidos.
Shimon Peres fue, sobre todo, un creador de futuro. Su legado no cabe en una biografía: vive en el impulso de cada joven que inventa, en cada puente que se intenta tender, en cada paso que se da hacia un mañana menos temeroso. Fue el hombre que enseñó que imaginar no es evadirse, sino comprometerse; que soñar no es debilidad, sino la forma más alta de valentía.
Y así se lo recuerda: como una luz que sigue ardiendo, incluso cuando el camino se vuelve oscuro; como el soñador que abrió una puerta al porvenir y nos enseñó que “hay momentos en que la esperanza camina más lejos que la historia”.
“Los verdaderos constructores del mañana no son los que le temen, sino los que se atreven a inventarlo.”
Marta Arinoviche
Cuando Shimón Peres cumpliría 100 años la entrevista exclusiva que le realizó Radio Jai – Radio JAI
