La cuestión de los refugiados, el nudo que frena la paz en Medio Oriente

La disputa geopolítica en Medio Oriente volvió a tensarse durante noviembre, un mes signado por la combinación de gestos diplomáticos y estallidos intermitentes de violencia. Mientras Israel y Estados Unidos impulsan un plan que vincula la reconstrucción de Gaza con su desmilitarización, el eje de la discusión se desplaza hacia un tema que, por décadas, fue el corazón del estancamiento: la cuestión de los refugiados palestinos.

El reciente planteo internacional expone una contradicción estructural que la región arrastra desde hace casi un siglo. El estatus de refugiado, que en el caso palestino es hereditario y transferible a nuevas generaciones, mantiene atrapadas a familias enteras en un limbo jurídico. A esto se suma la negativa de varios países de la región a otorgar ciudadanía plena a quienes nacieron y crecieron dentro de sus fronteras. No se trata sólo de un debate humanitario: es un mecanismo político que preserva el conflicto como herramienta de presión permanente.

En paralelo, la región vive una batalla narrativa que distorsiona la historia y condiciona la percepción internacional. Conceptos como la “Naqba” y fechas simbólicas como el 29 de noviembre son reinterpretados bajo lecturas que buscan reforzar un único relato identitario. Esa disputa semántica no es menor: define la legitimidad, el pasado y la proyección de cualquier negociación futura.

Lo que emerge con claridad es que el conflicto no se sostiene únicamente por la confrontación territorial o militar, sino por la decisión de diversos actores de no resolver los nudos centrales: la administración de Jerusalén, la redefinición del estatus de los refugiados y la convivencia de poblaciones bajo marcos legales distintos. Sin atender estos puntos, cualquier iniciativa corre el riesgo de quedar atrapada en una nueva ronda de declaraciones y condenas sin consecuencias.

Mientras la comunidad internacional busca reactivar conversaciones, la región parece correr una carrera contra su propio tiempo político. Las soluciones existen, pero requieren el paso que más cuesta dar: abandonar el uso del conflicto como herramienta de poder y asumir los costos de una paz verdadera.