El Mar Rojo se ha transformado en uno de los tableros geopolíticos más sensibles del sistema internacional. Lejos de ser un corredor marítimo más, hoy concentra una disputa estratégica que involucra a Medio Oriente y al Cuerno de África, con efectos directos sobre rutas comerciales clave, seguridad regional y equilibrios de poder en África oriental.
En este escenario emergen dos ejes en tensión. Por un lado, la coordinación pragmática entre Arabia Saudita y Turquía, una alianza coyuntural basada en intereses convergentes más que en afinidades ideológicas. Por el otro, el entendimiento entre Emiratos Árabes Unidos e Israel, que combina diplomacia económica, presencia portuaria y proyección estratégica en puntos críticos como el Golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb.
El reconocimiento de Somalilandia como entidad estatal independiente introdujo un factor de alto impacto. Este movimiento fortaleció la posición emiratí en África a través del control de infraestructuras clave y generó preocupación en actores regionales que apuestan por la integridad territorial africana. Yemen, Sudán y Somalia se consolidan así como escenarios de competencia indirecta, donde cada potencia busca influir sin llegar a un enfrentamiento abierto.
La región atraviesa una suerte de “paz fría”, marcada por alianzas flexibles, contención estratégica y un aumento sostenido de la militarización. En este contexto, el Mar Rojo y el Golfo de Adén desplazan al Levante como ejes centrales del reordenamiento regional, anticipando un mapa geopolítico cada vez más fragmentado y volátil.
