La escena venezolana atraviesa un punto de inflexión cargado de expectativas, pero también de riesgos. La posible salida de Nicolás Maduro del poder ha despertado celebraciones y esperanzas largamente postergadas, especialmente entre quienes debieron abandonar el país. Sin embargo, una lectura desapasionada advierte que el final de una figura no implica, por sí solo, el desmantelamiento de un sistema que se consolidó durante más de dos décadas.
El chavismo no se sostiene únicamente en un liderazgo personal, sino en una compleja trama de poder económico, militar y político. Por eso, un colapso abrupto del régimen podría derivar en un escenario caótico, con disputas internas, violencia generalizada y la participación de actores armados que hoy operan bajo el paraguas del Estado. El fantasma de una guerra civil aparece como el peor de los desenlaces posibles.
En este contexto cobra fuerza la hipótesis de una transición negociada y gradual, impulsada desde el exterior y aceptada por sectores del poder real en Venezuela. Un proceso en etapas permitiría, primero, estabilizar la situación, luego reorganizar el mapa político con figuras aceptables para las fuerzas armadas y, finalmente, avanzar hacia elecciones libres que devuelvan legitimidad institucional al país.
La dimensión internacional es clave. Venezuela no solo es un problema doméstico, sino una pieza estratégica en la geopolítica global por sus vastas reservas energéticas. El control de su petróleo impacta en los equilibrios económicos mundiales y en la competencia entre potencias, especialmente en un escenario de creciente tensión entre Estados Unidos, China y Rusia.
Entre la urgencia moral de terminar con un régimen autoritario y la necesidad política de evitar el caos, el futuro venezolano parece depender menos de gestos épicos que de una transición ordenada. La historia reciente demuestra que, en estos casos, el tiempo y las negociaciones suelen pesar más que los golpes espectaculares.
