El régimen de Teherán intenta deslegitimar de todas las formas las protestas que atraviesan Irán y que han alcanzado el duodécimo día consecutivo. Tras poner a Estados Unidos e Israel como presuntos directores de los disturbios, el líder supremo Ali Khamenei eleva el listón contra los manifestantes, acusándolos de querer “complacer” al presidente estadounidense Donald Trump. Una línea que pretende desacreditar a cientos de miles de manifestantes y rastrear el descontento interno hasta una conspiración externa, mientras que en las calles las movilizaciones se extienden y en Jerusalem, al contrario, prevalece la cautela.
Según la cadena Kan, altos funcionarios israelíes piden silencio para no ofrecer al régimen iraní la coartada de la interferencia extranjera y legitimar una represión más dura.
También sugieren cautela respecto a la evolución de la situación iraní algunos analistas entrevistados por el periódico israelí Yedioth Ahronoth. Esta oleada de protestas, aunque forma parte de un contexto completamente nuevo —marcado por la presión externa de Estados Unidos y los golpes infligidos por Israel al régimen de Teherán— aún no alcanza, en términos de amplitud y capacidad de movilización, los niveles de levantamientos anteriores.
Como observa Meir Litvak, historiador de Irán y director del Centro de Estudios Iraníes de la Universidad de Tel Aviv, “la actual ola de protestas en Irán no es la más dura” en décadas, y la de 2022-2023 había sido mayor y más sangrienta.
Una figura que nos invita a distinguir entre la intensidad del descontento y la posibilidad concreta de un cambio de régimen.
El tema central sigue siendo la ausencia de una guía política alternativa sobre el poder actual de los ayatolás. “En Irán existe la libertad de expresión, pero no hay libertad después de expresarse”, explica Lior Sternfeld, historiador israelí y profesor en la Universidad Estatal de Pensilvania. La represión inmediata, señala Sternfeld, hace casi imposible formar una dirección opositora organizada. No es casualidad, añade Sternfeld, que “la protesta sea espontánea, simultánea y sin dirección”, con movilizaciones que se desarrollan en contextos sociales y geográficos muy diferentes sin converger, al menos por ahora, en una plataforma política común. Por otro lado, continúa el historiador: “incluso si la protesta actual se calmara, los problemas subyacentes permanecen” y “cada ola de disturbios comienza donde se detuvo la anterior”.
Para Sima Shine, exjefe de la División de Investigación del Mossad, la novedad de este ciclo de levantamientos es la presión externa. “La protesta interna es un fenómeno bien conocido, que el régimen sabe cómo reprimir por la fuerza”, explica el exanalista del Mossad, pero en Teherán existe “una preocupación genuina” de que Israel y Estados Unidos “puedan aprovechar la debilidad actual” para atacar objetivos sensibles, en particular “sitios nucleares o de misiles.” Este miedo, añade Shine, alimenta el riesgo de decisiones arriesgadas: “La idea de un ataque preventivo contra Israel puede cruzar la mente de los iraníes”, especialmente a través de “misiles de largo alcance, que demostraron ser el medio más efectivo en el último enfrentamiento.” Pero es una tentación contenida por el conocimiento de que “tal medida causaría un golpe devastador” y podría “realmente llevar al fin del régimen”.
(En la imagen, una manifestación anti-régimen en Mashhad)
