Aunque separados por miles de kilómetros y realidades culturales muy distintas, Venezuela e Irán muestran respuestas casi idénticas cuando el malestar social se vuelve visible. En ambos países, las protestas se concentran muchas veces de noche, cuando el control estatal pierde eficacia y la vigilancia se debilita.
La reacción de los gobiernos es inmediata y repetida: cortes de internet, bloqueo de señales y un discurso oficial que intenta minimizar o negar los hechos. La lógica es clara: si no se ve, no existe. A esa estrategia se suma la construcción de un enemigo externo —Occidente en el caso iraní, “el imperio” en el venezolano— como forma de evitar asumir responsabilidades internas.
La represión adopta estilos distintos, pero el mensaje es el mismo: salir a la calle tiene un costo. Sin embargo, las manifestaciones continúan. No por la expectativa de un cambio inmediato, sino por el desgaste acumulado y la sensación de que el silencio ya no ofrece protección.
Según el análisis de Natalio Steiner, cuando un poder necesita apagar internet para sostenerse, deja en evidencia que actúa a la defensiva. En política, esa señal suele anticipar un deterioro profundo del control, aun cuando el régimen intente sostener la apariencia de normalidad.
