La pandemia fue, para muchos, un tiempo de pausa. Para Mónica Moscovich, en cambio, fue el punto de partida de una nueva pasión que hoy convive con otra que la acompaña desde la adolescencia: el rikudim. Docente de nivel inicial y bailarina desde los 13 años, Mónica transformó el encierro en creatividad y dio forma a Brauni Express, un emprendimiento que nació casi sin proponérselo y creció impulsado por el boca en boca.
“Hasta el día que me casé no sabía cocinar”, confiesa entre risas. El quiebre llegó durante la cuarentena, con tres hijos adolescentes en casa y una rutina atravesada por la incertidumbre. “Se me ocurrió cómo podía agasajarlos en medio de tanta soledad y tanta bronca”, recuerda. Fue entonces cuando apareció el cuaderno de recetas de su abuela Neli, una cocinera polaca que anotaba todo en hojas amarillentas: “Empecé a buscar qué podía hacer y a sorprenderlos”.
Lo que comenzó como un juego en redes sociales pronto generó repercusión inesperada. “Empecé a subir fotos de lo que cocinaba y de repente me escribían de distintos lugares del mundo pidiéndome recetas”, relata. Jalá, strudel y brownies se convirtieron en excusa para intercambios culturales y afectivos. “Cuando no posteaba, me preguntaban qué pasaba con las recetas”, cuenta.
Con el regreso a los ensayos de rikudim, la cocina encontró un nuevo escenario: el salón de baile. “Cada miércoles llego con una bandeja y ya cambia la cara de todos”, dice. Brownies, tortas y dulces funcionan como combustible emocional y físico. “Un pedacito de chocolate te cambia el ánimo y te da energía para seguir bailando”.
Hoy, Mónica define su presente con una frase que une sus dos mundos: “Yo cocino para bailar”. Mientras sigue enseñando, bailando y creando, adelanta que hay nuevas ideas en camino. “Sigo investigando, estudiando y viendo qué forma darle a esto”, asegura. La ronda continúa, y el horno también.
Redes sociales: @brauniexpressok
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