Irán en el umbral del cambio

Crónica de una crisis que no termina en caída, sino en transformación

Las imágenes se repiten desde hace años: calles agitadas, consignas contra el poder, mujeres desafiando al régimen, jóvenes enfrentando a las fuerzas de seguridad. Pero reducir lo que ocurre hoy en Irán a una simple ola de protestas sería un error. Lo que atraviesa la República Islámica a mediados de la década de 2020 es algo más profundo, más peligroso y más duradero: una crisis sistémica.

No es solo una crisis política.
No es solo económica.
No es solo social.

Es el desgaste simultáneo de todos los pilares que sostuvieron al régimen desde 1979.

Durante décadas, el sistema iraní funcionó sobre un contrato tácito: menos libertades políticas a cambio de estabilidad, identidad y una economía que, con dificultades, ofrecía previsibilidad. Ese pacto está roto. La inflación devora salarios, el rial se devalúa sin freno, el desempleo juvenil se dispara y la promesa ideológica del régimen ya no moviliza, ni siquiera a sectores históricamente leales.

Sin embargo, y aquí está la paradoja, el sistema no se ha derrumbado.

La protesta que no se convierte en revolución

Las movilizaciones recientes han sido amplias, persistentes y socialmente transversales. Mujeres, jóvenes urbanos, trabajadores precarizados, comerciantes, estudiantes. No se trata de una protesta sectorial, ni de una disputa electoral como en 2009. Es una desafección profunda con el modelo político-religioso.

Pero esa energía social no se ha traducido en una alternativa de poder. No hay un liderazgo nacional, no hay un programa común, no hay una estructura capaz de disputar el control del Estado. La protesta presiona, erosiona, debilita, pero no gobierna.

Y en los regímenes autoritarios, la historia es clara: los sistemas no caen solo porque la gente se moviliza, sino cuando las élites dejan de sostenerlos.

El poder que no se ve: coerción y supervivencia

Mientras la legitimidad social se erosiona, el aparato coercitivo sigue en pie. La milicia Basij, con su red territorial, continúa funcionando como primer muro de contención. No es popular, pero es dependiente del Estado y sigue siendo operativa.

Más arriba está la verdadera columna vertebral del régimen: la Guardia Revolucionaria Islámica. No es solo un ejército. Es un actor económico, una red de inteligencia, un centro de poder político informal. Controla puertos, contratos, empresas, rutas comerciales. Y en medio del colapso económico general, mantiene acceso privilegiado a recursos.

La crisis, paradójicamente, debilita al régimen como proyecto ideológico, pero fortalece el peso relativo del aparato militar que lo sostiene.

¿Un país al borde de la fragmentación?

Desde fuera, algunos hablan de balcanización. De kurdos, baluches, árabes. Pero la realidad es menos dramática y más compleja. Irán no muestra hoy las condiciones clásicas de una desintegración territorial: no hay control sostenido de territorios, no hay ejércitos rebeldes comparables al Estado, no hay reconocimiento internacional.

El nacionalismo iraní —incluso entre opositores al régimen— sigue siendo un factor de cohesión. El riesgo no es la ruptura del país, sino una mayor fragmentación del poder en caso de una transición mal gestionada.

La oposición: ruido sin poder

La oposición existe, pero está fragmentada. Dentro de Irán, es socialmente potente y políticamente débil. Fuera del país, es visible, mediática, pero desconectada del terreno interno. Los grupos armados carecen de legitimidad social y sirven más como propaganda del régimen que como amenaza real.

En ese vacío aparece una figura recurrente: Reza Pahlavi, hijo del último Sha. Para muchos, representa la ruptura con el islamismo político; para otros, una nostalgia sin estructura. Su fortaleza es simbólica. Su debilidad es material: no controla territorio, ni fuerzas, ni instituciones.

Sin una transición pactada con sectores del poder real, su margen de acción es limitado. En el peor de los casos, correría el riesgo de convertirse en un líder dependiente de intereses externos, algo que la historia regional ya ha mostrado demasiadas veces.

El verdadero punto de quiebre: el día después de Jamenei

Todo esto converge en una pregunta que inquieta tanto dentro como fuera de Irán: ¿qué pasa después de Ali Jamenei?

El Líder Supremo no gobierna solo por autoridad religiosa, sino porque actúa como árbitro entre clero, militares y aparato estatal. Su desaparición no garantiza el colapso, pero sí elimina el principal mecanismo de equilibrio del sistema.

Los escenarios que se manejan no apuntan a una revolución inmediata. Apuntan a una transición controlada desde dentro: un sucesor débil respaldado por la Guardia Revolucionaria, un liderazgo colegiado temporal o, en el escenario más probable, una reconfiguración del sistema hacia un modelo menos clerical y más securitario.

Irán no cae, se transforma

Irán no está al borde del final. Está al inicio de una fase larga, incierta y estratégica. Una fase donde la represión seguirá siendo costosa, la legitimidad seguirá erosionándose y el poder real se concentrará cada vez más en quienes controlan la coerción.

No es una historia de caída repentina.
Es una historia de desgaste, adaptación y mutación.

Y como suele ocurrir en Medio Oriente, el desenlace no será rápido, ni limpio, ni lineal.