Ayer, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, señaló que, si bien la ONU no tiene todavía “un número de muertos” por las protestas en Irán, las cifras que se han reportado hasta ahora, de entre 2.000 y 12.000 asesinados, son “horribles”. A la ONU “le preocupa enormemente la situación en Irán tras ver las imágenes de manifestantes muertos y la violencia durante las protestas. Instamos nuevamente a las autoridades iraníes a permitir que la gente proteste pacíficamente y a proteger ese derecho”.
Esto no es broma. Guterres dijo eso. Lo dijo ayer, no hace más de dos semanas cuando comenzaron las protestas contra la teocracia y los asesinados, heridos, encarcelados y ejecutados sumariamente comenzaron a sumarse y a apilarse primero en las morgues y ya poco después por todos lados. Y el máximo jerarca de la ONU también dijo públicamente que la organización “está tratando de programar contactos con las autoridades iraníes lo antes posible”. Y lo expresó muy serio sin poder explicar qué hicieron, que hacen y que harían los 46 funcionarios internacionales y más de 400 funcionarios nacionales que tienen en el país.
No vamos a cometer el atropello de explicar qué significa la ONU hoy desde cualquier punto de vista. Ya no resiste más análisis. Pero mencionamos lo dicho por Guterres, porque además de proporcionar cifras que no tienen ni asidero ni la más mínima comprobación, su retórica hueca e inmisericorde con las víctimas civiles de la barbarie del régimen de los Ayatolas, no es su exclusividad. Hace 46 años que la teocracia gobierna Irán. Hace 46 años que se violan los derechos humanos de sus ciudadanos. Hace 46 años que las mujeres son objeto de escarnio y castigo por haber nacido mujeres. Hace 46 años que fomentan y pagan el terrorismo en Europa, Medio Oriente y América Latina. Ocuparon impunemente Siria con la excusa de que Assad se los pidió y cometieron masacres bestiales en una guerra civil que mató salvajemente más de medio millón de personas y envió 9 millones al exilio. Ocuparon Venezuela, instalaron su movimiento títere terrorista, inundaron de delitos toda la región e hicieron dos atentados antisemitas en Buenos Aires en menos de dos años entre uno y otro. Y han tenido 46 años de impunidad universal. La izquierda cómplice por recibir sus ayudas y dádivas nunca le pareció que se violaba el principio de autodeterminación de los pueblos con el cual todavía siguen haciendo gárgaras, cuando Irán ocupó países y asesinó a mansalva; y se quedaron hiper callados con la injerencia total en Venezuela, Cuba y Nicaragua.
¿Hoy se acuerda Guterres? ¿Para qué si en América Latina no hay líder de la izquierda menguante que diga nada de la ordalía de muerte y sangre de hoy ayudados por otros silencios que no son indiferentes, sino cómplices? El pueblo iraní no salió a las calles para gritar cualquier consigna, sino que salió a las calles desarmado y dispuesto a inmolarse porque además de dictadura, las penurias económicas han llegado a un tope que no pueden soportar. Después de 46 años, piden libertad y el derecho a vivir decentemente. Y con la teocracia eso es utópico. Quizás con las manifestaciones también, pero al menos después de casi medio siglo prefieren el sacrificio y se hartaron de la esclavitud.
La ONG Irán Human Rights (IHRNGO) elevó este martes a por lo menos 3.428 el número de manifestantes muertos en 18 días de protestas.
Según IHRNGO, solo entre el 8 y 12 de enero se registraron al menos 3.379 muertes, y más de 10.000 personas han sido arrestadas desde que empezaron las protestas. Aunque las cifras sean tres o cuatro veces mayores, ¿es un tema de cifras? Irán tiene más de 90 millones de habitantes. ¿Alguien en su sano juicio puede creer que a los Ayatolas les preocupa asesinar al 10 o el 20 o cualquier porciento de su población si eso los mantiene en el poder? Cada vida vale un mundo. Y hace 46 años que la teocracia iraní viene asesinando y encarcelando todo lo que para la dictadura signifique opinión distinta. Y nadie, especialmente la ONU, llevó cuenta de las horrendas cifras de crímenes perpetrados desde hace casi medio siglo. En noviembre de 2019 y en noviembre de 2022, fundamentalmente mujeres fueron las que lideraron manifestaciones de protesta en Irán. Miles fueron asesinados, miles tirados como harapos en mazmorras que llaman cárceles, y durante los escasos días que se mantuvieron protestando, el país sufrió una desconexión informática total, igual que lo hicieron a partir del jueves pasado. Y nadie se molestó mucho, por decir algo. ¿Qué cambia ahora? Un régimen con gran debilidad económica y agotado para la mayoría de los 90 millones de ciudadanos. Y que Estados Unidos, que ya lo bombardeó hace 7 meses, le vuelve a advertir e Irán sobre las matanzas y el régimen lo desafía con la arrogancia fanática de los dictadores mesiánicos.
El presunto juez de lo que en Irán se llama autoridad judicial Gholam-Hossein Mohseni se refirió a los ciudadanos que protestan como “terroristas” y dijo que “deben tener prioridad para ser juzgados y castigados”. El ministro de Justicia, Amin Hossein Rahimi, anunció que “cualquiera que haya estado presente en las calles desde el 8 de enero será considerado un criminal”. ¿Por qué declararon así? Porque la oficina del fiscal de Teherán expresó en un comunicado que un número no especificado de manifestantes serían acusados de “moharebeh”, un término de la ley sharía, que se traduce como “hacer la guerra contra Dios”, lo que es castigado con la pena de muerte. Y así viene sucediendo. Ejecuciones sumariales, ahorcamientos. En junio del año pasado cuando Irán bombardeó Israel e Israel y EE. UU. bombardearon Irán, doce personas fueron ahorcadas sumariamente en Teherán acusadas de “espionaje”. La pena de muerte no es un tema legal sino un pasatiempo permanente sin necesidad de probar nada.
Desde que tomó el poder en 1979, el régimen ha tenido una singular obsesión con los judíos. El odio infinito hacia Israel es consecuencia de ello. El texto político fundacional del régimen, del ayatolá Ruhollah Jomeini, está impregnado de antisemitismo. Señala: “Desde sus inicios, el movimiento histórico del islam ha tenido que enfrentarse a los judíos, pues fueron ellos quienes primero establecieron la propaganda antislámica”. El actual líder de Irán, Alí Khamenei, es un declarado negacionista del Holocausto. La política exterior iraní mezcla libremente la furia antiisraelí con la antijudía. Ha apoyado a Hezbollah y Hamas, comprometidos con la destrucción de Israel, con miles de millones de dólares. Ha suministrado misiles balísticos a los hutíes de Yemen. El régimen dedicó décadas a construir un arma nuclear. Ali Akbar Rafsanjani, expresidente, en un discurso de 2001 dijo claramente: “El uso de una bomba atómica en Israel no deja nada, pero en el mundo islámico solo causará daños”. A principios de este mes, el régimen intentó apaciguar a los manifestantes ofreciendo una miserable limosna mensual de 7 dólares en medio de una inflación galopante y una moneda en declive. Sin embargo, el mismo régimen logró enviar 1.000 millones de dólares para ayudar a Hezbollah a reconstruir su capacidad militar, mientras se negaba a hacer concesiones significativas en su carrera nuclear, lo que condujo a sanciones europeas que han paralizado aún más la economía.
Quizás la conciencia de la fragilidad del régimen es lo que impulsa a los iraníes a salir a las calles a pesar de la represión. Como escribe esta semana Bret Stephens en Infobae: “Pero cuando el régimen colapse, como ocurrirá tarde o temprano, su política antisemita habrá jugado un papel importante en su caída. Aquí se encuentra una lección más amplia en una época en la que las políticas antijudías están ganando terreno. El antisemitismo parece perverso: por fomentar una mentalidad de teorías conspirativas escabrosas; por buscar chivos expiatorios para los fracasos nacionales en lugar de asumir la responsabilidad; por estigmatizar y reprimir a una minoría. Las sociedades que han expulsado, perseguido y asesinado a sus comunidades judías, ya no están o alguna está por desvanecerse.”
Pero eso no lo entienden los asesinos protegidos que perpetran su antisemitismo una y otra vez. Cuando caiga la teocracia, los Ayatolas y sus cómplices no aceptarán esa realidad. Tampoco lo aceptaron los nazis o la Unión Soviética. O Hamas, Hezbollah y los gobiernos y partidos políticos que los han abrazado. Pero la ceguera (léase odio y fanatismo) no permite ver que la realidad es lo más parecido a la verdad. Cada uno con su destino.
