El ataque que no fue: presiones, petróleo y ego en la pulseada entre Trump e Irán – Natalio Steiner

Mientras Medio Oriente atraviesa horas de máxima tensión, una pregunta se repite en cancillerías, redacciones y cuarteles: ¿qué busca realmente Donald Trump? Movilización de tropas, versiones cruzadas sobre un ataque abortado contra Irán y señales contradictorias desde Washington alimentan un escenario marcado por la ambigüedad y el cálculo estratégico.

Según reveló The New York Times, Trump habría mantenido conversaciones con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en el marco de un posible ataque contra objetivos iraníes. Desde Jerusalén, la advertencia fue clara: Israel aún no estaría plenamente preparado para enfrentar una represalia masiva de Irán, especialmente en materia de defensa aérea. Si bien el Estado judío ha reforzado de manera significativa sus capacidades militares desde el conflicto de junio, persisten limitaciones, en particular por debates internos sobre presupuesto para sistemas antimisiles como el Arrow.

En paralelo, el régimen iraní habría intentado ganar tiempo y legitimidad internacional anunciando la suspensión provisoria de ejecuciones de cientos de manifestantes detenidos, una maniobra que, según analistas, busca desactivar o al menos encarecer políticamente una ofensiva estadounidense. A esto se suma otro factor clave: Estados Unidos no contaría hoy con fuerzas suficientes en la región para proteger plenamente sus bases en Qatar, Emiratos Árabes y otras zonas estratégicas, lo que habría llevado a los propios mandos militares a recomendar postergar cualquier ataque.

El tablero se complejiza aún más por la negativa de países clave como Arabia Saudita, Omán, Kuwait e incluso Turquía a facilitar o apoyar una ofensiva contra Irán. Detrás de esa postura subyace un temor mayor: que Washington concentre un poder energético sin precedentes si, además de influir sobre las reservas venezolanas, logra desestabilizar o derribar al régimen iraní. Un escenario así impactaría de lleno en China, principal comprador del petróleo iraní y venezolano, y podría escalar en una disputa global de mayores dimensiones.

Finalmente, hay un factor imposible de medir con precisión: el propio Donald Trump. Su estilo zigzagueante, marcado por avances y retrocesos constantes, responde tanto a cálculos políticos como a un fuerte componente personal. Entre la presión internacional, los intereses energéticos y su propio ego, Trump parece moverse al borde del abismo, dejando en claro que, en Medio Oriente, la incertidumbre sigue siendo la única certeza.

Natalio Steiner, director de Comunidades Plus