La nación persa está siendo sacudida por importantes manifestaciones en las principales ciudades, siendo el eje de las protestas la situación económica de Irán y el inmovilismo del régimen. No es la primera vez que la sociedad iraní se moviliza, hay antecedentes como el caso de Mahsa Amini en 2022 y ante el cuestionamiento de la elección del presidente Ahmadineyad en 2009. El régimen de los ayatolás atraviesa una situación delicada: el fin del Eje de la Resistencia, los golpes a su programa nuclear luego de la Guerra de los Doce Días, el aislamiento internacional y las pugnas internas. Desde los medios occidentales se alimenta una narrativa de “fin del régimen” junto con las amenazas de presidente estadounidense Donald Trump de actuar militarmente en apoyo a las protestas. La República Islámica tiene todavía una base social importante, ello no impide que se generen interrogantes sobre el impacto de la movilización iraní y su repercusión en la pugna entre las facciones moderada y conservadora del régimen de los ayatolás.
El año 2025 fue para Irán un verdadero annus horribilis, que derivó en su repliegue del Próximo Oriente, además de enfrentar la guerra de los Doce Días, que derivó en la paralización de su programa nuclear. El endurecimiento de las sanciones internacionales, el aislamiento internacional, agudizaron la crisis económica iraní. La crisis hídrica derivado del cambio climático y como consecuencia de un manejo irresponsable del uso del agua, no hizo más que aumentar el descontento de la sociedad, golpeada por el creciente desempleo, alta inflación. Según el FMI esta alcanzó más del 40% en 2025 y las estimaciones para 2026, indica que no descenderá esa cifra. El rial, moneda nacional iraní, se desplomó frente al dólar. Durante casi dos décadas, el crecimiento económico promedio fue de apenas el 1%. La necesidad de importar alimentos, no hace más que encarecer el costo de vida de la población. La situación es compleja, dado la dependencia de las exportaciones petroleras, los altos costos que tuvo para el país el programa nuclear y los gastos militares. Desde Israel hay acusaciones sobre el inicio de la reconstrucción de las instalaciones nucleares, el reinicio del programa de misiles balísticos, con el riesgo de una nueva escalada militar.
Las masivas protestas que afecta a Irán – con más de un millar de muertos en manos de las fuerzas del orden – comenzaron con la movilización de los pequeños comerciantes el 28 de diciembre de 2025. Pronto se unieron estudiantes y sectores medios de la población iraní. La ira de los manifestantes está dirigida contra el envejecido líder supremo Alí Jamenei de 87 años y la pérdida creciente de credibilidad en el gobierno. Unas de las “gotas que colmó el vaso» nació de la mano de las declaraciones del presidente iraní Masoud Pezeshkian al señalar ¿Quién puede resolver los problemas de Irán? Yo no. Su primer año de gestión estuvo marcada por la guerra de los Doce Días; el asesinato en pleno Teherán del líder de Hamas, Ismail Haniyeh, una derrota humillante para los servicios secretos iraníes frente a Israel; la sequía, la paralización del programa nuclear y los daños generados por el conflicto con Israel y Estados Unidos; la crisis económica y el endurecimiento de las sanciones. Abiertamente el titular del ejecutivo iraní, señaló que gran parte de los problemas derivan de la misma dirigencia iraní, por pugnas de poder y corrupción. En una reunión con gobernadores provinciales, dejó en claro que no cuenten con el gobierno nacional y que resuelvan los problemas con los recursos locales. El presidente iraní, dejó en claro que su accionar está condicionado por el líder supremo – máxima autoridad político religiosa iraní – Alí Jamenei, que condiciona su limitado margen de maniobra en el frente externo como interno. La “sinceridad” de Pezeshkian, está ligado a la paralización del aparato de poder iraní por las luchas entre conservadores y reformistas. El ex ministro de salud y ahora devenido en presidente, luego de la muerte en un accidente de Ibrahim Raisi, decidió no pagar el costo político ante la sociedad y hablar directamente de los problemas, pero más que apaciguar ánimos, los exacerbó al señalar de manera irresponsable que él no tiene las soluciones. A pesar de los dichos, Jamenei entendió la “indirecta” de Pezeshkian y lo apoyó públicamente.

La devaluación es un hecho, el dólar alcanzó a equivaler 1.3 millones de riales en 2025. Esto se trasladó a los precios de los alimentos y la canasta básica familiar. Ironías del destino, esto obligó a una mayor bancarización y uso de transacciones electrónicas dado el valor de la moneda. Los cortes de energía y la escasez de agua, es moneda corriente. A ello cabe agregar un contexto de restricciones políticas, que genera malestar especialmente en sectores medios y medios altos de la sociedad iraní.

¿Arde Teherán?
El 28 de diciembre, comerciantes, pequeños empresarios, organizaron huelgas y protestas por la crisis económica y la caída estrepitosa del consumo. Pronto trabajadores y estudiantes adhirieron a las protestas. En una primera instancia el presidente que no tiene soluciones, al parecer se vio “iluminado” y las encontró, señalando que el gobierno estaba dispuesto abordar los graves problemas económicos. La moneda en 2024 estaba en el mercado libre unos 800.000 riales por dólares y pronto pasó a 1.3 millones en 2025. La destrucción del poder adquisitivo afectó al consumo, especialmente a pequeños comercios y empresas. El costo de la vivienda se incrementó sustancialmente y los sectores más vulnerables, como medios de la sociedad sintieron con fuerza el rigor de la crisis. Miles de iraníes comenzaron a malgastar sus ahorros en dólares y oro para poder subsistir.

Según la encuesta del centro oficial de estadísticas iraní, el precio de la fruta se ha disparado un 75%, mientras que el pan y los cereales, productos básicos en los hogares iraníes, casi han duplicado su precio. El gobierno apostó a los subsidios y ayudas alimentarias, pero solo paliaron en parte la precaria situación de millones de iraníes. Estas medidas también tuvieron un tinte político, dado que esto permitió convertirse en una barrera de contención para los sectores más pobres, base social del régimen. El peso de las sanciones internacionales se hacen sentir, afectando seriamente al pilar de la economía persa, el petróleo. El acceso a divisas es cada día más complejo – a pesar del aceitado sistema para eludir sanciones de hace décadas – y la producción cayó unos 100.000 barriles diarios. El principal cliente es China, siendo transportado el crudo por parte de la célebre “flota fantasma” para eludir sanciones, por medio del cambio de nombre, registro del buque o pabellón, como también apagar mecanismos de localización.
El gobierno se ve atrapado en varios frentes, con restricciones para su comercio externo, el encarecimiento de bienes esenciales, muchos de ellos importados, destacándose el rubro alimentos, la crisis del sector petrolero y un déficit fiscal, que según el FMI alcanzaría un 6% del PIB en 2025. La necesidad de reconstruir los daños derivados de la guerra de los Doce Días, entre ellos la infraestructura del plan nuclear, la fuerza de misiles balísticos y reparar los daños en la infraestructura civil, devora recursos y las escasas divisas disponibles, llevando a que la crisis explote en diciembre de 2025. El desempleo alcanzó el 8.2% en 2025, pero la falta de trabajo en los jóvenes afecta un promedio del 20%, generando frustración y malestar. La crisis parece eterna, un importante sector de la sociedad iraní percibe que en parte se debe a la política exterior del país, que derivó en sanciones, especialmente por el polémico programa nuclear.
Las manifestaciones pronto derivaron en situaciones violentas. No existe información oficial sobre el número de víctimas, dado la censura del régimen y el “silencio” de internet, estimándose en más de dos mil muertos (incluyendo personal policial), dos mil heridos y unas 18.000 detenciones. Teherán rechaza estas cifras. Pronto las escenas de las protestas dieron la vuelta al mundo. El presidente Donald Trump instó a los iraníes a seguir en las calles y derribar al régimen, señalando que la “ayuda va en camino” con amenazas abiertas al régimen si continuaban las ejecuciones y la violenta represión contra los manifestantes. En este contexto también apareció el hijo del fallecido sha Mohamed Reza Pahlevi. Un personaje que solo tiene cierta popularidad en círculos de exiliados y en redes sociales, pero carece de influencia en el propio Irán. La mayor parte de la población iraní nació después de 1979, por ende, sus recuerdos sobre la monarquía son vagos o inexistentes. Reza Pahlevi hijo del último monarca iraní, derrocado por la Revolución de 1979 – dado una combinación de factores, entre ellos el agotamiento de la sociedad iraní ante el régimen dictatorial del último sha – fue objeto de atención en medios internacionales. En declaraciones ante diversos medios, Pahlevi señaló ante las amenazas de presidente estadounidense al régimen de los ayatolás: “Creo que el presidente Trump es un hombre de palabra y, en última instancia, apoyará al pueblo iraní”. Sus palabras se refieren a los dichos del jefe de estado norteamericano el pasado 2 de enero de 2026: “Si disparan y matan violentamente a manifestantes pacíficos, los Estados Unidos de América acudirán en su rescate. Estamos armados y listos para actuar”. Las organizaciones de derechos humanos hablaron de millares de muertos y la esperada respuesta de Washington nunca llegó. La aparición de Palhevi, no dejó de ser un hecho anecdótico.

La movilización de los comerciantes del influyente Bazar, llevó a la intervención directa de Jamenei, dado su poder económico e influencia política y enviar un mensaje conciliatorio, reconociendo como “legítimos” los reclamos de dicho sector: “Hablamos con los manifestantes; los funcionarios deben hablar con ellos, pero no hay ningún beneficio en hablar con los alborotadores. Hay que poner a los alborotadores en su lugar”. Los intentos de separar al Bazar del resto de los manifestantes, pero solo quedó en la narrativa. Históricamente este sector socio económico iraní ha estado fuertemente ligado a las elites del régimen, pero la dura crisis económica ha erosionado dichos vínculos, junto con el ascenso de las fundaciones religiosas y el poder de la Guardia Revolucionaria, que ha construido un imperio económico. El Bazar tuvo peso político propio, a través de partidos políticos de tinte conservador, llegando a controlar algunos ministerios como Comercio y Trabajo. El apoyo al presidente Ahmedineyad en 2005, fue un serio revés. La agenda internacional de dicho dirigente, generó tensiones, sanciones que afectaron el poder económico del Bazar. La política de privatización, que benefició especialmente a las fundaciones religiosas y a las empresas ligadas a la Guardia Revolucionaria, marginaron a dicha institución económica iraní. Pronto surgió un poder económico – militar conocido como los “Principistas” que adquirieron un importante poder, desplazando a los políticos vinculados al Bazar. La derecha tradicional comenzó a perder influencia en la política iraní.
El discurso de Jamenei muestra preocupación y ciertas dosis de ansiedad ante la postura política del Bazar. El Líder Supremo, dado la situación, no está en capacidad para reducir el poder político – económico de las fundaciones (bonyads) y la Guardia Revolucionaria, el margen de maniobra se reduce y no tiene otra opción que recurrir a la represión a costa de perder influencia en un sector donde los conservadores tenían amplio apoyo. La política de contención a los sectores más pobres de la sociedad iraní, impidió que las manifestaciones multitudinarias se transformaran en un escenario más complejo. El régimen apeló a sus bases sociales, donde miles de personas salieron a manifestarse a favor de la República Islámica. Hacia el 16 de enero una tensa calma regresó a Teherán y las grandes ciudades iraníes. Las razones, no solo debemos encontrarlas en la dura respuesta del régimen, sino que la sociedad no desea que un actor externo se involucre en un reclamo interno. Los medios occidentales en su narrativa, “olvidan” que la ciudadanía que participó en las multitudinarias protestas por el caso de Amini en 2022 y cuestionó abiertamente al establishment religioso, cerró filas y el sentimiento nacionalista afloró con fuerza, inclusive exhumando tradiciones y mitos nacionales pre islámicos, como reivindicar al rey Sapor I de tiempos sasánidas.

Las manifestaciones multitudinarias contra el régimen, no es algo nuevo, como ocurrió con el fraude electoral por la elección del presidente Mahmud Ahmadineyad en 2009. Muchos la bautizaron la “Revolución Verde”. La situación se tornó violenta con la toma de edificios públicos, destrucción de bienes y movilizaciones de miles de manifestantes, bloqueos de calles y carreteras. Medios internacionales, señalaron que fueron los disturbios más grandes desde la revolución de 1979. El régimen logró sobrevivir, dado que sus bases sociales e institucionales se mantuvieron firmes. Asimismo, el rechazo de los iraníes a la injerencia externa en sus conflictos internos, contribuyeron en parte, junto con la dura respuesta del gobierno a desactivar la crisis. Pareciera que en el inconsciente colectivo subyace la dramática experiencia del caso Mohammad Mossadegh, primer ministro electo en 1951 y líder nacionalista, que impulsó la nacionalización de la industria petrolera. Su popularidad en las masas residió también en las importantes reformas sociales que impulsó. Derrocado en un golpe orquestado por la CIA, donde también participaron intereses británicos, marcó a la sociedad iraní. El vacío dejado por este político junto a su discurso nacionalista fue adaptado por la poderosa clase religiosa. El profundo sentimiento antioccidental de las clases populares haría eclosión en 1979.

La geopolítica entra en juego
China es el principal importador de crudo iraní. Por lo tanto, no es aceptable para los intereses de Pekín una intervención estadounidense que amenace sus cadenas de suministro. La respuesta china, no es la paz ni la guerra, sino una tensión controlada, suficiente para limitar la influencia de Washington, pero evitando tocar “líneas rojas”. Los dirigentes en Irán siguen la misma estrategia, por un lado, hubo amenazas de una respuesta militar contundente por parte del jefe de estado mayor general del Ejército, Amir Hatami, en caso de una intervención de Estados Unidos, pero por otro lado el titular de exteriores iraní, Abbas Araghchi, instó a la Casa Blanca a entablar negociaciones. En otras palabras, una hostilidad calibrada para justificar la represión interna, pero sin llegar a un conflicto abierto.
La diplomacia persa hizo un gran esfuerzo en diversas capitales árabes para mostrar que Teherán no representa una amenaza, mostrando como el mayor riesgo para los estados de la región a Israel. El ataque a Doha por parte de la fuerza aérea israelí contra líderes del Hamas, fue un punto de inflexión explotado con habilidad por los iraníes. El ministro de Exteriores iraní Abbas Araghchi, logró que los gobiernos de Omán, Arabia Saudita, Qatar y Turquía, se opongan a una intervención directa de Estados Unidos, por el riesgo de una escalada regional y para evitar que dicha acción pueda ser capitalizada por Israel como una victoria política. Los regímenes del Golfo ven con malos ojos que una movilización callejera pueda terminar con un gobierno, dado que ello podría ser un ejemplo a seguir para sectores de la sociedad árabe descontenta por el autoritarismo de las “petromonarquías”. Una victoria de la diplomacia iraní, fue la decisión de Arabia Saudita de no permitir el uso de su espacio aéreo para un posible ataque a Irán por parte de Estados Unidos.
Rusia mantuvo una postura discreta, más allá de criticar la injerencia estadounidense, observa con cautela los acontecimientos en Teherán. Irán tiene un importante papel geopolítico para Moscú, dado la posibilidad que ofrece para acceder a los puertos del Índico y evadir el bloqueo que Occidente impone en el Báltico y el Mar Negro. No en vano, ambos países tienen un acuerdo de asociación estratégica, centrado más en aspectos económicos que políticos, para eludir sanciones internacionales. La relación entre el Kremlin e Irán, no es de igualdad, sino más bien de contención, dado los intereses de Teherán en áreas de interés ruso como es el Cáucaso y Asia Central, imponen al Kremlin actuar con cautela. Sin embargo, Moscú buscará apoyar al régimen iraní – manteniendo un muy bajo perfil – evitando un choque directo con Washington, reflejado en la comunicación entre el presidente ruso Vladimir Putin y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, con fines de promover el diálogo y mediación. Una conversación similar fue sostenida entre el líder ruso y el presidente iraní Masoud Pezeshkian. Por último, para el Kremlin la reciente crisis iraní, contribuye a distraer la atención de Washington y gran parte de la comunidad internacional sobre la guerra en Ucrania.

¿Hacia dónde se dirige la República Islámica?
El régimen vive sujeto a sanciones internacionales desde la Revolución de 1979, sobrevivió al caos sobreviniente de la salida del sha Mohamed Reza Palhevi; una guerra impuesta en los años 80, en un contexto de aislamiento internacional (en parte autoimpuesto por razones ideológicas), poniendo en evidencia su resiliencia. La supervivencia del régimen, se vincula con una mentalidad de carácter defensivo propio de los iraníes, dado al resentimiento histórico de haber sido tratados constantemente con injusticia por las grandes potencias entre los siglos XIX y XX. En este contexto se inserta el concepto de zirangi, método de comunicación usado para el que receptor nunca quede completamente convencido de si los iraníes aceptan o no los términos de un acuerdo. Esto se observa claramente en la “cuestión nuclear”. Asimismo, en la cultura persa la negociación es una imposición de criterios, no un acercamiento de posturas. Es por ello que acordar o pactar es visto por el régimen, por razones tanto políticas como culturales como signo de cierta debilidad. Esto se ve reflejado por la dureza de la respuesta a las manifestaciones multitudinarias de diciembre – enero.
Una nueva intervención militar estadounidense, sin ninguna duda hubiera sido hábilmente explotado por el régimen, como quedó reflejado en 2025 con la “Guerra de los Doce Días” donde fueron exhumadas viejas tradiciones patrióticas persas, no dudando en apelar al “pasado glorioso” preislámico. Desde la narrativa las manifestaciones, serían mostradas como una verdadera “quinta columna” impulsada por fuerzas extranjeras y la represión hubiera sido mucho más dura, agregándose una movilización a gran escala de las bases sociales, en el marco de una exaltación nacionalista, cerrando filas de la sociedad iraní junto al gobierno de los ayatolás. El fantasma de Mossadegh, donde la breve experiencia nacionalista fue abortada por la injerencia de Estados Unidos, está muy presente en el país. La sociedad percibe ese hecho – ocurrido en 1953 – como un trauma nacional, dado que abrió las puertas para un período autoritario, de fuerte represión e intromisión extranjera en los asuntos iraníes. El discurso de Trump de incentivar las manifestaciones para abrir paso a una intervención directa de Washington para un cambio de régimen, sin ninguna duda tuvo un impacto negativo en los manifestantes, dado las movilizaciones se vinculan con aspectos de la realidad interna iraní y existe un fuerte rechazo a cualquier intromisión desde fuera. Existe una percepción que la intervención occidental es sinónimo de caos al observar los casos de Afganistán, Irak, Siria o Libia.

La sociedad iraní es consciente que es heredera de una civilización milenaria. El historiador británico Bernard Lewis señala sobre el Islam e Irán: “Irán fue islamizado, pero no arabizado. Los persas siguieron siendo persas. Tras un intervalo de silencio, Irán resurgió como un elemento separado, diferente y distintivo dentro del Islam, añadiendo con el tiempo un nuevo elemento incluso al propio Islam. Cultural, política y, lo más notable, incluso religiosamente, la contribución iraní a esta nueva civilización islámica es de suma importancia.” Citamos estas palabras, dado que Irán tiene una identidad nacional consolidada y un elevado nivel de cohesión nacional, que le permitió a lo largo de los siglos, superar crisis mucho más graves que las vividas entre los últimos días de diciembre y las primeras semanas de enero de 2026. Si habrá un cambio político en Irán, eso dependerá de los mismos iraníes. Seguramente, en algún momento el tiempo de la “Revolución Islámica” terminará. Pero vale la pena recordar que el factor “tiempo” es muy distinto en Oriente que en Occidente.
Por Jorge Alejandro Suárez Saponaro
Fuente: La Polis
