Durante décadas vimos el Medio Oriente como un sistema cerrado, definido por conflictos ideológicos, religiosos o energéticos. Hoy ese marco ya no alcanza. El centro de gravedad se ha desplazado hacia un espacio mucho más amplio que conecta el Mar Rojo, el Golfo de Adén, el Cuerno de África, el Mediterráneo Oriental y, cada vez más, África Occidental. En este nuevo tablero, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Turquía no compiten por hegemonías territoriales visibles, sino por algo más sutil y duradero: el control de los flujos comerciales, energéticos y de seguridad.
El Mar Rojo se ha convertido en la bisagra estratégica de todo este sistema, pues une dos puntos críticos: el Canal de Suez al norte y el estrecho de Bab el-Mandeb al sur. Para Egipto, cualquier interrupción amenaza directamente su economía y su posición estratégica. Para Arabia Saudita, representa una extensión natural de su seguridad marítima y energética. Para Emiratos Árabes Unidos, es una plataforma ideal para proyectar influencia comercial y política sin necesidad de grandes despliegues militares convencionales. Esta convergencia explica por qué el Cuerno de África dejó de ser una periferia olvidada: Somalia, Sudán y sus regiones autónomas se transformaron en arenas de competencia indirecta, donde puertos, élites locales y patrocinadores externos disputan el control en un entorno donde la fragmentación estatal no es un accidente, sino una condición estructural del juego.
Arabia Saudita ha evolucionado de una política reactiva a una más selectiva y proactiva. Su profundización del eje con Egipto y la posible coordinación de seguridad con Somalia buscan reforzar gobiernos centrales, reducir el margen de maniobra de redes externas y limitar modelos basados en enclaves autónomos. No pretende dominar territorios —algo inviable—, sino condicionar el entorno. Su rivalidad con Emiratos no es ideológica, sino metodológica: poder estatal frente a redes flexibles.
Emiratos Árabes Unidos, por su parte, apuesta precisamente por esa flexibilidad. Abu Dabi ha construido influencia a través de puertos, logística, financiamiento y acuerdos directos con élites locales, incluso cuando estas operan al margen de los gobiernos centrales. Somalilandia es el ejemplo más conocido, pero no el único.
Este enfoque convierte la debilidad estatal en ventaja operativa, aunque genera resistencia cuando la presencia emiratí se vuelve demasiado visible y amenaza la integridad estatal defendida por actores como Egipto o Arabia Saudita. Para ganar resiliencia, Emiratos ha extendido su proyección hacia África Occidental, con Nigeria como nodo económico, financiero y energético clave que le sirve de retaguardia estratégica.
Turquía entra en este tablero guiada por la doctrina Mavi Vatan, que concibe los espacios marítimos como extensión natural de su territorio. Para Ankara, el Mediterráneo Oriental, el Mar Negro y las rutas hacia el Mar Rojo forman un continuo estratégico. Su activismo en África Oriental —puertos, bases y presencia naval— busca evitar que cualquier eje rival la excluya de los flujos entre el Mediterráneo y el océano Índico.
En este contexto más amplio surge el debate sobre una supuesta “OTAN islámica” entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán. La etiqueta es exagerada, pero refleja una convergencia real de intereses basada en complementariedad: Turquía aporta industria militar avanzada, Arabia Saudita financiamiento y coordinación regional, y Pakistán experiencia doctrinal y peso simbólico. Sin embargo, no existe alianza formal, cláusula de defensa mutua ni mando integrado. Es una cooperación flexible, funcional y reversible que multiplica opciones sin comprometer soberanía.
En definitiva, el nuevo Medio Oriente ampliado ya no se define por hegemonías visibles, sino por arquitecturas invisibles de control de flujos. Arabia Saudita defiende el poder estatal, Emiratos las redes transcontinentales y Turquía su acceso marítimo estratégico. El Mar Rojo y el Cuerno de África son hoy el epicentro de esta competencia silenciosa, pero decisiva.
