¿Vivir o sobrevivir?

Una pregunta existencial que no nos hacemos o no nos conviene hacernos.

Existe una gran disyuntiva conceptual en lo que refiere al hecho de vivir. Una cuestión propia de los seres humanos, que fuimos distinguidos con la capacidad de razonar. Parece simple la pregunta y aún más la respuesta, pero no lo es…

Considerando primero la opción de sobrevivir, es claro que abarca a todos los seres vivos, quienes poseen un instinto de supervivencia. Es decir, buscan en todo momento seguir vivos y no morir, no quieren dejar de existir. Por inercia, con total espontaneidad, reaccionan ante cualquier amenaza que impida el hecho de vivir. Por eso, y ahora yendo más hacia los seres humanos y los animales, tenemos el instinto del placer, como solía argüir Freud, que supone buscar la satisfacción de los deseos y evitar lo aversivo, lo desagradable.

Los seres humanos vivimos intentando sobrevivir últimamente desde hace ya varios años. La modernidad nos lleva a eso. Los problemas familiares, económicos, laborales, sociales, etc. Hay un montón de cuestiones que son inherentes a la vida misma. Por eso cabe preguntar, ¿por qué es tan importante estar vivo? ¿Para qué? De hecho, tener una vida en la cual únicamente nos basamos en no querer morir es deprimente, es triste. Tal vez no tendría tiene sentido incluso. Es difícil estar toda una vida únicamente soportando situaciones angustiantes.

Por otro lado, vivir quizás podemos atribuirlo a algo más que sobrevivir, en tanto no solo buscamos estar meramente vivos, sino que queremos hacer algo con la posibilidad y la dicha de existir: tenemos un norte, una meta, un objetivo. En este punto se responderían las preguntas planteadas anteriormente, cada quien con sus propios asuntos e intereses.

La Torá expresa “puse delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición, y elegirás la vida”. La Torá claramente nos está dando la obligación y responsabilidad de elegir vivir, y no sobrevivir, porque como dijimos anteriormente, el instinto de supervivencia es innato, y no hay nadie que bajo parámetros normales elija lo contrario. Sin embargo, sucede una cuestión más profunda, que en realidad ni siquiera podemos elegir. La vorágine cotidiana no nos deja pensar, analizar, parar unos minutos y reflexionar. Como se evidencia en los hebreos cuando eran esclavos en Egipto, donde se ve que recién cuando murió el Faraón opresor, ahí se relajaron y se dieron cuenta de su situación, y fue cuando clamaron a Dios por la liberación.

En otro extracto, la Tora explica que las maldiciones se deben a causa que “no sirvieron a Dios con alegría y buen corazón”. Y eso puede explicar muchas cosas. Porque tampoco es netamente correcto adoptar las leyes y costumbres de la Torá de manera totalmente mecánica y apática. No dejan de ser rituales al fin y al cabo.

La Torá nos releva que el secreto de la bendición reside en estar alegres en nuestro servicio a Dios. Aunque claramente para eso es necesario primero estar alegres con nosotros mismos, lo cual es realmente muy difícil, y hasta quizás la mayor dificultad.

Aristóteles señalaba que la felicidad era actuar virtuosamente. Dependía de actos constantes y repetidos logrando generar hábitos positivos y asì lograr comportarse correctamente haciendo lo necesario en cada situación y actuando desde el punto medio bajo un equilibrio emocional. Maimónides, fiel seguidor de la filosofía aristotélica, adopta esas ideas e incluso sostiene que es un requisito de la Torá buscar desarrollarse y trascender a nivel emocional.

En síntesis, vivir supone también sobrevivir, pero no únicamente eso. Vivir es aprender, socializar, crecer, etc. Una vida contemplativa permite una mayor predisposición a estar relajados en contraposición al subyugo de la celeridad en la que somos presos. Vivir es llevarme algo, sacar un provecho. En realidad, habría que preguntarse “¿qué es la vida?”, y tal vez la búsqueda de esa respuesta sea el objetivo de la existencia. Como dice el libro Mesilat Iesharim: “este mundo se asemeja a un pasillo”.

Quedará en cada uno preguntarse si busca vivir o sobrevivir.

Por Facundo Tarrab.