Le pedí a una inteligencia artificial que preparara un postre dulce con ají, curry, pimienta, ajo, cebolla, toronja, mantequilla y chocolate, con sabor a milhojas italiana.
La IA obedeció. Mezcló todo. El resultado fue una receta técnicamente correcta e intelectualmente absurda.
No fue un error del sistema. Fue una obediencia perfecta. La inteligencia artificial no tiene paladar. Tiene capacidad combinatoria. Puede juntar ingredientes, conceptos o competencias, pero no percibe cuándo una mezcla resulta incoherente para la experiencia humana.
Ahí empieza la analogía educativa. Hoy estamos pidiendo a los estudiantes que acumulen competencias como quien arma una receta sin criterio: pensamiento crítico, creatividad, liderazgo, ciudadanía global, programación, educación emocional, emprendimiento, sostenibilidad, ética digital, trabajo colaborativo. Todo es importante. Todo es urgente. Todo entra. El currículo se convierte en una despensa interminable y la formación en una suma sin dirección.
El resultado no es un estudiante integral. Es un estudiante fragmentado, obligado a saltar de una competencia a otra sin comprender el sentido del conjunto.
La inteligencia artificial puede diseñar una receta absurda porque no siente el choque de sabores. La escuela, en cambio, debería sentir el choque de aprendizajes. Cuando un estudiante no logra integrar lo que aprende, cuando salta de competencia en competencia sin comprender para qué, cuando se le exige dominar de todo un poco sin profundizar en nada, el problema no es su falta de capacidad. Es nuestra falta de diseño.
Cada competencia, aislada, puede ser valiosa. Como el chocolate o la mantequilla. El desastre ocurre cuando se las obliga a convivir sin un hilo conductor, sin jerarquía, sin propósito. Igual que en la cocina, el exceso no refina: empasta. La escuela parece convencida de que educar es agregar capas, no construir sentido.
Hemos confundido profundidad con volumen, formación con acumulación y calidad con exhaustividad. Diseñamos perfiles “completos” en documentos oficiales, pero incapaces de sostener una identidad intelectual, vocacional o ética en la vida real. El currículo se parece cada vez más a esa milhojas imposible: sofisticada en apariencia, indigesta en la práctica.
¿Qué habría que cambiar?
Primero, dejar de diseñar la educación como un catálogo de competencias y empezar a estructurarla alrededor de grandes propósitos, preguntas o problemas que ordenen los aprendizajes.
Segundo, reducir para integrar. Menos competencias simultáneas, trabajadas con mayor profundidad y continuidad, para que el estudiante pueda conectar lo que aprende.
Tercero, diseñar experiencias, no listados. La coherencia no surge de la suma, sino de proyectos y desafíos que obliguen a articular saberes.
Cuarto, asumir que excluir también es educar. Decidir qué no entra en una etapa formativa no empobrece: da sentido.
Y finalmente, usar la inteligencia artificial como asistente, no como arquitecto. Que ayude a generar opciones, no a definir criterios. El juicio pedagógico no se delega.
La IA puede mezclar ingredientes y cocinar mezclas.
Pero solo una educación con criterio puede cocinar futuro y evitar que nuestros estudiantes se formen con recetas que nadie querría comerse.
