Cada 27 de enero volvemos a decir “Nunca Más”. Encendemos velas. Compartimos imágenes de Auschwitz. Publicamos citas de sobrevivientes. Repetimos, con convicción sincera, que recordar es una forma de justicia.
Durante años creímos que la memoria del Holocausto estaba asegurada. Que su lugar en la conciencia moral de la humanidad era ya irreversible. Que lo ocurrido era tan inconcebible, tan radicalmente inhumano, que nadie podría volver a justificarlo, negarlo o banalizarlo.
Hoy sabemos que no.
Hoy la memoria ya no es un consenso. Es un territorio en disputa.
La memoria en tiempos de fractura
El 7 de octubre de 2023 marcó un punto de inflexión. No sólo por la masacre perpetrada por Hamas en Israel y por el sufrimiento humano que desató, sino por lo que vino después: una ola global de antisemitismo que dejó al descubierto cuán frágil era aquello que creíamos consolidado.
Lo que emergió no fue un fenómeno marginal. Fue una normalización inquietante del odio: en calles, universidades, parlamentos y redes sociales. Consignas que justifican la violencia contra judíos. Símbolos nazis reapareciendo en ciudades europeas. Ataques a instituciones comunitarias. Agresiones físicas y verbales a personas por el solo hecho de ser judías.
Pero quizás lo más perturbador no fue sólo el odio explícito, sino su legitimación cultural.
Comparaciones triviales entre el Holocausto y cualquier conflicto contemporáneo. Analogías grotescas que vacían de sentido la singularidad del genocidio nazi. Un uso irresponsable de palabras como “genocidio”, “nazismo” o “campo de concentración” para describir realidades que, por graves que sean, no son Auschwitz.
No estamos frente a un regreso del pasado.
Estamos frente a una mutación del odio.
Negar, distorsionar, banalizar
La negación del Holocausto ya no es sólo la de los viejos panfletos neonazis. Hoy adopta formas más sofisticadas y, por eso mismo, más peligrosas.
Está la negación directa, que afirma que las cámaras de gas no existieron, que los números fueron exagerados, que todo es una “invención sionista”.
Está la distorsión, que relativiza, que equipara cualquier tragedia con la Shoá, que borra la especificidad histórica de un proyecto industrial de exterminio.
Y está la banalización: memes, consignas, analogías frívolas, performances políticas que convierten el mayor crimen del siglo XX en un recurso retórico más.
Cuando todo es Auschwitz, nada es Auschwitz.
Y cuando Auschwitz deja de ser único, deja de ser una advertencia.
El deber de transmisión, hoy
En 2017 escribí sobre el deber de transmitir la memoria del Holocausto como una responsabilidad ética hacia las generaciones futuras.
Nueve años después, ese deber no sólo sigue vigente: se ha vuelto más urgente y más complejo.
Ya no se trata únicamente de transmitir para que no se repita.
Se trata de transmitir para que no sea desfigurado.
Porque una memoria falseada no protege de nada.
Transmitir hoy implica:
- Defender la verdad histórica frente a la negación y la distorsión.
- Enseñar la singularidad del Holocausto sin aislarlo de las lógicas universales del odio.
- Alentar el pensamiento crítico para resistir la propaganda, la posverdad y la simplificación ideológica.
- Facilitar las herramientas necesarias para reconocer cuándo el lenguaje se vuelve cómplice de la violencia.
La educación ya no puede limitarse a fechas y cifras. Debe enseñar a leer el presente.
Cuando los testigos ya no estén
Estamos entrando en una era sin sobrevivientes. Cada año quedan menos voces capaces de decir: “Yo estuve allí”.
Ese vacío no es sólo biológico. Es simbólico. Porque mientras haya testigos vivos, la negación tiene un límite moral evidente. Cuando ya no estén, la tentación de reescribir la historia será mayor.
Esta realidad vuelve todavía más decisivo el rol de las instituciones educativas, los museos, los archivos, los docentes, los comunicadores y también de quienes escribimos.
La memoria no se hereda sola. Se construye. Y se defiende.
La memoria como responsabilidad política
Recordar el Holocausto no es un gesto piadoso hacia el pasado. Es una toma de posición frente al presente. Es decidir qué tipo de sociedad queremos ser.
Una que reacciona cuando el odio ya se volvió violencia. O una que aprende a reconocer sus signos tempranos.
La historia no se repite mecánicamente. Pero reverbera cual rima. Y hoy, demasiadas rimas suenan peligrosamente familiares.
Argentina y la responsabilidad democrática
En la Argentina, la memoria no es una palabra abstracta. Es parte de nuestra identidad democrática.
Venimos de una historia reciente marcada por el terrorismo de Estado, por los desaparecidos, por el Nunca Más como pacto fundacional. Sabemos, por experiencia propia, que la memoria no es un lujo moral: es una condición de la justicia.
Por eso, cuando el antisemitismo crece, cuando el negacionismo se instala, cuando la distorsión del Holocausto circula sin freno, no estamos frente a un problema ajeno.
Nos interpela como sociedad que ha hecho de la memoria una política pública. Nos interpela a sostener una educación que no relativice el genocidio. Nos interpela a fortalecer instituciones, programas y formación de educadores que enseñen no sólo qué ocurrió, sino cómo se llegó a eso.
Porque una democracia que debilita su memoria debilita también su futuro.
Una interpelación: sin solemnidad y sin ritual
No alcanza con conmemorar una vez al año. No alcanza con decir “Nunca Más” si al mismo tiempo toleramos el odio cotidiano. No alcanza con enseñar el Holocausto como una anomalía inexplicable. La memoria no es un museo. Es una práctica. Una práctica incómoda, exigente, política.
Transmitir hoy es resistir. Resistir la negación. Resistir la banalización. Resistir la indiferencia.
Escribo estas líneas con la convicción de que la memoria no es un legado automático. Cada generación debe volver a elegirla. Elegir recordar cuando es incómodo. Elegir enseñar cuando es impopular. Elegir decir la verdad cuando muchos prefieren la simplificación o el silencio.
Nueve años después de aquel primer artículo, sigo creyendo que transmitir la memoria de la Shoah no es quedar anclado en el pasado. Es cuidar el futuro.
Ese es, hoy, mi modo personal de asumir el deber de la transmisión y la memoria.
Prof, Batia D. de Nemirovsky
Acompaña mi reflexión una obra Gustavo Nemirovsky. Instagram: @Nemirovskydibujos
