Ran muerto aún da vida – Natalio Steiner

Israel vivió este lunes una de esas jornadas que quedan marcadas para siempre en la memoria colectiva. Ran Gvili volvió a casa. No como todos hubieran deseado: volvió sin vida. Su regreso, sin embargo, era una necesidad nacional. El país entero esperaba cerrar ese capítulo abierto desde el ataque del 7 de octubre, aun sabiendo que el desenlace sería trágico.

Las imágenes hablaron por sí solas. Soldados abrazados, cantando y rezando alrededor del cuerpo recuperado; rostros endurecidos por el dolor; lágrimas imposibles de contener. El momento más desgarrador llegó con la despedida final: un padre quebrado, besando la bandera de Israel que cubría el féretro de su hijo. Difícil imaginar a alguien que haya podido permanecer indiferente ante esa escena.

Ran fue el último de los 251 cautivos en regresar. Murió defendiendo el kibutz Alumim, adonde acudió como policía para enfrentar el ataque inicial. Combatió, resistió y logró frenar a varios terroristas antes de caer. Su cuerpo fue retenido durante meses por Hamas y recuperado tras una búsqueda larga y compleja, que incluyó pericias forenses para confirmar su identidad.

El hallazgo trajo una sensación ambigua: dolor profundo, pero también alivio. Se cerró un capítulo enorme. Hoy no quedan cautivos israelíes en Gaza. Es una línea final que Israel necesitaba trazar, aunque el costo emocional sea inmenso.

El país atraviesa ahora un estado extraño: tristeza, pesadez, pero también desahogo. Ran no volvió con vida, pero su regreso devuelve algo esencial a la sociedad israelí: la certeza de que nadie queda atrás. En esa promesa, cumplida incluso en el peor de los finales, Israel vuelve a encontrar fuerza para seguir adelante.