Turquía: una potencia intermedia que redefine su rol en Medio Oriente y Norte de África

En la última década, Turquía ha emergido como un actor revisionista clave, capaz de alterar equilibrios regionales sin aspirar a una hegemonía total. Bajo el liderazgo de Erdoğan, su estrategia se basa en:

Doctrinas estratégicas como la “profundidad estratégica” y “Mavi Vatan” (Patria Azul), que justifican una política exterior más asertiva y una proyección de poder más allá de sus fronteras.

Instrumentos diversos: presencia militar selectiva (uso de drones, bases en el extranjero), inversiones económicas, diplomacia funcional y narrativas identitarias que combinan islamismo, otomanismo y nacionalismo.

Teatros de acción clave:

Siria (control de corredores, contención kurda)

Libia (acuerdos marítimos, proyección mediterránea)

Cuerno de África (asistencia, seguridad marítima)

Gaza y Sudán (influencia mediante ayuda y reconstrucción)

Alianzas pragmáticas con Qatar, Arabia Saudita, Pakistán y la OTAN, que le permiten ampliar su margen de maniobra sin romper con estructuras de seguridad occidentales.

Motivaciones: responder a amenazas transfronterizas, evitar la exclusión en acuerdos energéticos y marítimos, y capitalizar los vacíos de poder en un sistema internacional en transición.

Desafíos:

Economía vulnerable que financia el activismo exterior

Riesgo de sobreextensión en múltiples frentes

Nacionalismo que, aunque da legitimidad, también limita opciones diplomáticas

Turquía se ha convertido en un actor indispensable pero incómodo, con capacidad de veto y disrupción, pero cuya influencia depende de su habilidad para convertir presencia en beneficios tangibles, sin sobrepasar sus límites internos y externos.

¿Está Turquía redefiniendo el equilibrio de poder en MENA?