Luego de analizar en una columna anterior las posibles características y alcances de un eventual ataque estadounidense contra Irán, el foco ahora se desplaza hacia el otro lado del tablero: cómo podría responder Teherán y cuáles serían las consecuencias para Medio Oriente —y en particular para Israel— si ese escenario se concreta.
El régimen iraní cuenta con varias cartas para jugar. Una de las primeras opciones sería atacar activos militares estadounidenses en la región, ya sea mediante misiles o a través de lanchas de combate suicidas, una capacidad conocida de la Guardia Revolucionaria. A esto se suma la posibilidad de lanzar misiles de corto y mediano alcance contra bases norteamericanas ubicadas en países del Golfo como Qatar, Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos. Para Teherán, extender el conflicto no sería un costo, sino una herramienta para presionar a los países vecinos y forzar una desescalada favorable a sus intereses.
Otra amenaza explícita es el eventual bloqueo del Estrecho de Hormuz, por donde circula cerca del 40% del petróleo que consume Occidente. El cierre podría darse mediante el minado del paso o el despliegue de pequeñas naves de guerra iraníes, con un impacto similar al que los hutíes provocaron en el Mar Rojo: el cierre del puerto israelí de Eilat y serias dificultades para Egipto en el Canal de Suez. Una acción de este tipo dispararía los precios del petróleo a niveles críticos y golpearía de lleno a las economías occidentales, especialmente a Europa.
En paralelo, Irán podría reactivar a los hutíes, una fuerza que en los últimos meses se mantuvo en segundo plano, pero que sigue siendo un actor armado relevante, disciplinado e ideológicamente comprometido. Su activación volvería aún más volátil un escenario regional ya de por sí explosivo.
El capítulo más sensible sería un ataque directo contra Israel. Aunque no puede descartarse por completo, aparece como menos probable: una ofensiva abierta le daría a Jerusalén el argumento para completar lo que no pudo concretar en junio del año pasado, cuando —según este análisis— presiones internacionales, incluida la de Donald Trump, impidieron el colapso definitivo del régimen iraní. La respuesta israelí, en ese caso, sería inmediata y contundente.
Existe, sin embargo, una vía alternativa: la infiltración de milicianos a través de la frontera con Jordania, una zona extensa y difícil de vigilar en su totalidad. La posibilidad de ataques no convencionales desde allí es una hipótesis que preocupa a los analistas de seguridad.
A este “menú” de opciones externas se suma una constante interna: el endurecimiento de la represión contra la propia población iraní, que ya arrastra decenas de miles de víctimas civiles. Más allá de cuándo o cómo se produzca un ataque estadounidense, hay una certeza que atraviesa todos los escenarios: el régimen totalitario iraní, tras casi medio siglo en el poder, está dispuesto a aferrarse a él con uñas y dientes, sin importar el costo interno o regional.
Natalio Steiner, director de Comunidades Plus.
Ran muerto aún da vida – Natalio Steiner
